Gonzalo Morales Magdalina//
Ubasute

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Entornointeligente.com / I

Dejó el diario sobre la mesa y lo acompañó un gesto de preocupación al salir. Tanto así que se olvidó de pagar el café. Después de caminar una cuadra se dio cuenta y volvió. El mozo lo esperaba con una sonrisa, no se preocupe –le dijo– usted ya tiene cuenta corriente. Era cierto, durante más de los años que podía acordarse, tomaba allí un cortado leyendo el diario. Todos los día menos el domingo, cuando su mujer le proponía, con cara de exigencia, que compartiera el desayuno con ella. Era la mañana que se dedicaban a hablar de los hijos, y ahora cada vez más de los nietos. Y algunos domingos cerca del verano, a planear las vacaciones.

Gonzalo Morales Divo

Dudaba en contarle a su mujer sobre la noticia, él ya estaba preocupado por los dos, no hacía falta agregarle preocupación a ella. Aunque tuvo que reconocer, y al hacerlo se le dibujó una media sonrisa irónica, que ya no aguantaba su postura melodramática ante algunos problemas de la vida. Él le decía: ya te salió la veta escénica y se reía, pero últimamente eso no lo hacía sonreír. No lo soportaba y lo ponía de mal humor. Mientras se acercaba a la puerta de su casa, se preguntaba si ese mal humor sería parte de los 45 años de convivencia.

Gonzalo Morales

Esta vez con su preocupación le bastaba, como para agregar la de ella. En el diario decía que en una ciudad de China se había desatado una epidemia a raíz de un virus que todavía no estaba identificado con claridad, pero que tenía un nivel de contagio desconocido y alarmante. En el final de la nota se deslizaba la posibilidad de que tal contagio pudiera provocar una pandemia.

Gonzalo Jorge Morales Divo

II

Cuando sintió la llave ajustándose a la cerradura, apagó la radio. Se fue casi corriendo a la cocina y abrió la heladera. Había decidido hacerse la distraída y mostrar solo preocupación por lo que cocinaría para el mediodía. No quería contarle sobre la noticia que había escuchado. Sabía de sus comentarios irónicos sobre lo que ella le contaba, sobre todo cuando le relataba las noticias. No te creas todo lo que dicen ahí –le repetía– no seas ingenua, te venden espejitos de colores. Y ella rebalsaba de una impotencia muda. Antes se reía de esos comentarios pero ahora la instalaban directo en el mal humor. Ya no se reía de nada de lo que él le decía, será por la cantidad de años que estamos juntos –pensaba–, ya no lo soporto, sin embargo cuando lo veo jugar con los chicos, o cuando noto como le cuesta salir del auto, me lleno de una ternura que es nueva. Ahí pienso en el tiempo que ha pasado. De todo lo que hemos vivido y de cómo era cuando lo conocí

III

El televisor está prendido y ellos sentados en el sillón, mirando y tomando un té. Escuchan sobre la pandemia. Aquello que solo parecía una epidemia en un país imposible de imaginar, hoy ya es una pandemia inimaginable, pero existente. Un ínfimo virus, un ser invisible está atacando al ser humano de forma inusitada. Y se ha descubierto que los más vulnerables son los viejos. La gente que ha superado los 65 se muere. Así de fácil, así de inexplicable. Grupo de riesgo le dicen. Y ellos con la mandíbula colgando y los ojos enormes, resuman sorpresa. No, no es posible, se dicen. Qué culpa tenemos los viejos, piensan, y no se lo dicen entre ellos. Adultos mayores, los llaman ahora

IV

–¿Te das cuenta de lo que está pasando?

–No lo puedo creer… Así que ahora encima de ser más viejos, de padecer más enfermedades, tenemos que sufrir el miedo de que ese bicho de mierda pueda matarnos

–Lo resumiste bien. Sí, así parece…

Ahora, decime, te parece bien que después que uno ha vivido, le ha entregado a este mundo trabajo, hijos, sufrimientos. Cuando se ha roto el alma viviendo, como premio, justo cuando llega el momento del descanso, de la tranquilidad, ahí nos quieren matar…

–Bueno, no exageres…No te quieren matar…

–Pará, pará… no me quieren matar sólo a mí, vos tenés más de 70 ya, eh… No te hagas el distraído

–No quise decir eso, hablé en general…

–No parecía… Da igual, justo ahora, que tenemos más tiempo para viajar, dedicarnos a lo que nos gusta, a lo que fuimos postergando por falta de tiempo… Ahora ¿tenemos que andar con miedo?

–En realidad nos quieren encerrados. Tal vez sea para no vernos, para no tener la prueba del paso del tiempo. Quizá no quieran tener espejos. 

Ahora estás exagerando vos…

–Si te ponés a pensar tiene su lógica. Europa, por ejemplo, es un continente de viejos. Y los viejos no producen, sólo gastan recursos. Se enferman más. Consumen menos. Al sistema no le conviene tenernos. Parece que el bicho se encargará de este problema. Somos demasiados en este mundo, tal vez este virus está buscando un equilibrio

–Pero ¿Qué me estás diciendo? Quiere decir que trabajaste toda la vida para que al llegar el tiempo de descansar te conviertan en desechable

–Algo así, sí. Una vez leí sobre una costumbre que había en Japón, no sé, hace mucho, en otro siglo. Creo que se llamaba Ubasute, o algo así. Era sencillo, en las aldeas pobres no alcanzaba la comida y la solución que encontraron fue subir a los viejos, al cumplir 70, a una montaña y dejarlos ahí, para que murieran solos, claro. Hasta ese momento nadie podía tener un hijo más. O sea, clarito, moría uno nacía otro. No daba para más

–Terrible me parece, es injusto. 

–Me hacés reír… ¿qué es justo en este mundo?

−No te hagas el superado…

–No me hago, es la verdad. No es justo que millones de pibes se mueran de hambre todos los días…

–Claro que no es justo, pero no por eso tenemos que morir nosotros. Dejame de joder con ese ubasute o como se llame. Por mí que mis hijos tengan millones de chicos, yo no estoy para dejar ningún lugar. Ni ahora ni nunca

V

Esa noche la cama pareció más grande que nunca

Acercate le dijo él, hace frío

Abrazame le dijo ella, tengo miedo

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