Un minuto de noventa años

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A los noventa años que cumple este jueves, el padre Diego Jaramillo, mandacallar de la Fundación Minuto de Dios, notifica que su retiro se dará «cuando llegue la vejez…». Por lo pronto, descansa haciendo lo que tiene que hacer y tratando de pasarla divertido y contento.

La ciática le anima la jornada. «La vida es fácil», me dijo en vísperas del cumpleaños que los eudistas le celebraron sembrando noventa árboles en el Agroparque Sabio Mutis, entre La Mesa y Tena, Cundinamarca.

El padre Diego tiene más vida que una mujer fatal. Frente al pelotón de fusilamiento de su vejez, lo mantiene activo una dieta teológica a base de camándula y servicio a los de abajo.

¡Milagro! Es el único colombiano que se ha pasado media vida metiendo la mano en el bolsillo ajeno sin que lo metan a la cárcel. Ese bolsillo es el de los ricos para que aflojen la lana.

El otro milagro lo hace todas las noches y tiene que ver con su programa de televisión, que dirige desde 1992, cuando murió su gurú, el padre García Herreros, creador de la organización.

El milagro consiste en que, cuando el padre aparece en el televisor, nadie cambia de canal. Como el Minuto dura 52 segundos, si le salió bien, la gente queda con ganas de más; si no, el tedio fue fugaz como una jaculatoria. Una lección de brevedad que los escribas deberíamos aprender.

La peor noticia la dio en 1992, cuando García Herreros, Siervo de Dios, se volvió eternidad mientras transcurría un banquete del millón. «Minutico». Jaramillo dio la chiva y siguió adelante. Como en los circos, el espectáculo de la solidaridad tenía que continuar.

«Toda nuestra vida la podríamos condensar en un minuto: El Minuto de Dios», confiesa (debería confesarme con él porque es de los que perdonan mientras uno olvida…).

Su extensa hoja de vida provoca el inútil pecado de la envidia, lapsus definido por el padre Astete en un escueto trino teológico como «pesar del bien ajeno».

Así sea contar plata delante de los pobres, recordaré que de sus noventa años el padre Diego nos dedicó a un paisano suyo, Iván Darío Gil, y a mí quince horas de su vida.

Iván y yo lo acompañamos a deshacer pasos a Santa Rosa, donde estudió para cura; Yarumal, donde nació; y Angostura, donde conoció el gigantesco mosaico que hizo Gil del padre Marianito Eusse, quien nos miraba goloso mientras despachábamos un suculento tamal maridado con vinillo de consagrar…

Tan pronto lo descubrían, la gente corría a pedirle la bendición, una medallita, una selfi. Autorretratarse con el padre es como sacarse un autorretrato con el Espíritu Santo, en el que es especialista (yo nunca he podido con la Santísima Trinidad…).

Resume así su parábola vital: «Ojalá pudiese morir de amar y servir». «Y el día esté lejano», claro. Japiberdi 

LINK ORIGINAL: El Colombiano

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