Al Destacamento le debo lo que he sido

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El Destacamento Pedagógico Manuel Ascunce Domenech, al que honrosamente pertenezco, cumple 50 años. Fue en la Esbec Camilo Cienfuegos, conocida como Ceiba 3, en la que, estando cursando el décimo grado, al llamado de la Revolución a integrar el segundo contingente de este ejército de jóvenes profesores, me incorporé a él.

Así fue como me hice maestro, profesión a la que tanto le debo en mi actual vida profesional. Dicen que un periodista tiene de maestro tanto como de soldado. Con toda certeza puedo afirmar que lo soy.

Estudié en la filial Bernardo O´Higgins, en Quivicán y posteriormente en Batabanó. De aquella etapa hay dos nombres de profesores que jamás olvido: el de la directora, la compañera Luisa Campos –hoy al frente del Museo Nacional de la Alfabetización– y el del profesor de Historia, todo un paradigma, Esteban Muro.

Por solo un año no soy fundador de esta gran idea de nuestro Comandante en Jefe Fidel Castro, nacida al calor de la falta de maestros que asumieran la enseñanza de miles de estudiantes que ingresarían en el Plan de la escuela al campo, donde siguiendo el pensamiento martiano se vincularía el estudio con el trabajo. La explosión de matrícula hizo necesario el proyecto. La escuela era para todos: había que formar maestros.

El haber sido parte de las filas del Destacamento Pedagógico Manuel Ascunce Domenech es para mí un orgullo. Para quienes lo integramos fue una prueba de fuego. Allí nos hicimos verdaderos hombres y mujeres; allí crecimos. No solo aprendimos a amar la profesión, sino a adquirir las herramientas necesarias para llevar adelante con éxito nuestros proyectos personales, ya fuera dentro del magisterio o fuera de él.

Ejercer la profesión nos convidó a interesarnos por todas las especialidades. Tuvimos que volvernos sicólogos, entrenadores, guías de la vida de nuestros alumnos, muchos de los cuales tenían nuestra propia edad. Aprendimos a sortear los problemas que se nos presentaban a diario y a prepararnos para los que se pudieran presentar en el futuro.

Todavía me sonrojo cuando a tantos años de aquella inolvidable experiencia alguien me grita: –¡Profe, ¿usted no se acuerda de mí? Y delante veo a un alumno, ya como yo envejecido, que me da las gracias. Creo en ese agradecimiento, similar al que siento cuando pienso en el Destacamento pedagógico al que le debo casi todo lo que he sido.

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