Eduardo Sacheri: “Vivimos intentando entender cómo funciona el mundo”

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Al otro lado del Zoom y del charco, el escritor argentino Eduardo Sacheri , con fondo de biblioteca doméstica, se apronta para charlar con El País. La idea es hablar de El funcionamiento general del mundo que no es un tratado, un manual o un libro de autoayuda, sino su última novela.

Es, simplificada al máximo, la historia de unos liceales un colegio bonaerense en el 1983 argentino. Eso quiere decir que transcurre en el luminoso año del fin de la dictadura y, principalmente, del retorno a la democracia.

Como antes hiz o con la crisis de 2001 (La noche de la usina, o sea La odisea de los giles por su versión en cine) o con el peronismo de la década de 1950 (en su anterior novela, Lo mucho que te amé), acá Sacheri toma un momento histórico para contar otra cosa. Vuelven a estar presentes el fútbol y un ojo para reconstruir una época que es parte del paquete.

Sobre esa novela, escribir en pandemia, de lo importante que es el juego como una forma de orden social y de cómo se siente en la mesa de Mirtha Legrand, El País habló, vía Zoom y atravesando un charco, con Sacheri.

—¿Cómo le fue con la escritura durante la pandemia?

—La verdad que laburé. A mi no me pasó como a otros colegas que han dicho que no pudieron escribir porque la misma incertidumbre los silenció. Debe ser porque para mí, y más en los últimos años, escribir se volvió una manera de evadirme de la realidad.

—El otro día lo vi en la mesa de Mirtha Legrand. ¿Cómo se lleva con esa exposición de integrar ese circuito cercano a la farándula?

—No lo disfruto particularmente pero al mismo tiempo de escritor de ficción, sigo siendo un profesor de historia. Y si hay una profesión que te prepara para conversar, para comunicarte, para, en definitiva, exhibirte, es la docencia. En ese sentido, no lo resiento. Lo que trato de evitar es quedar en una posición pedagógica en los medios. No me interesa ir a militar causas, sino que me limito a lo mío. El gran riesgo es cuando te piden pronunciamientos generales y no es que no los tenga, sino que no me parecen importantes, más allá de para charlarlos en un asado con amigos. Ahí es donde a lo mejor me hace un poco de ruido: mi opinión no merece una difusión superior a la de cualquier ciudadano.

—Exponer esas cosas en tiempos de redes sociales tiene sus riesgos, además. Hace poco le pasó cuando le preguntaron sobre el lenguaje inclusivo.

—Te ves envuelto en un debate muy instantáneo y bastante superficial. Es un dilema porque no lo disfruto, porque no soy un polemista, pero hay situaciones de las que no podés escabullirte. Lo que hago es no alimentar los debates en la red. A veces uno dice cosas que generan unas réplicas inmediatas, furiosas y abundantes, pero si me quedo callado, pasan. La única ventaja que le veo a estos debates virtuales es que en su propia lógica frenética cuando guardás silencio tienden a pasarte de largo. Agachás la cabeza y pasa la ola y sacás la cabeza y pasó.

—Pero también está la cultura de las cancelaciones, o sea que la ola no pasa.

—Es un riesgo grande y muy desagradable porque no hay un modo de construir un pensamiento interesante a partir de la cautela. Para pensar se necesita libertad y ni la autocensura ni la censura ayudan. En todo caso, uno va pensando y a veces avanza, retrocede, toma un atajo, bifurca el sendero y hasta para desdecirte necesitás libertad. Y está esa lógica tan solemne de las cancelaciones que parece solazarse en cristalizar: se apresuran a esculpir tus palabras en mármol hasta para denostarte. Tal nivel de rigidez no le hace bien a nadie.

—El funcionamiento general del mundo tiene título de tratado o de manual. ¿Por qué?

—Es un juego. Era buscar un título voluntariamente ampuloso en la intuición de que tal cosa es inaprensible, pero al mismo tiempo es igual de deseada. Vivimos intentando entender cómo funciona el mundo. Y los juegos, y en este caso el fútbol, son como un artefacto que los seres humanos inventamos detrás de ese objetivo. Hace años que pienso en la noción del juego como mediación o como vehículo de aprehensión del mundo. Los juegos son un intento de simplificar, clarificar las reglas humanas del mundo para intentar asirlo. Mientras jugamos, la gran catarsis que nos ofrecen los juegos es que creemos que lo estamos logrando. La vida es algo extremadamente complejo y turbio pero los juegos no lo son. Cuando jugás el resto del mundo desaparece y en ese universo diminuto las cosas son claras. Es una sensación tan fugaz como lo que dura el juego, pero siempre se puede volver a jugar y volver al principio. El juego no carga con las consecuencias que carga la vida.

—Pero el funcionamiento del mundo, pienso en la novela, excede a eso. Es algo que incluso escapa a los personajes.

—Hay una distancia entre cómo funciona y una lejana intuición de que debería funcionar distinto. Hay una clave que nos está faltando. El juego es el engaño más cercano para pensar que esa clave sí existe.

—Más allá de que es su adolescencia, ¿por qué decidió ambientar la novela en el retorno a la democracia?

—Los argentinos tenemos de 1983, una construcción mental edulcorada, benevolente de la restauración de la democracia. Como si nos hubiéramos despertado el 1º de enero de 1983 dispuestos a recuperar la democracia y entonces nos movilizamos y nos afiliamos a los partidos políticos, hubo elecciones, las ganó Alfonsín y asumió en diciembre. Todo eso es verdad pero fue mucho más trabajoso y traumático. Argentina no se transformó de un día para otro en una sociedad democrática. A mí, el recuerdo feliz no me parece mal porque para una sociedad que ha logrado no demasiadas cosas en estos 40 años, lograr eso, es para que nos colguemos esa medalla. Pero la sociedad argentina guardó durante mucho tiempo actitudes autoritarias. La cabeza no se adapta tan fácil. Y mi recuerdo adolescente es mucho más complejo que esa cosa luminosa. Bajarlo a la escala de un gran colegio secundario de la provincia de Buenos Aires como aquel al que yo asistí, estaba bueno en ese sentido: hablar de un grupo de adultos y adolescentes conviviendo en ese espacio en ese año tan particular.

—¿El autoritarismo no se termina en fechas?

—Llevó mucho más tiempo y faltarán muchas más miradas para enriquecer esa cosa que a veces es un poco simplificante. De hecho en la novela, la restauración democrática les pasa de costado. Es más, les molesta que el fin de semana de las elecciones, esté la escuela cerrada y no haya fútbol. A mis 15 era un pibe muy politizado pero no era algo que compartiera con mis compañeros. A estos pibes lo que le representa el 83 es que estas autoridades escolares en retirada les autorizan a jugar un torneo de fútbol. Hay una gran historia, pero las vidas cotidianas siguen como siempre.

—¿Argentina ha superado esa presencia del autoritarismo?

—Nuestro estilo de convivencia es extremadamente antagónico y faccioso, eso lo traemos desde antes de la dictadura y no nos ha abandonado. Pero al mismo tiempo quiero pensar que hemos avanzado en ciertas formas de convivencia bastante interesantes.

—¿Está como embarcado en algo así como crear una historia cotidiana de la historia argentina? Pienso en su anterior novela, Lo mucho que te amé, que transcurría durante el peronismo de los 50, o en La noche de la usina que pasa en la crisis de 2001.

—No sé si hay una intención que tenga que ver con lo social, sino más con mi propia vida. Tal vez es un poco de las dos cosas en el sentido de revisar mi propia vida y echar una luz periférica, porque no es más que literatura sin otras pretensiones, como para volver a pensar en momentos recientes de Argentina. Mi próxima novela va por ese lado.

LINK ORIGINAL: El País

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