Rodó y el respeto propio

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Entornointeligente.com / Este año, el Día del Patrimonio estará dedicado en Uruguay a José Enrique Rodó. La historia, como la vida misma, se compone de memoria y olvido, pero escribir la vida, como bien afirma Paul Ricoeur, es “otra historia”. Rodó dedicó toda su existencia -que fue más bien corta, ya que murió a los 45 años en Palermo, Italia- a escribir esa vida, o sea a indagar en los misterios del espíritu humano, en todas sus manifestaciones, emociones y sentimientos. Pero fue mucho más allá del ámbito estrictamente individual, y sentó las bases de una verdadera filosofía vital en la que tienen un lugar especial tanto la verdad, el espíritu y la idea de justicia social.

Decir que Rodó es un olvidado no es ninguna novedad. No puede extrañarle a nadie, y no le habría extrañado a él mismo. En buena medida fue un incomprendido, ya que no es fácil desentrañar sus ideas, metáforas y términos lingüísticos. Durante varios años en mis clases de Historia de las Ideas en América, al abordar el libro Ariel y realizar la obligada pregunta de rigor: “¿Cuántos de ustedes lo han leído?”, recibí por respuesta un silencio casi absoluto. Casi nadie ha leído a Rodó. Hemos naturalizado así en el imaginario colectivo, la figura de un hombre de mirada bondadosa y de poblados bigotes, y nos parece que ese hombre es importante y trascendente para nuestra historia, ya que al fin y al cabo tiene no solamente una calle, sino además todo un parque; pero no sabemos muy bien en qué radica su importancia, y tampoco nos importa demasiado averiguarlo. En este sentido ha dicho Carlos Real de Azúa que la obra de Rodó es algo así como el Palacio Legislativo: “Solemne, mayestática, suntuosa, casi siempre fría. Todo el mundo sabe que está allí, pero la inmensa mayoría solo la conoce por fuera”. El acierto de estas palabras no nos exime de responsabilidad por el desdén y el olvido respecto al autor de obras que han tenido y tienen resonancia mundial.

La publicación de Ariel , en 1900, conmovió fuertemente las concepciones de su tiempo. En sus páginas realiza Rodó una invocación a la América latina -o sea a la latinidad, heredada por nosotros de los países de lenguas romances como España, Italia, Francia y Portugal- y una advertencia contra la América sajona, simbolizada en Estados Unidos y representada (aunque el autor no lo diga de manera explícita) en Calibán, la contracara de Ariel, dos personajes tomados de la obra La Tempestad de William Shakespeare, escrita en 1611 en el Viejo Mundo por un inglés que jamás había pisado el mundo nuevo, pero cuya imaginación y sensibilidad eran lo bastante agudas como para poner el dedo en la llaga de las miserias coloniales, la discriminación, los abusos de poder de los tiranos y demás violencias de las que su tiempo estaba plagado. ¿Cuál es el escenario en que se desarrolla La Tempestad ? Una pequeña y remota isla del Caribe. En ella están Ariel, genio alado del aire, símbolo de la inteligencia y el espíritu, y Calibán, un monstruo deforme que es, por otra parte, el verdadero dueño de la isla, pero que debe servir como esclavo a Próspero, un duque italiano que ha recalado allí por puro azar del destino, huyendo de sus enemigos. Todos los ingredientes del drama shakespeariano están ahí colocados. Solo que en este caso, se trata de un drama colonial, en el cual los conquistadores (Próspero y su hija) deberían ser los lindos, buenos e inteligentes, y los conquistados (Calibán y su madre, la bruja Sycorax) serían malos, feos, sucios y estúpidos. Pero las cosas jamás son tan simples o banales con Shakespeare, y por eso la obra tuvo impredecibles resonancias en suelo americano, al punto de que llegó a inspirar uno de los principales libros de José Enrique Rodó, quien tomó a Ariel y lo colocó en un pedestal estrictamente americano, como genio de las más elevadas aspiraciones del alma, guía de la juventud y numen del pensamiento original y propio, que nada toma prestado, que aborrece la imitación servil, que sigue altos ideales y que todo lo somete al tamiz de la autenticidad. En esta obra, Rodó dedica un capítulo entero a la democracia, y otro a Estados Unidos, país al que ve como el símbolo del utilitarismo, incapaz de concebir algo que esté por encima de objetivos meramente materialistas (¿se tratará de Calibán, en la visión rodoniana?). Tanto y con tanta elegancia y refinamiento fustigó a Estados Unidos, que logró formular una advertencia mayor: mostró el peligro de la imitación ciega al coloso del Norte -tendencia a la que llamó “nordomanía”- y cuáles podían llegar a ser las nefastas consecuencias de semejante inclinación a la que consideraba “servil e innoble”.

La obra fue recibida con enorme entusiasmo. En los primeros años del siglo XX se multiplicaron de tal manera las reediciones que su propio autor perdió la cuenta; y mereció elogiosos comentarios de escritores y filósofos como Miguel de Unamuno, Juan Valera, Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, Francisco García Calderón y muchos otros. Tal como señala Real de Azúa, ni una sola de las mayores autoridades de las letras iberoamericanas dejó de colocarlo entre los más grandes, es decir, entre escritores de la talla de Sor Juana Inés de la Cruz, Garcilaso de la Vega, Andrés Bello, Domingo F. Sarmiento, José Martí y Rubén Darío.

Persecución de la verdad y americanismo; esos son los grandes pilares del Ariel de Rodó. Unión americana, pensamiento genuinamente americano, solidaridad americana (lo cual no significa norteamericana sino en todo caso latinoamericana en su más honda acepción), en la pluma de un uruguayo que se mostró hondamente preocupado por los destinos humanos, políticos y sociales de nuestro continente. Su mensaje, sin embargo, ha sido tergiversado o incomprendido en buena medida, debido en parte a algunos términos que el propio Rodó utiliza, como su reiterada invocación a “los mejores” o a las superioridades en el marco de una democracia. Esa referencia a los mejores ha sido entendida como elitista o clasista, cuando en verdad alude al estricto ámbito moral, o sea a los talentos y a las virtudes (y jamás al dinero, la clase social o la pertenencia a una oligarquía, como algunos creen o desearían creer) en el marco de los conceptos emanados del artículo 8 de nuestra Constitución: “Todas las personas son iguales ante la ley no reconociéndose otra distinción entre ellas sino la de los talentos o las virtudes”.

Hay algo más en Rodó: una ética que no admite claudicaciones, aquiescencias o imitaciones de ninguna índole. Una ética que postula libertad, dignidad y responsabilidad, sin caer en los lugares comunes de lo “políticamente correcto”. El ser humano no puede permanecer atado a rígidos patrones -léase estereotipos-  sobre sí mismo y su entorno, así como tampoco puede permanecer ajeno a los riesgos del imperialismo (en este caso de Estados Unidos). Ariel es también un mensaje dirigido a la juventud, en el doble sentido del individuo y del continente. La juventud es un estado de la vida vinculado a la fe, a la esperanza y al porvenir, donde todo está por hacerse. Rodó entendía necesario dotar a esa juventud (tanto a la de los sujetos como a la americana, en lo político, social, económico y cultural) de espiritualidad, o sea de un deseo de elevarse por encima de la puntual materialidad, que es necesaria pero que no puede constituir la meta última de ningún ser humano. Hace falta asomarse a Rodó, sin determinismos y sin prejuicios. Hace falta saber un poco más sobre el escritor uruguayo que nos advirtió en 1900, que en la ciega admiración a Estados Unidos, “en ese esfuerzo vano, hay además no sé qué cosa de innoble. Género de esnobismo político […], género de abdicación servil”; porque “el cuidado de la independencia interior -la de la personalidad, la del criterio- es una principalísima forma del respeto propio”.

 

 

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