Algo suena mal - EntornoInteligente
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Hablando de gustos musicales, creo que no ha llegado el momento en que deba considerarme un tipo retrógrado o anticuado. Tampoco soy de los que creen que la calidad de las expresiones artísticas depende de la época en que fueron engendradas. Falacia: en todos los tiempos ha habido música mala y música buena.

Soy, gracias a Dios, un maniático de la música: escucho de todo, pues nunca se sabe de dónde surgirá lo bueno.

Y es por eso que intuyo que en estos momentos la música popular está sufriendo la más espantosa de las crisis. He preguntado entre melómanos mucho mayores que yo, y casi todos coinciden en afirmar que no recuerdan una baja de calidad tan penosa como la que se está viviendo.

Pensando con lógica, uno creería que el impresionante avance que ha tenido la tecnología en los últimos años debería ser la plataforma para que las producciones musicales superen a las que se lograban, con elementos incipientes, hace más de cincuenta años.

No obstante, es a la inversa: entre más progresa la tecnología, más facilistas y mediocres son los productos musicales que ruedan por las redes sociales, pero especialmente en las emisoras, que penetran más audiencias.

Algunos de esos melómanos ancianos con quienes suelo conversar a menudo, me cuentan que todavía resuenan en sus oídos las agrupaciones musicales que, valiéndose de un solo micrófono, sonaban como una tempestad que hacía temblar el mundo y regocijar los espíritus. De igual talante eran los cantantes y los compositores.

No dejo de imaginarme lo que hubieran hecho los músicos de esas calendas con la tecnología de ahora. A ellos les tocó trabajar con las uñas, pero al mismo tiempo estaban revestidos de un temperamento apasionado, que los hacía comprometerse al cien por ciento con su arte. Se ganaba poco dinero, pero la satisfacción lo reemplazaba el doble.

Tener estilo era un orgullo. No parecerse a otro, una lucha por alcanzar aquello que llaman, muy acertadamente, “personalidad sonora”, en el caso de los grupos musicales; y “sello propio”, en los que concierne a los hacedores de letras y melodías. “Si antes éramos diez acordeonistas, éramos diez estilos”, decía Alejo Durán cuando lamentaba la falta de creatividad de las nuevas generaciones.

Reproducir hasta el cansancio lo que exige la industria fonográfica es la consigna. Lo peor es que se reitera el mal gusto, se aplaude la ramplonería, se pagan millones por la falsedad y se endiosa a embaucadores que han hecho del escándalo la más eficaz de las estrategias publicitarias.

Una teta al aire, un beso entre “machos” o una canción con tintes pornográficos se constituyen en el pilar que impulsa la zafiedad hasta lo más alto del espectáculo. Cualquiera es artista, paradójicamente hoy en que las academias del arte son más accesibles que otrora, cuando tocaba aprender sin más guías que la enjundia y el optimismo.

*Periodista.

LINK ORIGINAL: El Universal

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