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ABRIL, en las ralas sombras del guamo…

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Entornointeligente.com / José Sant Roz

12-4-2021: han pasado dos semanas de estricta cuarentena y al fin podremos encender los motores, empacar nuestras cosas y pasar a la otra vida, la  de los bosques de pinos, de los cafetales, eucaliptos y guamos. El mundo de los cielos abiertos, de los senderos que serpentean hacia los rumorosos cantos del viento. La otra vida de las calladas contemplaciones interiores, del bucear dentro de uno mismo hasta volver a recorrer mil antepasados, mil ensueños incumplidos, mil caminos aún desconocidos. Hay tantas vidas para escoger, lo que pasa es que no nos dejan o nos hacemos los locos, o dejamos pasar las oportunidades por tontos, dejados o cobardes. Vamos a nuestra casita de El Valle de la Luna a calibrar los nervios, nuestros pensamientos y sensaciones, a andar descalzos y ponernos el sombrero o la gorra como nos de la gana; trabajando la tierra de sol a sol sin camisa y en chores, pisando y respirando la brisa y las flores, aspirando o masticando nubes a placer, teniendo diálogos profundos y controvertidos con Solita, con los gatos, gallinas, vacas, saltamontes, arañas o alacranes. Reencontrándonos con el ser que dejamos inconcluso, hace muchos siglos, por volvernos nosotros mismos, copias en serie de la producción y a gran escala del atosigante gentío. Siendo que gente es lo que sobra.

No hemos tenido un momento de descanso en medio del vórtice de las diligencias y de los pequeños ajetreos que siempre nos llevan la delantera, buscando el sustento medular de la mera sobrevivencia. Ya el dinero se ha vuelto un soplo, no llega a tiempo futuro como en otros tiempos, que solía colársenos a través de una nómina misteriosa y con él nos movíamos con la seguridad de que sobraba hasta para derrocharlo. Ahora el dinero hay que pescarlo con redes y anzuelos especiales, con tripas algorítmicas, con encajes de canjes, con malabarismos, como hizo Aquel que multiplicó los panes de la nada. Vivimos en la nada y cada vez más nos acercamos a la Nada. Unas veces esos panes nos salen duros, porque Oh, Dios, ¡cuántas mesas a la espera de un bocado!

Así vamos, dándole al merequetén de los afanes, sin pausa, para poder insuflar con algo la tripa algorítmica de las tarjetas de débito, guerra cruenta en la que jamás tenemos lo suficiente para el día a día, cuando no nos falta el queso, son los huevos, o algo de cereales, verduras, frutas: el miércoles 7 de abril, mi esposa y yo, con la ayuda de mi hijo Andrés, tostamos 23 kilos de café, y valga decir que parte de este café fue producto de un trueque que hicimos por dos camas y dos colchones que teníamos allá en nuestra casita de El Valle de la Luna. Previamente habíamos limpiado y seleccionado, no solamente esos 23 kilos sino además 13 kilos de mi hija Adriana. Después de la tostada de esos 23 kilos, vino la limpieza, y el viernes 9 lo de la molida. El sábado 10 nos dedicamos a pesarlo en presentaciones de un cuarto de kilo y de doscientos cincuenta gramos y luego a empaquetarlo. El domingo 11, tostamos y molimos los 13 de kilos del café de Adriana, y ella los pesó y pudo empaquetarlo todo. Quedó pendiente lo de la venta, que es una de las partes más duras, porque ahora ha aparecido producción de café industrial por todos lados.

Nosotros, de todo lo procesado, no logramos vender sino dos kilos porque la competencia se ha recrudecido. Están llegando toneladas de café de Brasil o Colombia. Además, ya estábamos preparando viaje para La Coromoto y no tuvimos el tiempo suficiente para pelearlo en el mercado, el resto se lo dejamos a Andrés quien ya ha montado un humildito tarantín en el centro de la ciudad.

Hoy la vida se ha reducido en tratar de montar chiringuitos en cualquier espacio, y se ve gente que pone una mesita para sólo vender cambures, o para sólo colocar a la venta unas pocas cebollas o cuatro aguacates, y no quiere decir que esos productos sean del que los vende: hay miles de sobrevivientes aferrados a cualquier andamio para ver si consigue algo que meterle al saco. Vivimos en los tiempos de una permanente repartición de la cochina.

Al lado del laborioso asunto del café, mi esposa también teje a destajo, hace las compras, limpia la casa y cocina con la sazón que le dan sus manos milagrosas. En mi caso, mantengo parte de la actividad de la página ENSARTAOS, me encargo del mantenimiento de la camioneta, también hago compras y me dedico a leer todo lo que puedo para alimentar la sagrada intimidad de nuestro estrujado espíritu. Cuando nos encontramos en la ciudad, hacemos largas caminatas por los alrededores de nuestra urbanización, pero quiero decir que nunca estamos de brazos cruzados, y esto se llama mera resistencia en tiempos no sólo de asedios de seres perturbados que piden el exterminio para alcanzar el progreso de occidente: que nos maten no sólo de hambre sino de aislamiento, agréguese a eso el encontrarnos en medio de esta brutal e incierta pandemia, que miren, mi esposa y yo estuvimos a un tris de visitar a doña Sebastiana, hospitalizados por Covid en diciembre, por lo que aún el motor de nuestros pulmones sigue un poco averiado, con resoplidos o bufidos como si nos fuera imposible coger suficiente aire.

Hace tiempo (todo ahora lo calculo en siglos), eché al desprecio las lágrimas, las penas, los desengaños. Hace siglos se me endureció el alma, tengo tantas costras por toda la armazón del corazón, que vivo en el éter pleno de la indiferencia, vendiendo lo poco que nos queda, hasta el desparpajo con que antes buscábamos el futuro o esa vaina que llaman la esperanza o el miedo: vendimos el carrito rojo de mi esposa, hemos vendido casi toda nuestra ropa y varios pares de zapatos, y si pudiera vender libros también lo hiciera, pero sería inútil, casi nadie compra libros, mucho menos con el poder que ahora tiene la tripa algorítmica de las redes.

Con o sin Covid nunca hemos dejado de batallar o soñar, dando donde haya que darla la pelea, más aún, desde el mismo día en que nos dieron el alta, hemos vuelto a los campos de Montiel con más bríos que nunca, como Don Quijote, como el Bolívar del sueño de Casacoima. Mi consigna de muchacho, desde que estaba en Las Mercedes del Llano, y que fue mi divisa cuando participé en la Constituyente del año 2000 y lo sigue siendo, es: “no soy escogido a dedo ni cogido a lazo”, y ahí sigo realengo y porfiado.

Hoy lunes, 12 de abril, me he puesto en pie de guerra a las cuatro de la madrugada. Hay que arreglar todo cuanto llevaremos en la camioneta: comida para tres semanas, unos veinte litros de aceite quemado, varios bultos de periódicos empastados que constituyen parte de mi hemeroteca; unos cambures, café para tomar en el camino. Este trabajito de amarrar la “hallaca” de la tolva nos lleva como dos horas.

A diez para las ocho de la mañana, ya estamos partiendo.

Viaja con nosotros Marcolina y su hija Natali, vecinas de La Coromoto, y las recogemos en la salida de Mérida, en el sitio de El Avión; hasta allá se acerca Adriana a buscar parte del café que tostamos ayer y que no pudo llevarse en la bicicleta en la que se moviliza. Hay un gran movimiento en la ciudad porque hoy empieza lo que llaman semana de flexibilización. Vamos viendo en el trayecto desde Ejido hasta Lagunillas inmensas colas de carros para echar gasolina o gasoil. Muchas gentes en el camino pidiendo colas y nos sacan la mano, con esa media sonrisa de conmiseración que nos parte el alma. Pero vamos hasta los calcañales. Lo que resalta son cientos de camiones varados en la carretera por falta de gasoil, lo cual también ha encarecido todo. Ayer me decía un comerciante de La Parroquia que en el mercado negro están vendiendo el gasoil en tres dólares el litro.

Andando y cogiendo la autopista, pasando por Ejido, vemos el rebullicio de la gente en las paradas del Trole, la ristra de vendedores de verduras a lo largo de la vía.

¿Entonces dejaron solo a Neptalí y a Toñito? Hace poco llamó Neptalí diciendo: “¡Caramba!, parece que no les hago falta”, y eso que apenas hemos estado una semana por fuera –contesta Marcolina. Neptalí es el esposo de Marcolina y Toñito, hermano de Natali.

Pues bien, a partir de Estanques emprendemos la subida hacia Canaguá, encontrándonos desperdicios, piedras y ramas en la vía por las severas lluvias de los últimos días. Aún está el tiempo un poco atoldado con enormes nubes (ubres) a la espera de que el barbudo Señor las ordeñe. Marcolina que ha quedado ciega desde hace unos doce años, y que ha hecho en su vida tantas veces este trayecto, por pura intuición se va imaginando por donde vamos, pareciera que ve más que nosotros. Puede ser que también la guíen los olores, que son infalibles. Si en un trayecto nos encontramos que se despejan las nubes, nos dice: “- Mirá, y ya está saliendo el sol”. Todos sus comentarios tienen que ver con el paisaje, las siembras que se van apareciendo a lo largo de camino, si se han desmalezado las cunetas, si nos encontramos con algún derrumbe, si amenaza con llover, “- ¿… qué hará esa gente sentada en esos peñascos?”; cuando pasamos por Betania dijo: “Yo trabajé un tiempo aquí en la finca del doctor Carlos Parada”; prodigiosa imaginación.

En amena conversación, el viaje se nos ha hecho corto, y a las doce y media ya estamos en La Coromoto. Con los corotos de Marcolina a la mano, dejamos la camioneta en la casa, sacamos a Solita y emprendemos a pie hacia la casa de Neptalí. Comenzamos a ascender por un sendero pedregoso, y a un lado, a la derecha, nos vamos encontrando con la casa de Avenildo, a la izquierda la de Evencio, un poco más adelante la de los Mora, la de Roberto y la de Rosa la de las rosas, de la que salen unos diminutos perros a ladrarnos rabiosamente. La casa de Rosa la de las rosas es todo un jardín esplendoroso, desbordada de colores, con multitud de dorados colibríes y multicolores mariposas fundidos con la floresta. Se van todos enterando que hemos llegado. Luego nos encontramos con la casa de Abel, hermano del señor Corsino, y seguimos a la izquierda bordeando un arroyuelo, y a la derecha cafetales, ristra de guayabales, hermosos pinos y eucaliptos. Hay también un incendio de calas y un estallido de hortensias a lo lejos.

Neptalí nos espera con un sustancioso hervido de res, y Natalí lo primero que hace es preguntar por un pollito recién nacido poco antes de su partida a Mérida. Marcolina al entrar a su casa, exclama: “¡Bendito Dios, qué desastre!”. Pues bien, nosotros los hombres somos desastrosos, y estas sentencias nos caen como rayos o lluvia de ácido sulfúrico en el alma. La imaginación de Marcolina se pasea por los cuartos, por el baño, la cocina, el piso, el jardín, la huerta, el gallinero y lo que intuye coincide a la perfección con la realidad. Luego suelta Neptalí la noticia de que el perro Bethoven murió ayer. Luctuosa noticia que nos deja a todos tristes.

Pasamos a la mesa que está servida con rebosantes y humeantes platos de hervido, un buen caldero con cambures verdes sancochados, un frasco de picante y una bandeja con rodajas de queso ahumado. Neptalí es un consumado cocinero. Su hostería (Las Hortensias) es de la mejores de la red de mucuposadas de los Pueblos del Sur, y en ésta, la suya, nosotros pasamos varias temporadas. Un día, María Eugenia y yo, sentados en el corredorcito y contemplando el cañón del valle que se prolonga hasta el pueblo de Canaguá, ante un arco de arreboles y en medio de esa conmovedora belleza natural de los cielos plagados de feroces profetas, le dije a mi esposa: “Ay, si nosotros tuviéramos la dicha de poder construir una casita por estos lares, que nos retiráramos a vivir por aquí, ¡ah!, qué felices seríamos…”.

Valentina Quintero le ha hecho varios reportajes a la mucuposada Las Hortensias, y en la introducción de sus presentaciones en televisión, aparece Neptalí recogiendo café.

Cuando volvemos a nuestra casa, nos encontramos con que la vecina Engracia también nos tenía almuerzo…

13-04-2021: El día se presenta esplendoroso, ya estamos de lleno en la otra vida; desde las siete de la mañana comenzamos nuestras largas tareas de limpieza de la casa, del jardín, del terreno de la huerta. Hay que ver como las pequeñas matas de café que sembramos en la huerta están ahogadas en la maleza, pero hay una maravilla natural que compensa todo: el manzano está preñado con por lo menos cien hijitos, siendo a la vez pasto para los cientos de pájaros que se posan en sus ramas cada día.

Reverbera la belleza en los lirios, en la sinfonía del canto de los pájaros, en el verde o el verdoso gris de las montañas, en el silencio dulce y sublime del campo. Todo el tiempo y todo el espacio para nosotros.

Como a las diez nos visita el señor Corsino y su hijo Ángel quienes traen leche fresca recién ordeñada, y pasamos un rato conversando cerca de la huerta. Con nuestros visitantes, hacemos nuestro acostumbrado repaso de las vivencias del pasado, y en esta ocasión hablamos de lo mal que se veía en otros tiempos, el que ciertas parejas conviviesen arrejuntadas. Que eso era muy raro por estos lares. Que los hijos naturales llevaban el estigma de ser productos de un pecado. Recordó el señor Corsino que en su época un hijo natural no podía ser cura, por ejemplo, es decir no podían ser admitidos en los Seminarios. Recuerdo que en algunos pueblos no podían ser bautizados ni admitidos en las escuelas. También recordamos la cantidad de curas que en estas tierras terminaron ahorcando sus hábitos por haberse amancebado con alguna muchacha, de entre floridos y refulgentes ramilletes que abundan por todos lados de los Pueblos del Sur. Le conté a Corsino, a mi manera, una historia que relata Teresa de la Parra en su novela “Memorias de mamá Blanca”, la del personaje Vicente Cochocho, un peón, quien convivía amancebado con dos mujeres en su rancho y que la dueña de la hacienda le recordó que la sociedad y nuestra religión católica, exigen que el hombre sólo tenga una esposa. Le exigió al señor Vicente que se pusiera a derecho, pero éste se quedó tan asombrado como sorprendido, y ante el requerimiento de su jefa, pasado un tiempo, él le contestó no poder complacerle: “-No puedo hacer lo que me pide- le contestó-: porque si me quedo sólo con una la otra se ofenderá, se me pondrá brava”.

A este punto de la conversa, el señor Corsino recordó que conoció al sacerdote Justo Barillas cuyo hermano vivía declaradamente con dos muchachas en Bailadores, y al parecer entre ellas ni con él, por este hecho se le presentó ningún problema.

Entre otros detalles, Ángel nos refiere que hace poco en una de sus andanzas pudo cambiar una gallina por dos kilos de caraotas negras, para hacernos saber cómo andan las cosas de los trueques en la aldea, pero que a la final no supo si el cambio que hizo fue justo.

Por la tarde nos visitan las niñas, hijas de Xioli, Orianni y Arianni, de cuatro y siete años. Las recibimos con todos los honores que se merecen, les preparamos café y galletas, y las sentamos a nuestra mesa para conversar sobre sus planes y paseos, sobre la vida de sus perros, morrocoyes, lochas y gatos. Y así se están con nosotros unas dos horas. Orianni refirió la historia de cómo se perdió y fue encontrada su morrocoya; que el animalito se bajó por detrás del patio, cogiendo hacia la vega del río, hizo un recorrido sorprendente traspasando palos y roquedales, y pasaron días y días buscándola, hasta que la vinieron a encontrar por entre unos matorrales, tranquilita comiendo flores silvestres: “Ay, nadie se explica cómo fue que anduvo tanto, que hasta el río lo cruzó y pasó por debajo del puente…”. Luego Arianni nos contó de cómo una locha (una venadita) alteró la paz de la aldea: se oyeron gritos tremendos, casi todo el mundo salió de sus casas, y algunos gritaban: “-¡Por ahí, va, cójanla, llamen a los perros!”. Un tumulto perseguía a la pobre, hubo algunos aldeanos que sacaron a sus mejores perros de caza y los echaron a correr tras la presa, otros buscaban sus carabinas o chopos, hasta que finalmente dieron con la lochita y la mataron. Las niñas se condolían de aquel triste desenlace, qué dolor, qué pena, qué tristeza. “-Qué hermoso sería, si por estos lares pudieran verse a estos animalitos como lochas, ardillas, lapas, conejos, osos, convivir con nosotros, pasearse sin temores por estos campos y montañas… pero los hemos acabado a sangre y fuego, hasta el punto de que apenas en apareciendo uno, salimos de inmediato a matarlo”.

14-04-2002: día lluvioso y oscuro. A las 6:15 nos han quitado el servicio de electricidad.

Los vecinos han matado un toro y lo han estado componiendo toda la noche, escuchándose agite de tobos, tasajeos, golpes de presas cuando se echan sobre un tablón.

Preparo café en el fogón poniendo a arder chamizas con viejos tratados de estética. Abro todas las ventanas buscando un poco de claridad. La perra llora para que la deje entrar, lo hago y de inmediato pasa en desesperada carrera hacia el cuarto de mi mujer. Me pongo a revisar mi hemeroteca personal, procurando hacerlo, buscando la luz, lo más cercano a la ventana principal, la que da frente al camino real. Una inmensa bocanada de niebla avanza por la garganta del valle y la poca luz que había de pronto desaparece. Los pajaritos tiemblan sobre las ramas de las cayenas y las hojas de los cafetos brillan tanto que parecieran láminas metálicas. Hay un silencio total y no se ven por el camino real ni siquiera a los becerreros.

Nos pide la vecina que le cuidemos a su pequeña hija, Lucía Valentina, una niña muy lista, por unas horas porque tiene que bajar al pueblo a verse una infección de orina. María Eugenia prepara un pastel de acelgas con masa quebrada para el almuerzo. Le preguntamos a Lucía Valentina si las gallinas de su mamá están poniendo y nos contesta que andan culecas, y aprovecha la niña para darnos una soberbia clase de cómo tener y cuidar las gallinas. Que cuando están culecas hay que bañarlas metiéndolas en un tobo con agua para bajarles la culequera. Luego nos explicó que para que las gallinas pudieran empollar con harta facilidad se les deben colocar un número impar de huevos, cinco, siete o nueve.

Truequeamos con Ángel, dos cestas de limones y naranjas por medio kilo de mantequilla, y con la vecina Engracia el trueque fue de un kilo de mortadela por medio kilo de manteca de cochino.

Estamos buscando a un veterinario que pueda venir a la casa para extirparle una pelota que le ha salido a la perra debajo del cuello. Parece que es de grasa, pero le ha ido creciendo. Nos han hablado de un tal veterinario Nelson Barillas que es muy bueno y ha quedado Neptalí en contactarlo.

15-04-2021: el día se presenta con buen sol y salimos a limpiar el terreno. Me decía el otro día Neptalí que el hombre nace y vive para el desmonte porque sin maleza el hombre no trabajara.

Se ha comprobado que la moringa es una planta de tierra caliente, no se da por estos lares.

Por la tarde escampa, pero ya no podemos salir a desbrozar nuestro terreno, y nos quedamos haciendo tareas menudas.

16-02-2021. Vivimos truequeando: Engracia nos trae dos bolas de toro y un poco de picante en un tarro y se los cambiamos por panela. Abruma y preocupa a María Eugenia la generosidad de esta vecina que acaba comprometiéndonos ya que en ocasiones se nos hace difícil cómo retrucarle. Ayer mi esposa le regaló una bolsa con unos ocho pares de zapatos usados, pero en buen estado. Con ayuda de mi hijo Andrés, traemos algunos artículos para intercambiarlos por alimentos porque ahora no se consigue efectivo y dólares no tenemos. Y ahí vamos intercambiando nuestras cositas que no son muchas, por papitas, huevos, queso, tomates, auyama, limones o naranjas. O por algún servicio que necesite  la casa. La gente nos pregunta: “- ¿Qué trajeron?” En el intercambio a veces conseguimos que se nos pague en café en laja, pero ya nadie sabe el verdadero valor del café.

El precio del café, se rumorea que anda por cifras imprecisas, unos dicen que el kilo en laja está a 1,4 de dólar, otros a 1,5 de dólar o 1,6 de dólar y hasta 1,8 de dólar… nos toca irlo a comprobar allá abajo, en el fulano libre mercado del pueblo de Canaguá.

Los pájaros golpean con fuerza el cristal de los ventanales. Resulta que se ven en ellos y creen que se encuentran con un compañero o compañera. Algunos se desnucan al confundirlo con otras extensiones del cielo.

Nos visita María, esposa de Roberto. Trae a su pequeña hija de nueve meses, hermosa, preciosamente arreglada para el encuentro con nosotros, también le acompaña su hijo Jackson. Luego se une a la conversa Engracia y la niña Lucía Valentina.

Ha venido Ángel con tres tarros (de los que usan para mayonesa) de miel de abeja y se los intercambiamos por dos de margarina de 450 gramos cada una, dos harina pan, dos panelas y una sardina en lata.

Ángel nos da información de Ramón Isidro Díaz y familia y quedamos en hacerle una visita para el próximo lunes, 19 de abril.

Nos trae Tarsicio el Chacantero, un cuento de lo que ocurrió en su aldea, siendo el protagonista un niño de diez años llamado Facundo Menudito. Los padres de Facundo Menudito tenían una bodega y estaban en permanente contacto con personas del pueblo de Chacantá y de muchas aldeas aledañas. El niño escuchaba toda clase de cuentos y chismes que echaban sus padres a la gente que iba a comprarles y a venderles. Los padres de Facundo Menudito engrandecían aquellas historias poniéndole piquetes de todos los colores, de manera que  abrían los ojos desmesuradamente, hacían exclamaciones de horror, brincaban o golpeaban mesas o paredes para darle mayor énfasis a sus narraciones, pero lo que lo que más llamaba la atención de Facundo Menudito era, a su vez, el enorme interés que sus padres ponían en escuchar sobre asuntos que tenían que ver con peleas en los matrimonios, infidelidades, robos, estafas y pillerías de todo tipo de las que se suelen dar en todas partes de este caos misterioso de dramas y dolores, de sueños y magias que llamamos a veces sin saber por qué “vida”. Con tantos cuentos feos y tristes, Facundo Menudito se fue haciendo una idea macabra de los trajines de los adultos, y un día le preguntó a sus padres si habría algún modo de que un niño no llegara a crecer nunca, y éstos le contestaron que no se preocupara porque al llegar a viejo comenzaría de nuevo a volverse carajito: “- ¡Ay, qué bueno! –respondió Facundo Menudito -: ojalá llegue pronto a viejo”. Pero en sintiendo el niño que en el mundo entonces no había gente buena les preguntó a sus padres si ellos eran malos, a lo que le respondieron: “-Somos malos con los que son malos con nosotros”. Por lo que cayó en la cuenta, por tanto, que en este mundo, todos están contra todos, fuese ya en guerra directa o solapada, lo que le produjo mucha más pena todavía.

Al mediodía se acerca Engracia con dos platos de comida, en uno trae arvejas y en otro dos trozos de cochino frito.

La tarde está hermosa, María me pregunta la hora. Son la 4:45, ella contesta “es temprano, cómo nos ha rendido el día. Vayamos a caminar un poco al río”. Salimos. Ella va adelante con la perra y yo voy muy lentamente apreciando todo. Veo cómo la matica de guayaba a la que vine con Lucía Valentina por sus sabrosos y abultados frutos hace seis semanas, está ahora pelada y desgarbada. Me detengo ante el enorme árbol de eucalipto que está a unos doce metros de nuestra casa, cuya base ha venido siendo socavada por las lluvias y que puede venirse abajo provocando grandes destrozos. Me dice Neptalí que el eucalipto es un árbol muy recio y que sus raíces se extienden docenas de metros a la redonda. Seguimos hacia el río cuya corriente está bastante disminuida a pesar de las últimas lluvias. Cruzamos el puentecito de madera, los muchachos han hecho un pozo para bañarse, y vamos encontrando el terreno despejado como si lo hubiesen limpiado, con enormes peñas para que la gente se pueda sentar y contemplar la conmoción sublime y dorada de los alrededores. Yo me encuentro dos palos buenos para chamiza que me los llevaré como leña. Por todos lados vemos que la gente está sembrando con furor, las faldas más empinadas están siendo cultivadas con café.

Volvemos a casa, y poco después llega doña Consuelo con un regalito para nosotros, una marusita atestada de apios, limones y naranjas. Conversamos un rato y antes de irse le retrucamos con una panela.

Las noches a veces se hacen largas, y buscamos el sueño por entre los laberintos de nuestro pasado, nunca sé cuando y cómo llega el sueño, cómo se mete por los entresijos de las espesuras penumbrosas de esa inmensa oscurana que todo lo arropa. No es que no me guste la noche, pero a veces lo que me incomoda es tener que dormir; lo que deseo es que pronto amanezca para encontrarme con la luz milagrosa de las montañas, de esos cielos infinitamente celestes y maravillosos.

Está tronando allá lejos, muy lejos, imagino que por los lados de la represa de Santa María de Caparo….

17-04-2021: Hoy el sol ha andado enventanado, se asoma, se oculta, parpadea y se encoje. Yo he sacado mi sobrero de paja, pero lo he tenido que colgar del orégano cuando me he puesto a echar escardilla. Estoy laborando en short, y corre buena brisa, siento los ramalazos del frío pero muy pronto comenzaré a entrar en calor. Siempre estoy probando mi resistencia, si soy capaz de en una mañana limpiar unos cien metros cuadrados de la huerta.

También me he dedicado estos días a revisar mi hemeroteca que contiene miles de periódicos y revistas. A descubrir cuánto ha cambiado este mundo a pesar de que seguimos siendo los mismos y que no habrá Cristo que nos enderece. Un mundo de seres equivocados en los que cada cual cree tener la razón y, en el que se ve que el arte predilecto de la humanidad es el de la critica a mansalva y a la vez de creer que si nos dan la oportunidad de gobernar, lo haremos mucho mejor que cualquier otro, que arreglaríamos cualquier problema en un santiamén de dejar hacérnoslo. Me veo en cientos de artículos publicados, ahogado en luchas quijotescas, partiendo lanzas a diestra y siniestra contra medio mundo.

Comienza a lloviznar. Recorro una y otra vez nuestro terrenito hacia los lados del cambural y me detengo a ver cómo se van espigando las matas de café, el brillante color que están tomando sus hojas. María Eugenia me había dicho ayer, que arrancaron una malla de gallinero que habíamos colocado entre el enorme árbol de eucalipto y nuestra cerca, pero he encontrado que sencillamente la han apartado. Está allí.

La estamos pasando enteramente solos en nuestra casita.

Hacemos un cafecito y nos ponemos a ver las montañas. Nada mejor que pasárnosla en este lugar en medio de esta penosa pandemia.

18-4-2021: Al levantarnos y al dirigir la vista hacia el valle, por el que serpentea el camino real, nos encontramos con el impresionante abanico de colores, intercalados en franjas de amarillos intensos, con azules plomizos e índigos opacos. Las montañas quedan engalanadas con ese baño de luz mortecina, mientras ya se aprecian nubes oscuras hacia los lados de Los Atalitos. 

Están quitando la electricidad un promedio de cuatro horas diarias.

Todo lo que produce algún reflejo en los cristales o en los metales, enloquece a los pájaros. No dejan de picotear las ventanas. Mientras escribo veo unos canarios que no dejan de mirarse en la cubierta dorada de un espejo lateral de la camioneta.

Hemos descopado el arbolito de orégano y sus ramas las ponemos a secar en el patio.

Nos visitan el señor Corsino y su hijo Ángel quienes en una usada bolsita plástica para arroz, nos traen cuatro huevos criollos. Retomamos con ellos las historias de estos pueblos, nos volvemos a hundir en el pasado cuando el señor Corsino era arriero y transportaba panelas, tabaco, y otras especies a Santa Cruz de Mora, Tovar y Bailadores.

Se despiden, porque Ángel tiene que darle clases de catecismo a varios niños.

Luego nos visita Engracia y su hija Lucía Valentina.

Hemos tenido uno de los días más hermosos, con una temperatura de unos veinte grados, cielo despejado, viento suave. Me he sentido como un chamo de veinte años, echando escardilla y cortando madera. María Eugenia y yo mantenemos un contrapunteo: “-Ya está bueno, descansa un poco, no te excedas”. Pero la vida es movimiento y la cabeza tiene su propio ritmo y nunca estamos tranquilos si no estamos haciendo algo.

Me echo en la grama a contemplar el cielo: ¡maravilla, sublime!, algo que casi nunca hacemos. La perra inmediatamente viene y se echa a mi lado. Lo tenemos todo, si alguien puede proclamar en este momento que ha alcanzado la felicidad somos nosotros, con todo el universo a nuestros pies o a nuestras manos. No hay derecho a pedir más. Tal vez en la vida hemos tenido instantes gloriosos con otros encuentros y hallazgos, con otras melancolías y logros fabulosos, en los que creíamos encontrar la esencia del vivir, pero esto en La Coromoto lo rebasa todo. Tenemos lo que siempre habíamos buscado, como si la vida se hubiese detenido en este punto sólo para justificar la grandeza y bendición de la existencia con sus amaneceres esplendorosos, con sus fulgores nostálgicos y las potencias sagradas en sus máximos delirios. Con equilibrio pleno en la conciencia: paz en el corazón, serenidad en el amor, una sinfonía de buenos libros, una dulce luz de amable silencio, aire puro, rumores amables por doquier: flores y montañas, niños que llegan a saludarnos y a contarnos sus historias; montones de pequeñas cosas por hacer pero que esperan gozosamente por su momento. Esta es la verdadera vida, al fin la tenemos, de tanto buscarla la hemos hallado, y ahora avaros de ella, queremos fundirnos con su belleza y su grandiosa generosidad.  

19-04-2021: Nos preparamos para emprender una caminata hasta el pueblo. Anoche María Eugenia preparó como avío un grandioso pastel de acelgas. Ángel llevará naranjas. Iremos con Ángel y nos llevaremos a Solita; tomaremos por el camino real y luego emprenderemos el ascenso por el camino viejo, pasaremos por casa de Ramón Isidro, luego por donde Gaudencio y Onofre.

Como lo teníamos planificado, exactamente a las nueve de la mañana partimos a nuestra primera gran caminata después de haber estado hospitalizados por Covid: cogimos nuestros morrales, sombreros, palos (bastones), tapabuches y cantimploras; tomamos por el camino real, en un día muy hermoso, diáfano y fresco. Íbamos tan alegres, riéndonos de cualquier tontería, haciendo chistes sobre un lavamanos y de un aceite que había que llevar hasta el pueblo. Solita sonríe plena de energía.

Pasamos por la casa de Fulgencio, un joven que se fue a buscar un mejor destino a Colombia. Fulgencio se fue hace tres años y su casa quedó a medio hacer, sin techo con las cuencas de las ventanas sin marcos y total abandono. Resulta que Fulgencio ha vuelto, lo arrolló un carro en la fulana “hermana república” e hizo grandes esfuerzos para que le operaran una clavícula fracturada pero eso allá es muy costoso. Tuvo entonces la familia de Fulgencio que buscarlo y traérselo con grandes esfuerzos y sacrificios. Fulgencio está recién operado y convaleciente en el Hospital Universitario de Mérida.

Llegamos a la casa del señor Antonio Rojas, y parecía que no había nadie, y comenzamos a dar voces, hasta que por el lavandero salió su esposa la señora María en bata blanca y algo despeinada. Le entregamos una panela, pero de entre unos montarascales cercanos salió el señor Antonio a quien encontramos demacrado, bastante flaco. Ha estado enfermo y de inmediato nos dice que nos va a aprontar unos cambures.

Seguimos la marcha por el camino real viendo a nuestros lados sembradíos de cambures, yuca, caraotas y café. Al frente, al otro lado del gran precipicio que está a nuestra derecha, en unas faldas, están los terrenos que colindan con la finca de Ramón Isidro. La vamos viendo mientras avanzamos. Nos topamos con el dueño de una cauchera que está construyendo un hermoso chalecito y en cuyo alrededor tiene una hermosa siembra de yuca y cambures. Pasan unas ardillas trepando por los enormes pinos que ahora comienzan a bordear el camino. La perra se alborota. Seguimos apreciando a los lejos, al otro lado del abismo, la hermosa finca de Ramón Isidro. Ángel da fuertes silbidos tratando de que le escuchen, pero la distancia y el viento lo impiden. Pasamos los dos tramos de cemento rígido del camino real hasta descender al nivel de la carretera pavimentada. De allí en adelante nos ponemos el tapabocas al tiempo que María Eugenia sujeta a la perra con collar y cadena. Pasamos el control de la Guardia y en la estación de gasolina nos separamos, María Eugenia sigue hacía la plaza Bolívar mientras Ángel y yo giramos a la derecha tomando hacia la trilladora para preguntar por el precio del café. Luego emprendemos la tarea de preguntar por el precio del kilo de queso y en ese plan vamos y lo hacemos en unos nueve comercios, todos variando su valor entre 2.3 y 2.5 dólares. Cuando nos decidimos por el más barato y al tratar de pasar la tarjeta nos informa la dueña del local que no tenemos saldo. Devolvemos el queso que ya lo habíamos metido en el morral. Al mismo tiempo se ha producido en el pueblo un apagón. El día sigue siendo esplendoroso y nos sentimos felices del recorrido que vamos haciendo.

Emprendemos el regreso y lo hacemos por donde vinimos, pero a la altura del primer tramo pavimentado cogemos por un senderito que se entronca con el río La Coromoto. Vamos a emprender el ascenso hacia la casa de Ramón Isidro, de modo que cruzamos por la vega del río. Nos topamos con un senderito empinado y apenas nos golpea el cansancio nos detenemos a dar cuenta de las naranjas que ha traído Ángel.

Corre una brisa fresca y dulce que nos alivia la travesía.

Cuán felices nos sentimos.

Nos conseguimos con una casita de zinc donde unos niños están jugueteando, y un señor baja a cortar un enorme racimo de cambur. Nos invita a pasar la dueña de la casa para que nos demos un descanso. Los niños comienzan a zarandearse en un chinchorro. Se trata de la pareja Durán-García del sitio de El Rincón quienes nos refieren que tienen otro rancho más que atender y en el que están sembrando. Continuamos con nuestro ascenso, ahora mirando siempre cómo nos vamos poniendo a nivel con el camino real por donde vinimos. Va surgiendo la cinta marrón del camino, entre verde opaco, como un lazo alrededor de la montaña. Seguimos poniendo a prueba nuestro cuerpo, y María Eugenia proclama que se siente un noventa y ocho por ciento ya recuperada del ramalazo del Covid. Nos topamos con un frondoso árbol de guayaba, el más grande y hermoso que jamás hayamos visto en nuestras vidas. Todos nos subimos a él como unos muchachos, y nos tomamos fotos, también lo abrazamos como a un hermano. Seguimos serpenteando por entre un bosquecillo hasta que dimos con los linderos de la hermosa finca de Ramón Isidro. Ángel va silbando para que sepan que estamos cerca. Nos metemos por entre una alambrada de púas, cogemos por entre cafetales y camburales por los que vamos dando a un claro que conduce al patio de la casa de nuestros amigos. Antes nos detenemos bajo un hermoso mandarino criollo y nos ponemos a coger y comer el dulcísimo fruto. Hay alborotos de pavos y perros.

Nos están esperando Ramón Isidro, su esposa Cileni, su hija Yanin y Efraín, uno de sus nietos. Unos perritos hacen fiesta celebrando la llegada de Solita, los pavorreales muestran también sus saludos desplegando sus floridas plumas, las gallinas corretean. Nosotros felizmente cansados, nos sentamos en el corredor. Pronto doña Cileni nos entrompa con vasos de jugo de naranja de esos naranjales que tiene en casa dulces como la miel. Luego de los largos saludos y golpeteos de puños porque no nos podemos abrazar, hablamos de la travesía, del paseo por el pueblo, del cuento del  queso que no pudimos comprar porque la tarjeta decía que estábamos sin saldo. A Cileni la vemos allá con el fogón a todo dar, yendo y viniendo con tazas y bandejas. Activamos nuestros celulares porque aquí se recibe señal de internet y nos llegaron ráfagas de mensajes, constatando que el mundo sigue en suspenso con las historias de siempre. Nada nuevo ni bajo ni encima del sol. Seguimos en nuestra conversa rememorando historias de estas aldeas que conoce muy bien Ramón Isidro con su prodigiosa memoria. Nos recuerda que el primer carro que llegó a Canaguá lo hizo en 1954, y que la carretera la arreglaron definitivamente en la década de los sesenta.

María Eugenia revisando su celular encuentra que el pago del queso que tratamos de hacer en el pueblo sí lo han descontado, es deci,  en el fulano comercio se han echado todo el sueldo de un mes que a mí me pagan como profesor jubilado de la ULA. Se comenta que este tipo de robo ya sea ejecutado por los bancos o por los comercios, es algo que ocurre con frecuencia en Canaguá. Es decir, que aunado a lo carísimo que están las cosas, vienen los bancos, nos joden con esos cuentos de que el sistema no funciona, chupándose las tres lochas que nos ponen en nuestras cuentas. Pero las arrecheras hay que echárselas también a las espaldas y seguir adelante, y tragar arena o lo que sea.

Luego la conversa giró en torno a las parejas que llegaron a tener en otros tiempos más de diez muchachos y que eran parteados por comadronas o por los propios maridos. Y el caso nada legal de padres que, en habiendo parteado a sus mujeres, como era costumbre, llegaban a la prefectura a presentar a sus muchachitos pero entonces a  nadie le podía constar que fuesen suyos.

Yo, adrede hice un comentario que sutilmente delataba a Ángel como chismoso, estallando por todos lados las chanzas y las risas, y reía sobre todo el susodicho andante victimizado. Luego aparecieron platos a rebosar de arroz, ensalada, queso y morcillas, junto con vasos de agua panela, tan desvergonzados nosotros que nos presentamos a la mera hora del almuerzo, de modo que no hubo más remedio que hacer el sacrificio y hundir los hierros en los platos, compartiendo el pastel de acelgas que había preparado a la víspera María Eugenia.

A cada momento reaparecía el sutil comentario que ponía tan mal parado al andante victimizado, y otra vez las risas y las bromas.

Ya con nuestras almas sosegadas, María Eugenia pasó a la cocina para enseñarle a Cileni cómo se hace el pastel con masa quebrada. Luego vino el preaviso del cafecito, seguido de un postre de torta de yuca en almíbar de naranja.

Nos despedimos cuando el sol estaba más calcinante, y no había sombrita por donde irse. Emprendimos otro ascenso hasta el caminito real, hasta dar con la casa de Gaudencio, con la esperanza de poderle comprar un queso. Afloraba de vez en cuando la broma del victimizado andante, y venga, otra vez a reírnos.

Pasamos por una vaquera, bordeando un tramo lleno de bostas blandas y secas, y un poco más allá, encontramos a Gaudencio echando un piso con unas lajas que se trajo de una cantera vecina. El que ayudaba a Gaundencio era Cristian, el hijo de nuestra vecina Engracia. Gaudencio es hombre que no deja visita en blanco y nos atendió con arepa de harina de trigo y un cafecito excelente. Allí, Gaudencio le cuadró el negocio de cambiarle a Ángel una poceta por treinta kilos de café en laja.

Nos trajo Gaudencio el último queso fresco que le quedaba del día que podíamos cambiárselo por margarina  y harina pan.

Emprendimos otra vez la marcha por el camino viejo, y en eso descubre María Eugenia que se le han perdido sus lentes de sol. Nos devolvemos un trayecto, pero no hallamos nada. Y venga, a reírnos otra vez del caso del chismoso victimizado.

Por allá, más abajo de El Cobre, nos encontramos con Neptalí y su hijo Toñito que estaban rosando y con ellos nos vinimos conversando. Qué felices nos sentíamos, qué alegres y jubilosos en el momento en que estábamos llegando a nuestra casita, a las cinco de la tarde, ¡carajo, qué buena caminata!

20-11-2021: Otro día de buen tiempo, con mucho sol, de pleno verano.

Como a las nueve de la mañana ha bajado Ángel llevando al señor Corsino al pueblo. El cura Pedro Pablo hará un acto especial en la iglesia con los abuelos. Hay que tomar en cuenta que el señor Corsino tiene ochenta y siete años para darse ese maratón que nosotros nos dimos ayer.

Hoy ha amanecido enfermita Lucía Valentina con vómito, fiebre y diarrea, y sus perritos andan tristes correteando por la cerca.

Hay una gran jarana de gavilanes en lo alto del eucalipto nuestro, chillan como cochinos. Los he visto planear alrededor de la casa, uno tras otro en una especie de cortejo prenupcial.

Bajan a todo dar por el camino real los becerros de Avenildo; las gallinas de Engracia bailotean azarosas perseguidas por el voluntarioso gallo que va y las encallejona en donde se encuentra una siembra de fresas. Los perritos de Lucía Valentina buscan cómo traspasar la cerca para reunirse con Solita.

Ha venido por allí Julito, nieto del señor Antonio Rojas a traernos unos camburitos: nos lo manda el señor Antonio Rojas.

Nos dedicamos por entero a descopar la gran mata de orégano que está en la huerta. Colocamos un plástico y ahí colocamos las ramas que se van secando poco a poco.

Nos visita Marcolina y su preciosa hija Natali. Tomamos café y conversamos. Marcolina se lleva parte del orégano que hemos deshojado para molérnoslo en su casa.

Baudelio (esposo de Engracia) fue a El Rincón a buscar una vaca para matarla, pero el animal se le puso arisco y ha tenido que sacrificarla allá mismo en El Rincón, y ahora está subiendo la carne por partes en una moto.

Engracia le ha cambiado a María Eugenia tres kilos y medio de bofe por medio kilo de margarina.

21-04-2021: María Eugenia ha invitado a los niños Toñito (de trece años) y Gabriel (de nueve años) para que nos ayuden a cortar el césped. Les ha preparado una exquisita comida como sólo ella sabe hacerla: caraotas negras, arroz, ensalada y buñuelos de apio. Los niños se han fajado a las nueve de la mañana, aunque Gabriel al poco rato tiró la toalla. Toñito siguió en la brega como un as peluqueador de grama aunque María Eugenia andaba todo el tiempo detrás de él diciendo que descansara, sirviéndoles a ambos agua de panela, recomendándole que usara guantes, que se colocaran un sombrero, que no se expusieran mucho al sol. Con devoción y extremo cuidado los atendía, como sintiéndose además muy avergonzada de  que se fueran a cansar o a excederse en lo que estaban haciendo. Llegó al punto que no quiso que siguieran macheteando, y los mandó a la sala, y les sirvió jugo de guayaba. En llegado el mediodía, mandó a parar, les suspendió el trabajo y les pidió que se fueran a la sala a descansar. Luego los premió dándoles unos espaguetis y unas laticas de sardina, además de mandarle al padre un poco de arroz y caraotas negras.

Resulta que la esposa de Neptalí, misia Marcolina, se ha tenido que ir hoy en la mañana a Mérida porque se le murió hace tres días un pariente.

Con el de hoy llevamos tres días de un sol sabanero crujiente, feroz y aplastante.

María Eugenia hace una exquisita torta con su ingenio y manos maravillosas.

Hemos pasado el día sin electricidad y se lo hemos dedicado además de seguir en la brega de desmalezar, a deshojar el orégano en un gran plástico negro. Debemos haber limpiado unos dos kilos de orégano.

Ha venido a hacernos compañía la niña Lucía Valentina, quien tiene un tremendo gripón y sigue con diarrea y vómitos. Ha venido muy bien protegida con un gorro amarillo que le regaló María Eugenia, quien le dice que parece una abejita. La abejita se lleva un buen trozo de torta que le da María Eugenia.

22-04-2021: nosotros aquí en casa dándole al machete y al palín, y allá enfrente, Ángel rosando en la escuelita. Ángel está en compañía de Tomi, el cabrito, quien le ayuda a comer parte de la paja que va cortando. Cerca del mediodía María Eugenia llama a Ángel: “-Mire, venga a tomar un cafecito y a comerse un pedazo de torta”. Ángel baja pausadamente, se sienta en la sala y volvemos a recordar la vaina que le echamos allá en casa de Ramón Isidro y nos reímos como la primera vez. María Eugenia le prepara en un envase un trozo de torta para que se lo lleve al señor Corsino. Regresa Ángel a su labor y María Eugenia se dedica a preparar el almuerzo: unos espaguetis a las finas yerbas, preparado con aromáticas yerbas de la huerta, romero, albahaca y orégano.

La perra duerme echada en medio de la sala y uno le pasa por encima y permanece inmutable.

Al parecer los seis millones que nos raspó la tarjeta hace tres días en Canaguá no los recuperaremos.

Otro día de intensísimo sol veraniego, lo que falta es  que canten las chicharras.

Nos visita la esposa de Guadencio y sus dos hijas: repartición de cafecito y torta. La conversa gira en torno a cómo sacarles el mayor partido a los alimentos para preparar gustosos, sustanciosos y sanos menús sin desperdiciar absolutamente nada.

Se aparece Enrique y conversamos hasta que cae la tarde. La conversación gira en torno a la economía y la política, y de cómo en una aparatosa crisis, hacer con tusas tostadas un pastel de caraotas.

Metemos en el fogón toda la chamiza del descope que le hicimos a la mata de orégano y se formó tal llamarada que por poco incinera las bases que sostienen el techo del escape de la chimenea. Si no es porque Alejandrito y Lucía Valentina nos lo advierten hasta se hubiera producido un descalabro de la pequeña estructura.

23-04-2021: Otro día de sol.

Vienen dos niños a recibir clases. Uno de ellos me promete pagar con cinco huevos.

Pasan Carmelina (hermana de Ángel) y su esposo Luis Mora García y los invitamos a tomar café. Quedan en cambiarnos una botella de miel por harina de maíz, sardinas y panelas.

Ángel se va al pueblo y visitará a Ramón Isidro.

Viene una señora y nos cambia una cuajada por una harina pan.

24-04-2021: un borbotón de encendidos ramilletes cual ensueño de celestiales bendiciones, se desparrama sobre las montañas. El ángel del rostro de Cristo o de Bolívar al descorrerse la niebla se ve proyectado en el cielo. Son las siete y veinticinco de la mañana. Miro hacia el solar de la vecina, qué espectáculo de verdadera buena vecindad: allí están la perra Maya con apenas tres meses de parida correteando con sus dos cachorros y un precioso gato blanco, todos ellos mezclados con las gallinas y el gallo que las alborota. Las gallinas escarban sin cesar teniendo a un lado a los perros y al gato que les estorban con sus alimentos, y de repente estallan las alas del gallo que impone su presencia, soltando su sostenido canto, pero allí nadie se inmuta. Hay que ver lo que representan quince gallinas para un solo gallo (por cierto, he leído que el bengala de un elefante puede llegar a pesar cien kilos, el de un gallo pesará diez gramos, si acaso, mientras más pequeños más activos). La perra se echa en medio de estas aves a juguetear con sus crías y con el gato, mordisqueándoles el cuello, las orejas, el hocico. Solita les ladra desde nuestro solar, queriéndose unir al jolgorio. La señora perra Maya, como toda una gran madre, cree que allí todos son sus hijos, cuando se echa hasta las gallinas le pasan por encima cariñosamente y le toquetean sus pezones. Podría pasarme horas mirando este espectáculo.

Viene la vecina y nos pide que le cuidemos por un rato a Lucía Valentina porque tiene que bajar al pueblo a buscar su CLAP.

A las 10:30 nos encontrábamos en nuestras faenas, yo charapeando y María Eugenia preparando una sopa de avejas, cuando pasa Ángel y nos avisa que debemos bajar inmediatamente al pueblo porque están poniendo gasolina. Nos arreglamos y nos llevamos a Lucía Valentina. Al llegar al pueblo nos topamos con un inmenso avispero de motos, pero con paciencia logramos ponerle treinta litros a nuestra camioneta.

Como ya tenemos luna llena, a las siete nos vamos con Ángel, Solita y Chespirito a dar un paseo por el camino viejo. Bordeamos desde lo alto la vega de la quebrada embebidos en el esplendor de la luna. Cuando volvemos a casa se va la luz y nos quedamos conversando en la sala hasta las nueve y media. María Eugenia prepara unas torrejas que pasamos con té de moringa.

A las 10:15 nos vamos a la cama y no podemos conciliar el sueño, hasta que a las 12:15 vuelve la luz a la espera de que míster Morfeo nos saque de este insomnio.

Domingo 25 de abril: aquí en el campo nunca se puede hacer esa promesa de “hoy no haremos nada”, pero estamos decididos a cumplirlo. Para las dos de la tarde pasará Ángel por nosotros porque le haremos una visita a Ramón Isidro.

A decir de los lugareños nunca se había conocido una sequía como la que se está viviendo: muchos caños y fuentes de agua desaparecidos, y uno mismo lo comprueba con el río La Coromoto apenas convertido en un hilito de agua.

Hacemos la caminata a casa de Ramón Isidro en una tarde de violáceos fogonazos liricos  y ráfagas azules con repliegues blancos. La dulce serenidad de las bendiciones echadas sobre el serpenteante camino que nos llama como una madre. Hemos dejado a Solita porque ha estado decaída y mal del estómago. Seguimos la ruta sorbiendo el aire a paso lento, mirando la inmensidad del cañón del valle que se pierde en lontananza por donde vienen las dulces bocanadas de esas brisas frescas, cuando el sol ha amainado pero cuando una prístina luz se impone en la inmensidad del espacio. Más allá de El Cobre vemos descender a un hombre en un corcel blanco, erguido y ágil, en una atávica estampa de los recuerdos y leyendas de Don Quijote. Se trata del señor Juvencio que ha andando de paseo, merodeando por los alrededores de estos campos, hoy domingo. Luego de andar unos tres kilómetros tomamos por un atajo que nos indica Ángel, nuestro guía. Desde un barranco Ángel lanzó su portentoso silbido y en el patio de la casa de Ramón Isidro pudo oírse un alboroto de perros, gallinas y pavos reales. Llevamos una sed tremenda porque decidimos no llevar agua para ir lo más escoteros posible. Cerca de la vaquera de Ramón Isidro nos topamos con un empinado y frondoso árbol de cuya base brotan muchos tallos, y sus verdísimas hojas están adornadas con infinidad de broches de oro: un precioso mandarino. Abajo una alfombra de frutos desprendidos por los pájaros y las ardillas, y sin poder pedirle permiso a Ramón Isidro, nos echamos a mondar gajos.

Fuimos andando, traspasamos la vaquera cruzando por un mar de bostas hasta columbrar la entrada de la casa de Ramón Isidro. Se escuchaban voces en un cuarto y el resto parecía desolado. Pronto fueron apareciendo nuestros personajes, el señor dueño de la finca, luego la señora Cileni y su hija Yanin, más tarde el esposo de Yanin y finalmente el pequeño Fabián. Nos instalamos en el corredor. Yo le obsequié dos libros a Ramón Isidro: el famoso trabajo sobre Bolívar de Francisco Pividal y unas memorias sobre Mérida de Edilberto Moreno. Hicimos unos diminutos negocios con Ramón Isidro, bromeamos y comimos torta de yuca con café con leche. Probamos una exquisita miel preparada con jugo de naranja, y como a las cinco de la tarde emprendimos el regreso llevando dos cartones de huevos y un bidón de veinte litros para traer de Mérida aceite quemado. María Eugenia, de cuando en cuando, recordaba a Solita y lamentaba el no haber estado en condiciones de venirse con nosotros.

27-04-2021: desde la madrugada María Eugenia a presentado un severo dolor de muela, tan grande y tedioso que nos ha obligado a pensar en adelantar el regreso a Mérida.

Día de lluvia, y la aldea se ha envuelto en una densa niebla. Nosotros desde la madrugada hemos decidido prepararle cuarenta kilos de comida a la perra que le dejaremos durante nuestra ausencia, que puede ser de un mes.

A última hora le hemos cambiado al señor Avenildo más de tres kilos de queso por sardinas, panelas y espaguetis.

Hoy, finalmente, nos han arreglado la señal de televisión.

28-04-2021: Emprendemos el regreso. En la tolva llevamos encomienda de alimentos para familiares que viven en Mérida, de Jairo, Silvio y Alesio. Bajando por el camino real nos encontramos con Carmelina y su hijo quien me subían una miel para cambiárnosla por productos. No dice Carmelina:

¿No se han enterado que murió Aristóbulo? Seguimos la marcha, pensando en mi amigo Aristóbulo, quien hace dos años me invitó a dictar unas conferencias en Ciudad Bolívar con motivo de la celebración del Discurso de Angostura. Viajamos en una avioneta junto con Vladimir Acosta y Luis Brito García. Qué dolor, Aristóbulo era un hombre incansable, sereno, extraordinariamente sencillo y humilde, y a lo más miserable de la oposición le dio por decir que él era un magnate propietario de yates y aviones.

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LINK ORIGINAL: Ensartaos

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