X: @goyosalazar Las tragedias de enorme magnitud como la que hoy atribula al pueblo venezolano son las que se encargan de recordarnos que el centro de todas las acciones, todas las preocupaciones y desvelos deben estar centrados en el ser humano, no solamente en horas tan críticas como las que nos abruman, sino como eje permanente de las políticas que en todo tiempo y lugar debe desarrollar el Estado en busca del bien colectivo. Los gobiernos, las fuerzas políticas que a través de ellos se expresan cuando ejercen el poder no deberían olvidar que por encima de las banderías políticas e intereses parciales hay un pueblo cuyo ser identitario descansa sobre la base de una historia ancestral, cultura y tradiciones, una comunidad espiritual que es una de las primeras en ser vulneradas cuando las posiciones se radicalizan en grado extremo y la polarización se convierte en el rasgo característico de una sociedad que ha visto cerrarse, cada vez más, las posibilidades de consenso. Pero no hay sentido de pertenencia y hermandad que pueda ser borrado por la agitación de los odios, la división y el sectarismo. Y en horas de profundo pesar y del dolor que desgarra a tantos y tantos hogares, emerge como una flor victoriosa entre nosotros, la comunión de la gran familia venezolana impulsando las más generosas expresiones de solidaridad y sacrificio. Desde el momento en que quedamos bajo el impacto del fenómeno telúrico de proporciones pocas veces vistas en cualquier parte del mundo –nada menos que dos terremotos continuos– el sentimiento ha estado con los centenares de seres humanos que quedaron con vida bajo los escombros de más de cien edificaciones que colapsaron, principalmente en el litoral central, Caracas, y aunque menos también en estados como Aragua y Falcón. La tragedia sobrepasa en mucho las posibilidades del Estado de atender con la urgencia del caso tantas situaciones críticas donde la carrera es contra el tiempo. Lograr extraer a los sobrevivientes antes de que sus le
Fuente: Tal Cual — Ver nota original