Aquí creemos en los libros - EntornoInteligente
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Por: Leonardo Valencia @leonardvalencia [email protected]

A la entrada de la sede de la editorial Seix-Barral en Bogotá hay una vitrina que da la bienvenida y en la que está rubricado el lema que da título a este artículo. Lo tomo como resumen de lo que es percibir, una vez más, la situación editorial, librera y de lectores en Colombia. Estuve hace unos meses, en mayo, en la Feria del Libro presentando mi última novela, impresa en Colombia –aunque me han reeditado varios libros en el país vecino, esta vez la primera edición es completamente colombiana– y no era necesario pedir cifras para certificar que tuvo un éxito desbordante. Prácticamente no se podía caminar en su recinto. Los organizadores lo confirmaron: ha sido la mejor feria histórica en público y ventas. Pero una feria, como hay que tener presente, no es un fenómeno aislado, ni siquiera es el detonante ni el que modifica culturalmente una sociedad. En realidad, una feria del libro es la cereza que corona un pastel de trabajo realizado por toda la sociedad y que, cuando este trabajo se ha cumplido, da cuenta de la realidad. De allí el éxito colombiano. El libro tiene no solo respeto sino apoyos. Desde lo más sencillo: la exposición de libros colombianos siempre está en la primera mesa de novedades, es la principal. Los libreros son conscientes de su papel cultural, no son considerados vendedores de libros. Son referentes de lectura. No había conocido la librería Wilborada, en Bogotá, y ni qué decir que hablar con sus libreros es tener una conversación literaria de peso (en este caso fue sobre el rumano Mircea Cartarescu). Y si contara las que he tenido en la mítica San Librario, librería de segunda mano, donde la literatura es de primera mano, me alargaría más de la cuenta. Esta vez fui a preguntar por más libros de la crítica de arte y narradora Martha Traba, y uno de sus dos libreros, Camilo Delgado, no solo que me consigue alguna rareza, sino que me cuenta que escuchó conferencias de Traba y que tuvo, hace veinte años, un libro que yo sigo sin encontrar: Los cuatros monstruos cardinales. Su colega, Álvaro Castillo, publicó recientemente un hermoso y ameno libro que reúne crónicas y textos sobre su experiencia librera, titulado Un librero (Random House), donde se percibe esa pasión por el libro. Y gracias a Álvaro he encontrado verdaderas rarezas literarias en primeras e inhallables ediciones.

Es que en Colombia creen en los libros. Hay más de 400 librerías en Colombia, de las cuales el 60% está en Bogotá. Quizá por esto Bogotá da una imagen del país que puede variar en provincias. Sin embargo, el Estado colombiano apoya concediendo becas a las librerías para sus actos culturales. Estos datos me los proporciona un talentoso librero y editor ecuatoriano, Marco González –que trabajó varios años en una de las librerías más grandes, la del Fondo de Cultura Económica en el barrio de La Candelaria–, ahora incorporado al equipo editorial de Planeta. Aparte del hecho de que los grandes sellos españoles impriman en Colombia, lo que explica el bajo precio actual de estos sellos, las editoriales colombianas hacen también un trabajo exigente y revelador, destacando el campo editorial universitario, no solamente con publicaciones académicas sino con literatura, ensayo y otros géneros. Si a esto se suma la lista interminable de festivales y eventos literarios, el circuito se redondea. Mi último viaje fue por una invitación a un encuentro literario internacional, Las líneas de su mano, que no lo organiza el Estado, ni una alcaldía distrital, ni siquiera una universidad. Lo hace un colegio, el Gimnasio Moderno. En esta ocasión contó con grandes escritores de renombre internacional como Robert Pinsky, Ana Blandiana, Rita Dove, Margaret Randall, entre otros. Remarco: un colegio. Es que allí creen en los libros.

No es menor el hecho de que Colombia produzca papel. Y quizá por aquí es por donde deberían empezar los cambios en el ámbito editorial ecuatoriano: que los insumos para la producción editorial no estén tan cargados de impuestos. Esta es la queja habitual del editor ecuatoriano. El papel importado es excesivamente costoso. Ojalá se pudiera corregir de un plumazo esta ley. Aun así no es suficiente. Hay más: el papel de las bibliotecas, su dinamización, que destaca en Colombia. Y, como lo he señalado más de una vez, y que ya he visto cambiar en los últimos años en Ecuador, el papel del lector curioso por la producción nacional. No por chauvinismo, sino para enriquecer su cultura con sus lecturas nacionales y las tantas extranjeras que fluyen. Además que el horizonte del escritor ecuatoriano superó hace años las propias fronteras. Para lograr esto, hay que creer en los libros. Obviamente, escribirlos con un rigor sin límite, sin concesiones. Los libros no cambian el mundo –es ingenuo seguir creyendo esto– pero cambian las perspectivas sobre el mundo y pueden evitar el rendimiento inmediato e ingenuo a los discursos de turno. Un adjetivo preciso, iluminador, y un personaje secundario bien construido, diluye la ceguera simplificadora de los dogmas y los predicadores. También forjan identidades más problemáticas y, por lo tanto, más fuertes. Sobre todo los libros deben ser asequibles, respetados, no deben ser gratuitos –esta es la forma simple de banalizarlo y corroer a la industria editorial local, y de paso maleducar al lector– y comprender, de una vez por todas, que sí le dan fuerza a un país, no en la línea ideológica del gobierno de turno, por supuesto, no defendiendo ni promoviendo una fe u otra, sino creando individuos con voces propias. Eso es creer en los libros, así, en plural, sin libro único, sin identidad única y cerrada, sin ceder a esa proliferación verbal que los libros se encargan de decantar, haciendo visibles las palabras para mirarlas por todos los costados y pensar con ellas y pensar en ellas. Esperemos que tarde o temprano en Ecuador se pueda decir: aquí creemos en los libros. (O)

FUENTE: EL UNIVERSO 10 de Septiembre, 2019

LINK ORIGINAL: Ecuador Universitario

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