ARGENTINA: El lado B de la rutina diaria - EntornoInteligente

Entornointeligente.com / La Nacion / La vi hace poco más de un año, durante un viaje de trabajo en París. La mañana era cristalina -una gentileza boreal-, tenía el día libre, y me permití un paseo por el boulevard Raspail, rumbo a las enormes cristaleras de la Fundación Cartier, donde por esos días se exponían las esculturas hiperrealistas del australiano Ron Mueck.

Meses después, esas mismas obras estarían en Buenos Aires, en la Fundación Proa. Pero no me helaron la sangre del modo en que lo hizo una de ellas esa precisa mañana, cuando la vi por primera vez.

Ni siquiera se trataba de una pieza monumental. Era una escultura más bien pequeña (nada de los enormes volúmenes con los que suele trabajar este artista), firme sobre un soporte blanco. Una mujer volviendo de las compras. Ni pobre ni rica, una más del vasto universo de quienes día a día lidian con la subsistencia: el circuito imparable que a ella, en ese momento, se le materializaba en los brazos rígidos -el peso de las bolsas, un ancla hacia el suelo- y el tapado modesto, sin brillo, pura resolución de necesidades; una prenda hecha para abrigar. Y el niño. Un bebé que asomaba la cabeza entre el escote del tapado (la “mochila”, el saco portabebés, se adivinaba bajo el abrigo) y miraba, con qué mirada miraba a su madre. Pero ella -el rostro agotado, la posición rígida; una autómata del deber- tenía los ojos suspendidos vaya a saberse dónde. Un triángulo inconcluso: la mirada hambrienta de retorno del hijo, la bruma de agobio que capturaba a la madre, y la espectadora que por ese momento venía a ser yo, convencida de que Mueck no estaba retratando un continuo, sino un segundo, un fragmento de tiempo en la vida de esa madre y ese hijo. Un desgarrador, insoportable, mudo, instante de ausencia. Y la pregunta abismal, la que esa obra -Woman with shopping- me arrojó, como un navajazo imprevisto, en una mañana de plácido recreo, del otro lado del océano y las obligaciones (del otro lado, incluso, de mi propia familia): ¿Cuántos de esos segundos -el hastío transmutado en dos bolsas de compra y en cuántas cosas más- me habrán convertido en la mujer a la que un niño mira y no puede encontrar?

Tan súbitamente como había surgido aquella vez, la pregunta vuelve ahora, mientras miro las imágenes que la fotógrafa Andrea Muñoz Quintero expone en el Centro Cultural Borges. Sin embargo, no hay nada de la sombría tristeza de Woman with Shopping en esta muestra auspiciada por el Equipo latinoamericano de justicia y género (Ela). Sí hay muchas mujeres con bolsas de compra y niños y ropa que lavar, comida por cocinar, hogares que organizar. Pero ninguna ausencia; aquí todos miran y son mirados. Hay madres cuidando a sus hijos, empleadas cuidando a los hijos de otras -o limpiando casas ajenas con su propio hijo a cuestas-, maestras jardineras atendiendo a los hijos de los empleados de alguna empresa, empleadas del Poder Judicial utilizando los lactarios que la institución puso a su servicio, abuelos con sus nietos, padres con sus hijos: todos los puzzles posibles tras esos mundos no siempre fáciles de encastrar: el amor, el trabajo, la dedicación que demandan aquellos a quienes amamos.

La exposición se llama Retratos del cuidado: el derecho invisible y busca crear conciencia sobre el enorme monto de tiempo, recursos, pensamiento y trabajo físico que está por detrás del crecimiento, la salud y la existencia misma de cada ser humano. Una dimensión económica, si no política, que suele darse por descontada y que, en abrumadora mayoría, pesa del lado de las mujeres.

Por eso -y a contramano de lo diáfano de las imágenes de Muñoz Quintero, su cálida proximidad, el modo en que van más allá del simple testimonio- algo en mí volvió a la escultura de Mueck. Al agobio cerrado de esa mujer, toda la carga de lo material -una metódica rueda dentada- carcomiéndola poco a poco.

Lo doméstico. Una rutina de murmullo, necesaria (¿cómo, sin ella, gestar eso que se llama hogar?), siempre al límite de lo vergonzante. Lado B de la existencia nuestra de cada día que, a fuerza de sombras, puede aplastar. A menos que, como sugiere la muestra del Borges, se lo ilumine, se le incorporen nuevos actores, se lo piense en términos de políticas públicas. Esas que dicen que el cuidado es bueno, pero será mejor si lo ejercemos entre todos. .

Con Información de La Nacion

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