VENEZUELA: La ventana mágica, por Ana Cristina Frías Cabrera - EntornoInteligente

El Cambur / Toda historia de amor se cuenta como si nunca antes hubiese ocurrido. El amor correspondido y el amor traicionado son los dos caminos que ponen a prueba las historias que se cuentan. Cada día supone renovar las promesas, sin garantía de ningún tipo. Ya esa condición hace que el amor sea, esencialmente, trágico. Basta un parpadeo para que el más gozoso momento anteceda al más oscuro. Esa historia, que se ha contado desde que existe el mundo, se vuelve a contar aquí bajo los nombres de Mimí y Alejo, con su dosis de felicidad y dolor. Su autora, Ana Crístina Frías Cabrera, está culminando sus estudios de Letras en la UCV. Héctor Torres

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Las escaleras que bajan hacia la quebrada están cubiertas de hojas secas. Desde ahí se ven cadenetas de papel amarradas a los postes de luz creando un falso cielo de colores. Bajo él, Mimí baila. Baila y canta para una multitud que la ovaciona y que solo ella ve.

Si me sentencias un día ponme prisión en la arena que el mar me hará compañía con tu dulce cantinela.

Canta con los ojos cerrados, apuntando a los colores que la cubren. Extiende los brazos y es como si abrazara el aire. El tiempo se detiene en el giro de su falda y en sus manos que intentan atrapar algo que se desvanece, que no es suyo, como ese amor no correspondido que aún recuerda. Mimí sujeta el vaso, el ron se mueve como el mar enfurecido que evoca pero ninguna gota cae al suelo. Toma un sorbo y sigue.

Tu sombra me martiriza pero no la siento ajena y me enrollo con la brisa cuando está la mar serena.

Por fin se sienta, más bien, se desploma en la silla. La respiración agitada choca contra el corsé, sus senos se inflan y toma un sorbo. El líquido ámbar le quema la garganta pero ella no parece notarlo.

Él firmó la carta. Fue él.

Corrían los años setenta. La Ventana Mágica había dejado de hacer música latinoamericana para dedicarse a rescatar, sin darse cuenta, la música tradicional venezolana. Se montaban en una combi y recorrían cada rincón del país. “Si usted quiere aprender a tocar culo e puya, vaya con Chupa Caña en Curiepe. Si quiere aprender a cantar galerón, vaya con María Rodríguez. Si usted quiere escribir, pase una tarde con Luis Mariano”, decía Gustavo Miranda.

Llegaban a la casa de alguno de ellos y se sentaban a conversar, alguien servía un poco de café y en medio de la charla pasaban a algo un poco más fuerte, quizás ron o anís. Así comenzaba todo. El cultor se soltaba, estaba rodeado de una familia recién adquirida que estaba dispuesta a escuchar y aprender, y cuando el archivo más importante, ese que se construye desde el alma, estaba lleno, alguno de los muchachos pedía permiso, sacaba una cámara o un grabador y dejaba registro de la clase magistral. Así fue como se formaron: hablando con los maestros.

De ese modo llegaron a Barlovento y se instalaron en Tacarigua. Inmediatamente un conocido los puso en contacto con Colombo un hombre alto, de bigotes, que iba a todas partes vestido de punta en blanco, con una guayabera inmaculada y aplastando un tabaco con los dientes. Dicen que gracias a él los niños del pueblo aprendieron de música y de béisbol. Junto a Mercedes, su esposa, recibieron a Los Miranda y al resto del grupo en su casa.

Pasaron tres días y dos noches en una parranda extraordinaria donde sonó el Mina y no era junio, cantaron parranda y no era diciembre y bailaron culo e puya sin que San Juan Bautista se enterara. Colombo llamó a su niña Mimí y le dijo que si ella quería cantar debía aprender a hacerlo con esa gente. Y así, sin más, la lanzó a la combi a hacer música.

Los viajes ocasionaron que Mimí y Alejo se hicieran cada vez más cercanos. Entre ambos iba creciendo una extraña atmósfera que se movía entre una complicidad irrompible y una conexión sensorial divina. Los Miranda anticiparon la química y los convirtieron en las joyas de la agrupación. Hicieron de la afinidad mutua el gancho del grupo, basando en la armonía de sus voces las nuevas composiciones.

Cada nuevo destino alejaba la vida pasada de Alejo y de Mimí. Atrás quedó la escuela y el pueblo. Atrás quedó la gente conocida, la rutina y los paseos a la capital. Mimí se estaba haciendo mujer en un contexto raro y extraordinario. Entre los dos fue creciendo un romance bajo la mirada del grupo que no parecía inquietarse. “Aquí cada quien es mayor de edad y con cédula” decía Gustavo.

Se amaron hasta el descaro haciendo nuevo cada paisaje, cada ruta, cada rincón de piel y tierra. Se amaron al son de fulías y gaita e tambora. Se amaron entre cotizas y coticeros, entre máscaras y alpargatas. Se amaron ante la mirada serena de San Juan y San Benito los bendijo entre chimbangles y flores. Se amaron y de ellos nacieron poemas escritos en puños de servilleta. Se amaron entre versos y aguardiente.

Tu sombra me martiriza pero no la siento ajena y me enrollo con la brisa cuando está la mar serena.

***

Mimí sigue cantando. Recuerda la gira por Europa: Italia, Francia y Alemania y los meses en Estados Unidos. Recuerda las promesas: comenzar una vida juntos, retirarse después de tanto éxito e irse a vivir a una casita en Maracay donde ambos pudieran estar tranquilos. También recuerda cuando regresaron al país, después de meses de ausencia, y vio a Marta esperando a Alejo con una pequeña niña en brazos. Cada promesa ahora es una gota que corre, bordea su nariz y se ahoga en la comisura de sus labios. El sabor del ron se mezcla con la sal.

Después de aquel episodio huyó. Había tanto que pensar, que entender, y olvidar.

La ausencia fue completa. Gustavo Miranda lo presintió, sabía que algo así podía pasar y se arrepintió de no haber actuado antes. Durante meses el grupo tuvo que mantenerse sin el campo magnético de sus dos pilares. El sonido del grupo se vio afectado sin la voz y sin la gracia de Mimí.

Finalmente decidió volver al escenario para la Feria de la Chinita en Maracaibo. Le dijo a Alejo que estaba dispuesta a hablar y este se ofreció a llevarla al aeropuerto. Al reencontrarse, las heridas parecían haberse borrado. Era tan natural caer en el juego de cantar y crear juntos. Esa noche La Ventana Mágica sonó como nunca lo había hecho antes. Parecían ángeles enfurecidos, discípulos de Baco conscientes de lo efímero de la vida. Cantaron como si era su última noche en la tierra.

Alejo se encargó de cambiar a todos los músicos de habitación para estar a solas con Mimí. Entre besos volvieron a esa época bendita que parecía intacta, volvieron a soñar con una vida juntos hasta que llegó el amanecer. El ron tumbó a Mimí en un sueño plácido y profundo. Cuando despertó, en lugar de Alejo encontró una carta donde, en complicidad con Los Miranda, ponían fin a aquella época dorada. Su época.

Y ahí quedó Mimí, intentando ordenar los recuerdos de una vida que se desvanecía y que quedó reducida a pura tinta y lágrimas.

Fue él quien formó la carta. Fue él

Nunca más se logró hacer música como la que ellos lograron. No hubo otra Mimí, ni otro Alejo. Ni siquiera ellos volvieron a ser los mismo. Cuando se hicieron conscientes del tamaño de su legado, no se volvió a ver una agrupación así. Reescribieron el referente cultural de una nación ansiosa por encontrarse y en esa búsqueda sin fin, la leyenda de lo que fueron formó a las generaciones siguientes entre ron, café y anís.

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Originally posted 2016-06-21 19:21:59.

VENEZUELA: La ventana mágica, por Ana Cristina Frías Cabrera

Con Información de El Cambur

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