Opinión | El fanático

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El fanático anda por todos lados, nos merodea y vive sus obsesiones creyendo que son las de todos. Se parece al dogmático —analizado el domingo pasado— pero es más radical. Cada uno de nosotros estamos convencidos que no somos fanáticos. Es probable que la mayoría no lo seamos, pero algunos pocos sí lo son y nunca serán conscientes de eso. El problema verdadero es el fanático con poder en sus manos. Ese es el balín mortal.

La clave para no ser fanático está en creer en lo correcto, ser solidario con esa causa, pero analizar si la misma siempre alcanza la razón absoluta. En general, nada es perfecto y se debe meditar el conglomerado de ideas que se avalan para advertir cuales estarán erradas, por eso, justamente, nos equivocamos viviendo porque no siempre tenemos razón. El fanático eso no lo comprende y sigue con su narrativa sin capturar los matices. Los lee desde su óptica, no termina por aceptar que su visión es limitada. Los fanáticos —al igual que los dogmático— pueden pisotear los derechos humanos en aras de sus utopías. Bicho peligrosísimo el fanático.

En el fondo son infantiles porque los infantes suelen ser intolerantes. ¿Quién conoce algún niño que no tenga berrinches? Es cierto, en todas las épocas existieron intolerantes y fanáticos, y podría suceder que algunos de ellos —por su psicopatía— pudieran ser útiles a la sociedad por su empuje y obsesividad, pero esa no es la regla.

Apelo a los historiadores para ratificar esta visión: en general los fanáticos y los intolerantes terminan montando un nivel de intransigencia y obcecación que está reñido con los valores democráticos, y eso más bien produce una sociedad autoritaria, temerosa del poder y con ansiedad insoportable. ¿Eso es digno? ¿Esas son sociedades donde la gente anhela ir a vivir o por lo general de allí la gente huye desesperada a encontrar su vida en otros lados?

Recordando a Bertrand Russel —quien me inspiró para estas líneas— hay que reconocer que se requiere algo de entusiasmo para cualquier causa en la que se crea, pero actuando en la vía justa, con la convicción en “aquellas cosas que vemos totalmente ciertas y si existe una sola posibilidad de duda o de perjuicio, vale más abstenerse porque se podría cometer una mala acción”.

Justamente, esta manera de ver el tema es la que sostiene el argumento de la “duda razonable” en derecho, para eximir de responsabilidad a quien no se le puede probar una imputación.

Lo propio sucede con algunos regímenes que no son cabalmente democráticos (ni chicha, ni limonada) y sin embargo no se les puede reprochar en el plano formal. Acepto el límite con desgano. Lo entiendo. Giovanni Sartori ubicó el umbral en el voto. Por lo menos el voto del ciudadano. ¡Por lo menos!

Lo paradójico es que en el mundo actual a muchos regímenes de fanáticos e intransigentes frontales (gobernantes criminales y autócratas) se les permite olímpicamente hacer lo que les plazca.

Allí no hay dudas al decir de Rusell.

Estamos ante un tiempo de intransigencia que debería preocupar porque más temprano que tarde, en muchos de esos regímenes los muertos empezarán a “gritar” desde sus tumbas y un día nos levantaremos, una mañana, y veremos los cráneos como los de la era Pol Pot ante nuestros propios ojos.

Y no estoy atemorizando a nadie, simplemente en un mundo como el de hoy, informado, con datos precisos, con centros de investigación, ONG sólidas y periodismo activo, sabemos lo que hacen demasiados regímenes de gobierno que son autocracias totales y gobiernos de titanes de la violencia. En los hechos se sabe casi todo de los que actúan fuera de las reglas democráticas. Entre las redes sociales y los teléfonos móviles se acabó el oscurantismo. Hoy, es otro mundo y los asesinos del presente deberían saber que las cortes penales del mundo no son broma y que a más de uno lo estarán correteando. Todo llega. Créanme que todo llega.

LINK ORIGINAL: El País

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