Lapatilla junio 26 2026, 8:34 amPosteado en: Destacados, NacionalesCompártelo: Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn Personas caminan por escombros de edificios afectados por terremotos este jueves, en La Guaira (Venezuela). El número de fallecidos en Venezuela a causa de los dos terremotos del miércoles se elevó a 188 y el de heridos a 1.520, mientras que al menos 346 construcciones, entre edificios, hospitales y centros comerciales, resultaron afectadas, informó el presidente de la Asamblea Nacional (AN, Parlamento), el chavista Jorge Rodríguez. EFE/ Ronald Peña R. El 24 de junio tendrá a partir de 2026 otra carga histórica. A la batalla de Carabobo y a los tambores de San Juan se suma el peor doblete sísmico que hayamos vivido. Dos sismos consecutivos, 7.2 y 7.5, sacudieron el centro-norte del país en cuestión de segundos. Por Maryhen Jiménez / elpais.com Venezuela atraviesa un plan de TRES FASES, déjanos tu correo y te actualizaremos al momento Estaba en La Candelaria cuando la tierra nos sacudió. Esperaba en un semáforo y el carro comenzó a moverse. Primero pensé que era un problema mecánico. Sin embargo, al ver a mi alrededor, me di cuenta de que algo distinto sucedía, sin saber qué era. Solo veía a las personas y, mirando hacia arriba, logré ver enormes nubes de humo. El cielo estaba gris, parecía uno de esos torbellinos que conocemos de las películas. Sentí miedo y mi cuerpo entró en modo alerta. Decidí regresar al Este. En el camino, otro temblor. Los carros y las motos ya iban a mayor velocidad, como si estuvieran huyendo. Todos éramos espectadores, mirando de lado a lado, para intentar comprender. Veía a mucha gente llorando en las aceras, gente corriendo desesperadamente. Necesitaba saber qué pasaba. Paré y una señora me explicó lo que había vivido. “Un temblor, es un temblor horrible”. Una vez a salvo, intenté comunicarme con mi familia y amistades. Mis mensajes no salían. Estaba básicamente incomunicada. Es una sensación que genera ansiedad. NetBlocks registró una fuerte caída de la conectividad a internet tras los sismos. En Venezuela, donde el acceso a la información ya opera en condiciones precarias y de (auto)censura, donde es común recurrir a contactos en el exterior para entender lo que ocurre adentro, los terremotos expusieron y aumentaron esa vulnerabilidad. Largos minutos después, mágicamente, salieron y entraron los mensajes. Logré reportarme, pero luego estuve otra vez incomunicada. Estando en Caracas, a pocos kilómetros de zonas profundamente afectadas, estuve varias horas sin conocer la gravedad de lo que había ocurrido. Buscaba información en redes sociales, cuidando los datos para no quedarme nuevamente incomunicada, y ahí comencé a procesar el alcance de los dos movimientos telúricos, las pérdidas humanas y los daños materiales. Al cierre de este artículo se habla de al menos 188 muertos y más de 1500 heridos, con la advertencia de que las cifras seguirían aumentando. La Guaira fue declarada zona de desastre y el aeropuerto Simón Bolívar cerró temporalmente tras sufrir daños. Los estados Miranda, Aragua, Carabobo y Falcón también han resultado fuertemente afectados. ¿Qué más puede pasar?, me escribió un amigo. Es una pregunta devastadora. No obstante, en medio de la tragedia y el dolor, quiero detenerme para destacar algo que también he vivido. Familiares sosteniéndose, vecinos acompañándose, desconocidos abrazándose; personas que comparten una arepa y otras que hacen un mercado para quien lo necesita. Las redes de solidaridad se activaron con una velocidad que el Estado no ha podido igualar. Es una respuesta que reconozco, porque ya la he vis
Fuente: La Patilla Dep — Ver nota original