VENEZUELA: Viacrucis y una falsa noche, por Norma Socorro - EntornoInteligente

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[pullquote]Hay sucesos que dejan huellas, visibles e invisibles, tanto en la ciudad como en sus habitantes. Hay sitios que han protagonizado la historia que, para bien y para mal, compartimos los habitantes de la ciudad. Sitios para el encuentro pero también para el recuerdo, donde la expresión de la rabia, la impotencia, el dolor, conviven con las voces que refrescan la energía y la esperanza. De eso va este descriptivo texto de Norma Socorro, profesora de Postgrado en la UCV, en un paneo por dos plazas de Chacao. Héctor Torres [/pullquote]

[V]iernes, 5 y 30 de la tarde. La plaza de Los Palos Grandes es un bullicio de múltiples acordes, de diversidad de estímulos y propuestas. De éste lado, cuerpos  jóvenes dibujan en el aire un ensayo de danza; más allá, el empeño generoso de un vecino invita a saberse estrategas jugando al ajedrez; luego, será la música la que sume otras notas al alboroto de los niños, los ladridos de los perros celebrantes también de su libertad y, de fondo, la fuente que llueve cálida sobre algunas espaldas aventureras.

A lo largo y ancho de esta cuadrícula se aspira a ejercer la ciudadanía, y así, vecinos y visitantes se explayan en compartir la expresión libre y el encuentro con el otro. No obstante, en esta ya tardenoche, una súbita y violenta brisa arrastra a una garúa que  intenta acabar con la fiesta ciudadana, pero todos, humanos y perros, se aferran al jolgorio, no abandonan el sitio a pesar de las nubes absurdamente negras que amenazan con una noche prematura. Si uno mira al  frente de la plaza y a lo largo de la tercera avenida, se encuentra con las señales y los símbolos propios de una calle en cualquier ciudad: supermercado, restaurantes, farmacia, panaderías, cohabitando con edificios de apartamentos; lo esperable en cualquier urbe saturada de mensajes: esa acumulación de signos que han perdido su significado original en un amasijo visual; muchos son ahora objeto de la costumbre, se hacen invisibles. Sin embargo si alguna tarde, como la de este viernes, los pasos del transeúnte se distienden en su andar, y la mirada se eleva buscando el perfil ahora verdidorado del Ávila, o a la euforia en fuga de las guacamayas en la tarde rota de anochecer, será posible descubrir otros símbolos, otras señales para nada cotidianas, que nos hacen pensar que no, no estamos transitando una calle con referentes usuales o normales en éste u otro país. Así, si esa mirada en su ascenso se detiene en lo alto de algún poste del alumbrado público, y se  enfoca desbrozando el cúmulo de anuncios y publicidad, se encontrará con algo irregular: una cruz de madera con el nombre de una persona en letras negras. Si se sigue caminando a lo largo de esa avenida, y la curiosidad persiste, el observador se encontrará con sucesivas cruces, con dueño todas, colgadas en lo alto. Entonces se tendrá la certeza de  que uno está frente a algo que ha marcado una impronta en este barrio y en la ciudad: un vía crucis se extiende a lo largo de estas calles confundido con el tinglado de publicidad y avisos. En algunos de esos compendios de  información se puede leer: Anthony Rojas, 18 años. Elvis Durán,29 años. Panadería, Coca Cola, se solicita mascota, ésta es su foto, habrá recompensa.

Bassil Da Costa, 24 años. Roberto Annesse ,30 años. Farmacia de turno, las 24 horas.

Adriana Urquiola.28 años. Arturo Martínez, 59 años. Asamblea de vecinos ante la inseguridad. Venta de Aves.

Daniel Tinoco, 24 años. Argenis Hernández, 26 años. Suerte-Fortuna, Agencia de loterías.

Geraldine Moreno, 25 años. Miguel Parra, 42 años. Excelsior Gamma, calidad en servicio, Sateca, limpiamos para usted. Son los nombres de algunas de las personas muertas que dejaron las protestas cívicas de febrero de 2014 en todo el país, ahora nuestro febrero de ignominia. La mayoría jóvenes, nombres casi todos desconocidos para la opinión pública; solo algunos de ellos fueron, en su momento, casos emblemáticos de un autoritarismo impuesto, sin virtualidades posibles, a sangre y fuego. A éstos se les mencionó repetidamente en los medios de comunicación o en las redes sociales; los demás siempre fueron un dígito más en la cifra oficial de víctimas. Hoy, todos son una estadística. Uno mira las cruces y entiende del pasar del tiempo, los elementos han cumplido: desvaído el color de la madera, enmohecida, fracturada, tal vez ella misma la metáfora de estos tiempos descosidos. Uno mira de nuevo las cruces y escucha el silencio, la mudez de la denuncia, el grito que ellas representan. Un latigazo a los ojos. Como todos los símbolos, estas cruces tenían un sentido original. El símbolo judeo-cristiano nivelado ahora con los de la modernidad publicitaria, tuvo la intención de  denunciar la  represión a través del fuerte impacto visual para quién mirara esas cruces y sus nombres. Un viacrucis para que no hubiera olvido. En esas jornadas, tizas blancas en manos casi adolescentes crearon figuras yacentes -ausencia radiante- en el pavimento de las calles de Caracas, hablándonos de los caídos. Paredes y muros, portales y bancos de plaza fueron piel urbana para el tatuaje de consignas y pensamientos; con mucha y afortunada frecuencia, se trataba de una poética de la ira: también la furia puede incendiar de belleza a la palabra.

 

En otro espacio, la Plaza Altamira, las flores y arbustos tronchados por las batallas diarias formaron un campus propicio para que  jóvenes estudiantes bien pertrechados -cartones y pinturas contra fusiles- levantaran camposantos de lápidas con la imagen viva de compañeros ahora muertos; en ellas, ya entonces todos mostraban el perfil de los destinos breves. En esta misma plaza, pasado el ritmo solar de costumbre, aquel de las horas mansas y del compartir habituales, comenzó con la guerra el tiempo de la noche: ella dejó escuchar disparos y rezos, plegaria y grito. Tiempo para gritar y maldecir, para llorar y rezar. Y en esas jornadas  de la nocturnidad, al lado de los jóvenes, las voces de las mujeres, madres, novias, hermanas, fueron fundamentales. Ellas celebraron los ritos que desde antiguo oficiaron quienes proveen la vida; en ceremonias y cánticos las palabras paz y justicia estremecieron el aire entumecido de violencia; desgranando el rosario invocaron protección para los hijos vivos, paz eterna para los ausentes. Unas calles más allá, latas de spray de por medio, la rabia esbozó pinturas hiperrealistas representando la crucifixión imaginaria de algún estudiante, apuntado por las armas impacientes de los guardias, y, en fin, los días de febrero también germinaron en este viacrucis que se nos revela cualquier tarde en Los Palos Grandes. Todas esas manifestaciones de la protesta estudiantil tuvieron por consistentes municiones a símbolos y signos; a un año ya, ellos nos recuerdan de tarde en tarde la gesta trágica vivida. En el mes más oscuro de 2014 el arte de protesta y nuestros jóvenes marcaron los espacios de la ciudad, tatuaron el recuerdo. Pero ahora, en la plaza de Los Palos Grandes, la lluvia que casi acaba con los colores del crepúsculo y la convivencia pacífica, se aleja arrastrada por la misma brisa: como llegó se fue, dejando solo un mal recuerdo. Ante esta oscuridad temprana, tan antinatural, uno piensa que es solo una falsa noche. P. S: Por estos días de Diciembre retiraron las cruces, ya no existe el viacrucis.

Queda el testimonio.

 

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Originally posted 2015-04-13 10:40:55.

VENEZUELA: Viacrucis y una falsa noche, por Norma Socorro

Con Información de El Cambur

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