VENEZUELA: Realeza, por Yazmine Livinalli - EntornoInteligente

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[pullquote]” Realeza acude a un “neutral” tono paródico para contar dos realidades que conviven cotidianamente, apenas rozándose: la de Mercedes, mujer sencilla “que planta buena cara a su mal tiempo” y la de su contraparte: Reyna, la mujer para cuya casa trabaja. Dibujando un día de sus vidas comunes, el texto potencia el contraste de sus valores y modos de vivir la vida, con un final que cierra a la perfección la ironía encerrada en sus líneas. Yazmine Livinalli , su autora, es intérprete público.”

Héctor Torres [/pullquote]

[M]Mercedes posee esa hermosura en las piernas que esculpen las escaleras de los barrios, y los brazos torneados de cargar tobos de agua y pasar coleto en su casa y en las ajenas. Vive  con  sus  tres  hijos -de tres “metidas de pata” con tres ceros a la izquierda-, y su mamá, quien no sale del cuarto desde que le mataron al Junior hace siete años. Mercedes no se queja y le planta buena cara a su mal tiempo. Ese lunes llegó tarde al trabajo porque el varoncito le amaneció prendido en fiebre.

El Sr. Raymundo se levantó tarde, como todos los días. Tiró al suelo su bata  estampada con bacterias verdes, encendió el televisor del baño, y se echó su baño de cinco velocidades en la ducha importada. Una hora después, salió del vestier con su safari marrón y sus zapatos de patente del mismo color, su grueso cordón de oro con el medallón, su anillo de graduación -que desde hace un par de años solo le queda en el dedo meñique-,  y bajó las escaleras de porcelanato con su taconeo de siempre. Se sentó en la cabecera de la mesa de mármol de doce puestos y devoró un humeante desayuno de conejo frito, huevos semicrudos y jugo de naranjas traídas de la finca nueva, que Mercedes le había preparado apurada y con una trompa por el zafarrancho con que la había recibido la señora Reyna en la mañana. Se despidió de su mujer con la nalgadita habitual, saludó a Juancho -el chofer-, y se acomodó en el asiento trasero de su Cadillac negro con luces de doble cola, rumbo a la oficina. Reyna despachó a la niña. Había quedado en encontrarse con unas amigas para ir a un desayuno a beneficio de no-sé-qué, pero prefirió quedarse en casa a ver su programa favorito: “Aries: Algo como en la puerta de tu casa. Un hombre te piensa. Tu color: magenta. Tu número: 6”. “¡Qué bárbaro! Es como si me hablara”, se dijo, antes de quedarse dormida. Al despertar de su camaroncito mañanero, llamó a su mamá. La llama todos los días, y todos los días pelean porque ella insiste en vivir allí, en el Centro, ese lugar donde “siempre huele mal y la gente es como fea, ¿sabes?”.  Se puso su combinación de animal print marca “Dolche and Vevona” (o algo así), regalo de su Ray, tan bello, y salió en su camioneta, que es la que él maneja cuando quiere andar de bajo perfil. “Es que me choca prestársela, porque me la deja como un rancho”, se desahogaba más tarde con su peluquero mientras se tapaba la nariz para evitar oler el amoniaco que brotaba de su cabeza. Salió regia y fue a buscar a La Nené al colegio. Como andaba sin chofer, se estacionó un momentico en el puesto para minusválidos.

-Hola, mi princesa. ¿Y esa cara?

-La miss la tiene agarrada conmigo, mamá: me quitó puntos en la tarea solo porque tuve errores ortográficos.

-Que no joda mucho, porque voy y la amenazo en la LOPNA-, la consoló Reyna.

Al salir de las clases de modelaje infantil,  pasaron por la tienda a buscar la cartera bicolor de piel de vaca, que está súper de moda y que no tiene todo el mundo, y regresaron a la casa. Sacó el papel tualé caro de las bolsas que había traído Juancho (el barato es para Mercedes), y subió.

*** En la pared del despacho, detrás del escritorio, cuelga un retrato al óleo de El Benemérito. En el mueble que hace las veces de biblioteca reposan un ejemplar del Almanaque Mundial y una foto de él al timón de su lancha ´La Catira`.  Con ese hablar atropellado de los orientales, Raymundo pidió a Sara, su secretaria, que hiciera pasar a los convocados y le ordenó que no le pasara llamadas. Mientras esperaba el momento de hablar de porcentajes y tajadas, escribió un mensaje de texto: “Esta noche tenemos una cena. Te paso buscando como a las ocho y te agradezco que estés lista, mija”; luego escribió otro: “Hola, mami. Te tengo olvidada. Te paso buscando a las cinco y nos vamos para el nidito. Pónteme bella”.

***

“Mi hermano, la vaina está jodida. Hay que aprovechar ahorita.  El contacto está impaciente y quiere lo suyo cash “, advirtió Raymundo, golpeando la mesa con los nudillos. En el lado izquierdo de la mesa, la anfitriona se quejaba, batiendo sus melena bilingüe de alisado japonés y puntas californianas:

-Esta tarde vi en el centro comercial a una tipa con un bolso igualito al mío, pero se notaba a leguas que era una imitación súper niche, como las que usan las cachifas.

-Hablando de cachifas -dijo Reyna-, la mía me tiene hasta la coronilla. Si la caraja se va a traer su ropa y la va a lavar en MI lavadora, que por lo menos traiga su jabón, ¿verdad?

Cuando pasaron a comentar el último reencuentro de ex alumnas de la academia -todas habían estudiado en el mismo colegio, menos Reyna-, ésta se levantó de la mesa, simulando llamar a la Nené por el celular, porque ella no comenta detalles como que se graduó de bachiller en una escuela técnica pública en la que se quemaban cauchos todos los viernes y que antes de casarse vivía de Miracielos a Hospital.

A las cuatro de la mañana regresaron a la casa.

Ilustración: Génesis Quintero. *** Ese martes, Raymundo se levantó tarde, como todos los días. Entró al baño con su bata de seda estampada y se volvió a meter en la cama. Marcó el número de la oficina:

-A quien llame me le dices que estoy redactando, esta niña.

-Pero, doctor, recuerde que hoy es quincena y tiene que firmar los cheques del personal.

-Verga, Sara, estoy enratonao y me voy a quedar en la casa. No se van a morir de hambre si cobran mañana.

Reyna también se levantó tarde y no mandó a la niña al colegio.  Bajó solo un momento, con el rímel chorreado, a tomarse un Alka Seltzer.

Mercedes recogió el reguero que los señores siempre dejan en la sala cuando regresan de madrugada. Lleva diez años trabajando para ellos de lunes a sábado y se los sabe de memoria, así que no saldrán del cuarto sino a la noche. Entró a la cocina a darle vuelta al asado, prendió su radiecito y se sentó tranquila en un banquito a hojear una revista de esas que publican fotos y reportajes de la realeza, y pensó: “Estas sí que son reinas”.

Originally posted 2015-03-16 06:32:59.

VENEZUELA: Realeza, por Yazmine Livinalli

Con Información de El Cambur

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