Alexis Henríquez y una vida triunfando lejos de casa - EntornoInteligente

Entornointeligente.com / El recuerdo más antiguo de Alexis Henríquez es el de estar jugando fútbol al frente de la casa de los abuelos, también el de romper los vidrios de los vecinos con la pelota y, por ende, los castigos de la abuela Carmen y, de paso, de los tíos cuando se pasaba de altanero y respondón. “Eso hacían fila pa’ pegarme”. Alexis se crió en una casa repleta de niños, donde el fútbol era la cotidianidad, donde el abuelo Julio Héctor Charales se gastaba cada centavo de su pensión de Colpuertos no solo para mantener al gigantesco hogar, sino para tener un equipo medianamente digno en el que sus nietos pudieran entrenar. Julio Héctor, un pescador de Buenaventura que fue trasladado a Santa Marta, se dio a conocer por su voluntad inquebrantable, por intentar mientras otros desfallecían, por su altruismo camuflado en una expresión rígida, en un tono de voz severo.

La Escuela de Fútbol del Magdalena, con sede en el barrio Pescaíto, tenía convenio con el conjunto profesional de la ciudad: el Unión, y así fue que Alexis conoció el estadio Eduardo Santos, siendo recogepelotas cuando tenía siete años, alternando las idas a la playa y a la cancha, porque antes de ir a ver al Unión había que meterse al mar. “Eso era una rutina inquebrantable. Y no porque uno se lo propusiera, sino que la costumbre llevaba a repetir lo mismo porque era divertido, porque así es en Santa Marta: el fútbol y el mar siempre de la mano”.

Alexis, a diferencia de lo que se podría pensar, no siempre ha sido defensor. De hecho, en el club de su abuelo comenzó como volante de creación. Y era el 10 no porque Julio Héctor fuera el dueño, sino porque tenía talento, porque jugaba con la cabeza levantada y porque hacía más goles que los demás. Pero, de manera paradójica, a medida que fue creciendo (mide 1,90 metros) se fue yendo para atrás hasta que un día un entrenador de la selección del Magdalena lo vio portentoso y se le ocurrió una idea. “Alexis, vas a jugar de defensor”. Al principio no le gustó, pero cuando empezó a ganar los duelos, a ir mejor por arriba y a anticipar a sus rivales se dio cuenta de que podía tener éxito.

“Y gracias a eso fue que la gente de Once Caldas se fijó en mí en un torneo nacional, porque contra ellos jugué muy bien, porque de central era muy aplicado, muy calmado a pesar de ser pela’o”.

Ese día, en 2001, dos personas se acercaron, le pidieron sus datos y le dijeron que lo buscarían a la semana siguiente para hacerle una oferta. Henríquez no se inmutó ante las palabras, creyendo que era la rutina de los cazatalentos en campeonatos juveniles, que ellos hablaban con muchos y concretaban a muy pocos, que era más la charlatanería. “Pues fíjate que el lunes siguiente se comunicaron con mi abuelo y le dijeron que me querían, que había una oferta seria y que solo era cuestión de cuadrar la parte contractual”. Esa semana hubo una reunión en la casa materna de Alexis. El abuelo Julio Héctor y su obsesión porque su nieto mayor debutara en el Unión, también la abuela Carmen. Era una cuestión de tradición, incluso de sentimientos.

Sin embargo, con 17 años y un toque de altanería y atrevimiento, Alexis dijo que prefería irse para Manizales. Sí, Unión lo tenía en cuenta para sus planes, pero sin poner un solo peso. Eduardo Retat, el entrenador de ese entonces, no logró convencer a los directivos para una compra formal y por eso Alexis viajó en 2002 para la capital caldense. Henríquez vivió en una casa hogar con su primo Luis Núñez, cerca de la avenida Santander. No llevaba ropa para el frío, ni siquiera un saco para las mañanas y noches gélidas de Manizales. Y pasó de entrenar a las seis de la mañana, con la frescura de la brisa del mar y el calor acogedor del sol, a aguantar las lloviznas prolongadas, estresantes e incómodas, tanto como el más fuerte de los aguaceros. Tampoco le agradó la caminata para ir a practicar, las subidas y bajadas en una ciudad de lomas extensas, el desgaste en una población que no está hecha para el peatón. “Tocó acostumbrarme. Confieso que el primer mes llamaba todos los días a mi abuela y le decía que me quería devolver, que no me gustaba el frío. Estaba esperando un simple ‘devuélvase’ para coger mis maletas, pero ella nunca dijo nada. Y, por pudor, me quedé”.

Alexis debutó con el equipo blanco en un partido entre Once Caldas y Deportivo Pereira en el estadio Palogrande. Luis Fernando Montoya, DT del cuadro blanco, le dio la tarea, esa tarde, de marcar a Carlos Castro. “Me fue bien, y el profe empezó a ponerme más. Eso sí, fue duro porque Castro era un delantero experimentado, que se movía muy bien y yo apenas tenía 19 años”. Con su primer sueldo como profesional se fue para una tienda de ropa y se dio el gusto de comprar todo lo que quiso, también unos guayos (siempre le ha gustado tener varios para poder alternar) y dejó una parte para mandarle a su mamá. “Uno debe ser agradecido con los suyos. Y mientras yo pueda ayudar lo seguiré haciendo”.

En 2011 ya era un jugador consagrado, con títulos como la Copa Libertadores de 2004 y los torneos locales de 2003-I, 2009-I y 2010-II (272 partidos). Sin embargo, a diferencia de muchos compañeros, no se dio una salida al fútbol del exterior. ¿Por qué? “La oferta más grande vino de México. Era mucho dinero, pero preferí quedarme acá y apostarle a lo que en ese momento se estaba construyendo en Nacional”. Y ese presentimiento de que la decisión sería la correcta salió, pues es el jugador con más títulos del equipo paisa, junto al argentino Franco Armani (13). Ahora es el capitán de una institución que hoy en día no muestra el juego de años anteriores, pero que por su historia sostiene el rótulo de favorita. “Siempre habrá situaciones complicadas; de eso se trata esto, como la vida misma. Ya depende de nosotros afrontarlo con la responsabilidad de siempre”.

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LINK ORIGINAL: El Espectador

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