Riestra en la multitud

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Nombres:

Desde Barthes para acá se dice que el nombre propio es la forma lingüística de la reminiscencia. Citación y desdoblamiento, igual que un recuerdo. Exageraba tal vez Barthes al asegurar que todo En busca del tiempo perdido salió del mapa de los nombres compuesto previamente por Proust y jugaba sus cartas estructuralistas al exaltar la libertad (y el deber) del escritor de crear nombres exactos e inéditos que tiendan a la afinidad entre significante y significado. Pero esa idea me viene a la mente cuando del narrador de El Taco de ébano se trata. Sobre la clara, sensitiva luz que hay, por ejemplo, en el apellido “Landa” comparecen la tierra y la flor, el perfume extraño que sobrevive en el cuartucho de una pensión en el que, ya muerto el personaje, se requisa un billete de mil pesos de un florero con una rosa artificial

“Todo era negro y, sin embargo, espléndido, como el ébano…” -El hombre de la multitud. E. A Poe.

Éxtimas:

Quizá uno pudiera aspirar a ser un “hombre de la multitud” como el cuento de Poe, o bien –y acá está el sentido verdadero– pretendiera borrarse de los pequeños contextos. Andar sin afincamiento, ni grey, con una dosis de pudor que lo ponga a salvo del discurso ensayístico y crítico. Y así, mirarse en el espejo del tiempo para soltar unas escenas íntimas o como se dice ahora: éxtimas.

La primera data del año 1995, cuando supe muy rápido que no era merecedor del ejercicio de la abogacía. Por decirlo en términos borgeanos. De todas formas, tenía un sobretodo, prenda cuya utilidad bien puede ponerse bajo sospecha a juzgar por las evoluciones del clima en esta ciudad. El único beneficio del sobretodo son los bolsillos. Amplios, profundos, para portar libros. Durante muchos meses de ese año La historia del Caballo de Oros de Jorge Riestra encontró un lugar hospitalario en la entretela de mi sobretodo de abogado joven. Y, entre un embargo o en la espera de un oficio, sacaba ese libro y leía.

¿Leía? Oía, mejor dicho. Un coro de voces que puntuaban, alrededor de la mesa de un Café, el barullo agonista de un nosotros tan idéntico y real que no podía confundir al lector desesperado por regresar al arte esencial de la palabra, a los malabares de un teatro egregio gobernado por la pulsión de lo que se quiere retener, por la memoria y el olvido.

Muchos años después, ayer no más, cuando me regalaron la edición de Homo Sapiens de El taco de ébano , ese mismo impulso transformado apenas por los artilugios de la experiencia, es decir, menos inocente, desplazó la lectura del libro que había ido a comprar y me llevó de nuevo a las voces que no están en ninguna parte.

Sentado a la mesa de un Café con el libro de Riestra, me tuvieron que recordar dos veces que ya cerraban.

Nombres:

Desde Barthes para acá se dice que el nombre propio es la forma lingüística de la reminiscencia. Citación y desdoblamiento, igual que un recuerdo. Exageraba tal vez Barthes al asegurar que todo En busca del tiempo perdido salió del mapa de los nombres compuesto previamente por Proust y jugaba sus cartas estructuralistas al exaltar la libertad (y el deber) del escritor de crear nombres exactos e inéditos que tiendan a la afinidad entre significante y significado. Pero esa idea me viene a la mente cuando del narrador de El Taco de ébano se trata. Sobre la clara, sensitiva luz que hay, por ejemplo, en el apellido “Landa” comparecen la tierra y la flor, el perfume extraño que sobrevive en el cuartucho de una pensión en el que, ya muerto el personaje, se requisa un billete de mil pesos de un florero con una rosa artificial.

Y llama más la atención el uso del patronímico en vez del nombre de pila de los personajes. Como si la distancia fuera una forma que ahondara la gravedad del recuerdo, como si el narrador no pudiera o no quisiera (restricción voluntaria) mentar de otra manera esas historias que pertenecen al elenco de los “grandes” del Café y tienen al taco como emblema místico, centro de transferencia de un poder de disolución que invita al testimonio.

Linares y Sergi:

En los dibujos del artista Ezequiel Linares, amigo de Riestra, que figuran en esta edición (y que no fueron hechos para el libro) se hace presente esa afinidad selectiva entre imágenes y texto. Ya desde la ilustración de tapa, los jugadores miran el paño como a un territorio de exclusión y soledad. El que se encuentra agachado, midiendo el golpe con un cigarrillo entre los labios, parece revestirse de niebla; convoca a la máscara mortuoria. Las luces de las lámparas que cuelgan del techo no lo resaltan porque ya no es nada, nadie, su tiempo es la eterna expectativa de una elipsis que nosotros no podemos ver.

Pensé esa imagen junto a otras que recordé de la obra de Sergio Sergi. Las comunica cierta misma estética del desencanto, seres que sobresalen en el claroscuro descarnado de la realidad. Y ese pensamiento me fue restituido con alguna razón después, al conocer que una edición posterior del libro lleva una obra del artista europeo que enseñó en Santa Fe y en Mendoza y fue amigo de Cortázar.

Vista de causa:

Se ha dicho mucho y mejor acerca de las relaciones que inciden en Riestra, entre ellas, la de escritores como Faulkner, Thomas Wolfe y Hemingway, sobre ese realismo de cuño regional que influye en su obra. Si vale la pena agregar un dato, una intuición que deja la lectura, es la dimensión de la palabra destino: la obcecada presencia del “taco” es huella y marca indestructible de un derrumbe; y en esa perspectiva, señala la vida subterránea del espíritu social, demasiado apurado como para conservar –y aún menos fomentar– un tipo de sensibilidad que solo a algunos interesados, ávidos de un pasado heroico (los muchachos que llaman a los “grandes” por el apellido) les interesa preservar.

Epílogo personal:

Los libros nos eligen, nos pispean, estudian el currículum de nuestras obsesiones. Cuando recibí el taco de ébano de manos de alguien que lo ha querido como nadie, me asusté. No supe si iba a estar a la altura, ni siquiera podía pensar en leerlo con la mano izquierda, como aflojando el asunto.

El taco me llevó a los años del aprendizaje emocional, a los días oscuros del sobretodo, y a la claridad que venía de la voz de un tal Erven Lucas, compañero de mis penas. Supe que me iba a obligar a decir de mis lecturas –y de mi vida– cosas que se pierden entre la multitud y que, seguramente, no tienen otro valor que el de creer en el cuento.

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