Lapatilla junio 07 2026, 5:07 amPosteado en: OpiniónCompártelo: Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn La crisis eléctrica, la escasez de combustible, el deterioro del sistema de salud y las amenazas sobre la seguridad alimentaria podrían convertirse nuevamente en los principales impulsores de una nueva ola migratoria si no se adoptan medidas urgentes durante los próximos seis meses. La historia demuestra que las advertencias ignoradas suelen regresar con consecuencias más graves. Venezuela atraviesa un plan de TRES FASES, déjanos tu correo y te actualizaremos al momento En 2017, un grupo de venezolanos radicados en Estados Unidos acudimos a Washington para alertar sobre el colapso económico, social y humanitario que se estaba gestando en Venezuela. Advertimos sobre el deterioro de la infraestructura productiva, la destrucción progresiva de los servicios públicos y el riesgo de una migración masiva que terminaría afectando a toda la región. Aquellas advertencias no recibieron la atención necesaria. En numerosos espacios se privilegió la visión de los actores políticos, mientras se subestimaba el análisis de empresarios, académicos, profesionales y representantes de la sociedad civil que conocíamos de primera mano la realidad venezolana. Las consecuencias fueron evidentes. Más de siete millones de venezolanos abandonaron el país. Millones de familias quedaron separadas. América Latina enfrentó la mayor crisis migratoria de su historia reciente y países como Estados Unidos, Colombia, Perú, Ecuador, Chile y Brasil asumieron buena parte de sus consecuencias. Hoy, en 2026, Venezuela enfrenta una nueva coyuntura crítica. La transición política y la nueva realidad institucional han generado expectativas legítimas de recuperación. Sin embargo, la situación económica y social continúa siendo extremadamente frágil y existen señales de alerta que no deben ser ignoradas. Una economía que sigue bajo presión La inflación continúa erosionando el poder adquisitivo de los ciudadanos. Los apagones afectan amplias regiones del país y, en numerosos estados, los cortes eléctricos de entre cinco y ocho horas diarias paralizan actividades económicas, reducen la producción y desalientan la inversión. La crisis energética ha dejado de ser un problema coyuntural para convertirse en una limitación estructural para el crecimiento. Miles de fábricas, comercios y productores agrícolas dependen de plantas eléctricas para mantener sus operaciones. Sin embargo, la escasez de diésel limita su funcionamiento, incrementa los costos de producción y reduce la competitividad de las empresas venezolanas. A esta realidad se suma la persistente escasez de gas doméstico en diversas regiones del país, obligando a millones de familias a recurrir a soluciones precarias para satisfacer necesidades básicas. La salud también está en riesgo El sistema hospitalario continúa operando bajo una enorme presión. Los cortes eléctricos frecuentes y las limitaciones en el suministro de combustible afectan la atención médica, la conservación de medicamentos, la operatividad de laboratorios y el funcionamiento de equipos especializados. Un hospital o un centro de diálisis sin electricidad no es simplemente una falla de servicios públicos; puede convertirse en una amenaza directa para la vida de miles de ciudadanos. Durante los años más críticos de la crisis venezolana, miles de personas sufrieron las consecuencias directas e indirectas del colapso de los servicios básicos. Esa realidad no debe repetirse. Seguridad alimentaria: el desafío silencioso La seguridad alimentaria enfrenta amenazas igualmente importantes. Cuando falta combusti
Fuente: La Patilla — Ver nota original