El hecho consumado

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Uruguay se anticipó, hizo su jugada y se puso al frente. Decidió no esperar hasta ver qué decidían los otros. Ahora, ante el hecho consumado, marcó la cancha de un modo bien preciso.

Con su ya conocido aplomo, en un tono sobrio y medido, el presidente Lacalle Pou confirmó el jueves lo que los ministros de Relaciones Exteriores y de Economía y Finanzas habían informado a los demás socios del Mercosur: Uruguay comenzará a buscar sus propios acuerdos comerciales con países que estén fuera del bloque.

El gobierno decidió no esperar más. Dice que no pretende salir del Mercosur pero que sí hará acuerdos con quien crea necesario y según sus intereses.

Con un Mercosur a media marcha (por decir lo menos) Uruguay hace rato se siente frenado. Los sucesivos presidentes, desde Jorge Batlle hasta ahora, se han quejando de la rigidez del Mercosur. A su vez, el flujo comercial entre los vecinos dejó de tener el volumen de los primeros tiempos y las crisis brasileña de 1999 y argentina de 2001, que tan duro impactaron a Uruguay, demostraron que en muchos terrenos el Mercosur no siempre es fiable.

El país quedó atrapado en una situación incómoda. Se siente cada vez más arrinconado pese a que la pertenencia al Mercosur le daría algunas ventajas. Con un mercado interno reducido, la única manera de potenciar su producción, conseguir divisas y mejorar la calidad de vida de su gente, es asegurarse la mayor cantidad de mercados posibles.

Esto no solo le concierne al gobierno de turno sino a todo el país. El nivel de vida de cada uruguayo está sujeto a ese mayor comercio. Por eso ha sido una preocupación de los últimos presidentes, aunque no necesariamente de sus partidos. Ni el Frente Amplio ni el Mercosur apoyaron a Tabaré Vázquez cuando este quiso avanzar en un tratado de libre comercio con Estados Unidos.

Lo que sí era evidente es que el país no podía reclamar y luego quedar a la indefinida espera de la iniciativa de otros.

Desde el primer momento Lacalle Pou tuvo claro que era prioritario abrirse al mundo y que la mejor manera de hacerlo era mediante tratados amplios para lo cual había que sortear los escollos que imponía el Mercosur. Al dirigirse a los otros presidentes del bloque el jueves pasado, Lacalle no titubeó: “El mundo avanza hacia allá, está claro, y el mundo no nos va a esperar. Por eso, amigos presidentes, con tranquilidad y con un concepto mercosuriano, les queremos decir como ya fue informado ayer, que hacia allá va el Uruguay y ojalá que vayamos todos juntos”.

La apuesta es fuerte. Y es riesgosa.

Uruguay resolvió dejar de lado el rol de quien aguarda a que los demás resuelvan. Se dio cuenta que eso nunca pasaría y que no podía seguir esperando indefinidamente. Tomó la iniciativa y ahora son los otros los que están desafiados.

Puede quedar solo. Brasil enfrenta elecciones en poco tiempo y un cambio de gobierno implicaría también un cambio de rumbo.

Se debe entonces prever que de esta decisión surjan varias derivaciones y que para cada una deberá ya estar prevista una salida alternativa, sólida y eficaz.

El presidente argentino Alberto Fernández, no dejó margen para la duda en su discurso del jueves. Sin mencionar el de Lacalle, dijo: “es a través de más integración regional y no de menos integración regional, que estaremos en mejores condiciones de producir, comerciar, negociar y competir”. Sus palabras no describen la realidad. Hoy la integración, tal como se concibe en esta parte del mundo, no ayuda a ninguna de esas cosas.

“Nadie se salva solo” enfatizó el presidente argentino. La pregunta es si alguien se puede salvar mal acompañado. Fernández insistió en la importancia de la regla del consenso que visualizó como un pilar fundacional del Mercosur.

Ese pilar fundacional es el que quiere sacudir Uruguay para poder hacer sus acuerdos por fuera del bloque pero sin salir de él.

Hay quienes afirman que la tesitura uruguaya va contra la lógica de lo que es un bloque de integración. El problema es que este está muy marcado por la tradición proteccionista de sus dos socios mayores. Si bien hoy Brasil parece haber dejado ese camino, la incertidumbre electoral hace pensar que puede volver a él en cualquier momento.

Si el Mercosur no fuera tan cerrado, Uruguay podría negociar sus acuerdos junto con sus socios y no por fuera. Pero eso no le interesa a Argentina. En su monótono discurrir del jueves pasado, Fernández se mantuvo apegado a su visión de una política exterior que enclaustra a su país contra el mundo.

Uruguay pasó de la defensiva a la ofensiva. Ahora le toca a los otros mover sus piezas sabiendo que Uruguay ya no pide permiso para negociar, simplemente lo hará.

Se podrá decir que la jugada es de altísimo riesgo (lo es) y a Uruguay le puede salir mal. Pero si tiene más de un plan B en la manga, debidamente pensado y estructurado, ello no debería pasar.

Tal como están las cosas. Uruguay no podía seguir haciendo la plancha. Necesitaba dar un mensaje y apostar sin temor a su vigoroso deseo de abrirse a los mercados del mundo.

LINK ORIGINAL: El País

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