Lapatilla junio 05 2026, 8:30 amPosteado en: OpiniónCompártelo: Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn No podemos desconocer la realidad sobre un tema que cada día se presenta con mayor intensidad, tanto en las redes sociales como en conversaciones laborales, familiares y de amistades. En artículo reciente afirmé que, en encuestas empíricas por las RRSS, poco más del 85% de la población se pronuncia a favor de la integración de Venezuela como Estado de la Unión Americana. A la fecha ese porcentaje se está acercando hasta un 90%. Lo más significativo es que esa manifestación pública de adhesión como Estado 51 de la Unión Americana no es algo ‘trucado’ ni tampoco promovido desde alguna oficina de trampas de organizaciones político-partidistas. Es la manifestación espontánea de una ‘mayoría’ de la población, venezolanos que aun vivimos dentro del territorio y que observamos, con profunda tristeza e indignación, cómo se termina de derrumbar el Estado venezolano, sus instituciones y el futuro de nuestras familias sin que nadie, absolutamente nadie haga nada práctico para detener semejante hecatombe. Venezuela atraviesa un plan de TRES FASES, déjanos tu correo y te actualizaremos al momento Lo curioso de esta tragedia es que ya ha tenido su antecedente histórico. Lo encontramos en el siglo XIX con las guerras civiles y de secesión que generaron muerte, destrucción y exilio de miles de venezolanos y llevaron a la anexión de Venezuela como parte de la Gran Colombia: Venezuela pasó de ser un país independiente y soberano a transformarse en un ‘Departamento’, con un gobierno centralizado en Santa Fe de Bogotá, de 1819 a 1831. El resto de las décadas del siglo XIX transcurrieron entre grandes guerras, revoluciones, montoneras y alzamientos militares. Todo ello representó la devastación social y económica, y con la desaparición de las tres cuartas partes de su población: muerte, éxodo y desolación, y con la pérdida de gran parte de su territorio entre ello, la Guayana Esequiba. La entrada al siglo XX no fue tampoco color de rosa: la Revolución Liberal Restauradora, en 1899, con los andinos al poder (Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez) significó al menos la estabilización económico-financiera del país, pero a costa de la muerte de miles de opositores que fueron reducidos, bajo tortura cruel, en las mazmorras de La Rotunda, el castillo de Puerto Cabello y el fortín de San Carlos. A la muerte del Benemérito el país y su sociedad se acostumbraron a la vida silenciosa y con el miedo colectivo se enfiló a la libertad que le ofrecieron los nuevos administradores, que se malacostumbraron a las ganancias de una economía petrolera que hundió progresivamente al país en la renta petrolera y un estilo de vida dependiente y despilfarrador del erario público. Décadas han pasado con una cultura de economía monoproductora (bananera), rentista y dependiente y con unos gobernantes que heredaron del caudillismo militarista el personalismo, la arrogancia y el desprecio al ciudadano. La ‘tarea’ cultural para entendernos como sociedad y asimilar y superar los traumas pasados todavía salpican nuestro presente y nos impiden comprender la tremenda realidad donde ahora nos encontramos: al borde de desaparecer como Estado, como país y como república. La única acción real, verdadera y certera, en los últimos 27 años, para salvarnos de esta anarquía social es la operación que realizó el ejército norteamericano bajo las órdenes del presidente, Trump. A partir de ahí las actuaciones de los políticos, tanto oficialistas como opositores, han sido bajo las directrices del gobierno estadounidense: estabilización, recuper
Fuente: La Patilla — Ver nota original