VENEZUELA: 'La mujer, el cielo, el infierno y otros mitos culturales' - EntornoInteligente

Contrapunto / Cuando estaba en la Universidad, uno de mis profesores solía insistir en que los derechos de la mujer nunca habían estado “bajo discusión”, sino el hecho de cómo encajaban esas “exigencias” en la naturaleza femenina. Con un desparpajo que aún me asombra, en más de una ocasión insistió en que toda mujer tiene un “destino natural” que la hace tener “una obligación histórica” consigo misma e incluso, esa figura difusa que solía definir como “su familia futura”. Cuando con justa incomodidad, las alumnas reclamamos tal reflexión, solía esgrimir el mismo argumento, antes o después: “Una mujer tiene un deber cultural insoslayable, ignorarlo es rechazar la historia que define lo femenino”.

Un pensamiento inquietante por supuesto, además de caldo de cultivo para todo tipo de prejuicios y una razón segura para la discriminación. Pero como mi profesor, una buena parte de nuestra cultura parece analizar el rol de la mujer bajo una noción directa sobre un tipo de obligación histórica inaudita. Y la idea prevalece, a pesar de las batallas ideológicas, legales y sociales en favor de la mujer. Hace un rato, en mi revisión cotidiana de mi TimeLine de la red social Twitter, leí un comentario que me dejó desconcertada y que resumía no sólo el desigual argumento de mi profesor, sino esa percepción sobre lo femenino que se relaciona con un determinismo histórico obsoleto, retrógrado y lo que es aún más preocupante, parte de una visión recurrente sobre la mujer. Alguien señalaba, con esa parquedad del que se cree en posesión de la verdad, que últimamente las mujeres, hacemos “cosas de hombres”, cualquiera sea el significado de una frase tan absurda como superficial. No solo me sorprendió el hecho que aún alguien tenga una idea tan retrógrada sobre la igualdad de géneros, sino que exista una sociedad — idea cultural — donde pueda apoyarse. Y el análisis de ese pensamiento, me llevó a otro más profundo, a preguntarme hasta dónde la imagen de la feminidad ha sido desvirtuada, golpeada y vituperada por esa idea cuando menos primitiva de la mujer menospreciada por un concepto cultural.

Por supuesto, hablamos de una época en que la mujer ha logrado vencer — o ha dado la batalla, en todo caso — el estereotipo que se le impone con frecuencia. Y sin embargo, la batalla por los derechos de la mujer parece enfrentarse a diario a una prejuicio cotidiano e incómodo: esa resistencia al cambio que convierte toda idea sobre evolución y búsqueda de la equidad en un enfrentamiento dialéctico la mayoría de las veces carente del menor sentido. Ocurre a diario: la sociedad insiste en etiquetar la feminidad de alguna manera, como si a través de un título — o un insulto — pudiera comprenderla mejor. Sintetizar sus implicaciones, limitar su capacidad de expresión. Entenderla, quizá. Y esa necesidad, parece haberse trasladado a nuestra concepción cultural sobre lo que debe ser la mujer. O se supone que debería en todo caso. La mujer actual no necesita vestirse de rosa y encajes para reafirmar su feminidad. Tampoco es menos mujer por llevar pantalones y el cabello corto. La mujer de mi generación está luchando para destruir esa imagen empalagosa y esquemática, para alcanzar una identidad propia, construyendo a base de creatividad, poder y conocimiento. La mujer actual es fuerte, hermosa, libre por derecho propio, su mejor obra de arte. Y es esa búsqueda, esa reafirmación, una nueva idea en sí misma, una manera concluyente de comprender quién es, a dónde dirige y que desea.

Hablar sobre la mujer y más aún, una ideal que sea esencialmente femenino, nunca es sencillo. No me refiero por supuesto, a un concepto victimizante: la mujer ha recorrido un buen trecho para lograr la igualdad de género, comprenderse como un ciudadano antes que un estereotipo cultural. Con todo, la mujer — como ciudadano y como idea social — nunca ha sido comprendida más allá de su rol biológico, un concepto que resulta extraño aún hoy. La imagen de la Madre, de la esposa, la compañera, siempre parece superar a la del espíritu libre, el individuo en constante construcción de su propia imagen individual. Ser mujer, siempre ha sido una lucha contra la opinión de la sociedad y un deber ser latente en toda cultura.

Claro está, la identidad de la mujer se debate entre lo que se espera de ella pero sobre todo, lo que la idealización de la cultura le impone como obligación. Y entre ambas cosas, la mujer actual se debate en cierta percepción sobre su individualidad incompleta y dificilmente comprensible. De la mujer a quién se le exige cumplir el papel tradicional hasta la que intenta hacerlo, abarcando además la percepción moderna de lo femenino, la mujer en la actualidad se encuentra atrapada bajo el peso de una comprensión sobre su identidad aplastada bajo una imagen irreal y sofocante. Una idea que por supuesto, remite a interpretaciones muy antiguas sobre lo que la mujer puede ser: La mujer como icono, la mujer maldita y bendita, la mujer creadora, la mujer secreta, la mujer perseguida por su manera de pensar, la mujer asesinada, constreñida y reprimida por el miedo y el prejuicio a su alrededor. La Diosa sin nombre. En toda cultura existe al menos una Diosa tentadora y una que salva, una diosa creadora y otra que destruye. La Divinidad femenina, como origen, como necesidad cultural pocas veces expresadas. La mujer — la identidad de la mujer, en todo caso — siempre ha estado sujeta a debate, a una argumentación continúa incluso de su existencia. La cultura parece en ocasiones incapaz de brindarle un lugar, una manera de comprenderse así misma y eso se refleja en esa herencia confusa que sitúa a la mujer en medio de un debate histórico constante.

Cuando era una niña, mi abuela me dio el mejor consejo que me ha dado nadie: “Ten siempre en el bolsillo lo suficiente para comer, para ir y venir a tu antojo. No le obsequies tu libertad a nadie”. Una idea que siempre medité y que siendo adulta, ha sido uno de mis principios irrenunciables. La mujer fue durante mucho tiempo educada para resignarse a su minusválida moral y social. No obstante, la mujer de mi generación sabe el poder de la libertad, el poder de sostenerse sobre sus propios pies y concebir su mundo, su manera de crear con total libertad.

Un aprendizaje que quizá damos por sentados, pero que durante siglos fueron imposibles de concebir tal como lo hacemos hoy. Y tal vez por ese motivo, las interrogantes se multiplican, para bien. ¿Quienes somos las mujeres actuales? ¿A dónde vamos? ¿Qué deseamos más allá de ese papel histórico que aún se insiste en otorgarnos? Muchas de estas preguntas carecen aún de respuestas: quizá por las construimos todos los días, a cada paso, una a la vez.

Siempre diré que toda esa diatriba se resume en el fascinante mito de Lilith: la tradición judía cuenta que fue Lilith — no Eva — la primera mujer de Adán. Pero Lilith, a diferencia de la sumisa Eva, quiso ser igual que Adán. De hecho, hay curiosas leyendas que insisten que Lilith se negó a obedecer a Adán y le abandonó. La rebeldía de la búsqueda, la necesidad de identidad individual. Más adelante, la creencia patriarcal de la época redujo el mito de Lilith al de un demonio devorador de niños — una idea enormemente simbólica: la mujer que devora su propia capacidad creativa — y aún más, un personaje meridiano en la historia. Sorprende que una leyenda semejante sea incapaz de sostenerse más allá de las idea cultural sobre la mujer: Lilith como idea reivindicadora, sino como idea de censura social.

Un símbolo, por derecho propio. Una idea que se crea así misma y que trasciende el tiempo.

Sin duda, media humanidad a vivido durante casi toda la historia a la sombra, como parte de concepto que intenta englobarla e incluirla contra su voluntad. Y sin embargo, la identidad femenina brilla, se levanta por encima de la horma social en que estuvo atrapada, siempre por encima de todo prejuicio y estereotipo que intenta aplastarla. Una forma de crear, una interpretación del mundo más allá de lo que insiste — casi a la fuerza — una idea de sociedad cada vez más fragmentada y venial.

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