Algoritmo inverso

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Elon Musk sigue dándole vueltas a Twitter. Primero era un compra por una cifra astronómica con el objetivo mesiánico de devolver a la red la libertad de expresión.

Recuerdo un ilustrativo programa de Andrés Oppenheimer donde el periodista oponía la visión de la guatemalteca Gloria Álvarez con la de representantes de Human Rights Watch. La primera se oponía a filtrar los contenidos y a toda forma de censura. Los segundos advertían que no filtrarlos sería abrir las compuertas de las fake news.

Para los dogmáticos de la libertad de mercado, se supone que este se regula solo: si mañana Twitter se inunda de estupideces antivacunas o terraplanistas, el público fugará naturalmente a otras plataformas más responsables. Del otro lado, los partidarios del control estatal entienden que este tipo de redes se impone como monopolios de hecho y que no será fácil escapar a sus mentiras y manipulaciones.

Hay una razón del artillero que unos y otros reconocen: ¿con qué criterio filtrar los contenidos? ¿Cuán transparente es determinar cuáles son espurios y cuáles no? ¿Por qué, si Twitter canceló la cuenta de Donald Trump, no hizo lo mismo con las de Nicolás Maduro y Daniel Ortega? ¿Quiénes serán los inspectores éticos que determinarán qué debe divulgarse y qué prohibirse? Es lo que tiene la libertad: en su grandeza está el germen de su autodestrucción. Presumimos de amarla tanto, que concedemos un megáfono a quienes solo aspiran a reventarla.

Me hace pensar en el síndrome de aquellos chiquilines europeos de clase media que abandonaban las mieles de Occidente para sumarse al Estado Islámico. La facilidad de acceso a dogmas inhumanos neutraliza los esfuerzos de los sistemas educativos por difundir y consolidar valores.

El ingenioso proceso de regateo previo a la compra que está haciendo Elon Musk, ahora sospechando de la proporción exorbitante de bots que inflan la plataforma, pone de manifiesto nuestra indefensión frente a esta revolución de las comunicaciones. Todo muy lindo con disponer de una red que democratiza la opinión pública, pero ¿en qué va a terminar todo esto?

Siempre me atrajo una idea que leí una vez, de una aplicación de celulares creada en Francia con la finalidad de hacer llegar ofertas culturales a los jóvenes. Lo que inventaron fue un algoritmo que cuando el joven buscaba con insistencia conciertos de rocanrol, el algoritmo le presentaba publicidad de música académica, y viceversa.

Es que la app no estaba pensada para multiplicar interacciones del usuario, que es el objetivo comercial de las redes sociales, sino para exponerlo a la mayor diversidad posible de alternativas culturales: para enriquecerlo en lugar de embotarlo. Imaginemos esa idea en Twitter, Facebook y compañía: qué bueno sería que el algoritmo lograra que quien se ve seducido por el terraplanismo, recibiera mucha y seria información científica. O el que se mete en sitios antivacunas, se topara con un bombardeo de noticias explicativas de las vidas salvadas gracias a estos avances de la industria farmacéutica. Claro: con eso se haría todo lo contrario a incentivar las interacciones, que es lo único que interesa a los mercaderes de la comunicación global. Pero cuánto bien le haría a la sociedad aislar esos mensajes engañosos y de odio, rodeándolos de sus contrarios. Sería mucho más eficiente que censurarlos, sin duda.

LINK ORIGINAL: El País

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