VENEZUELA: Flores para los viejos, por Betina Barrios Ayala - EntornoInteligente

El Cambur / El tiempo pasa para todos, pero no parecemos darnos cuenta sino hasta que comenzamos a ver la vida a otra velocidad. Una de las paradojas de nuestra existencia es que, a pesar de que la vejez es nuestro destino común, pretendemos ignorarlo, agregándole a la fatiga de los años la tristeza de la indiferencia. Este hermoso texto, que posa la mirada con ternura sobre aquellos que comienzan a andar por el hombrillo, ofrece un amoroso encuadre que nos recuerda que la belleza está en saber observar lo importante, a pesar de nuestra insistencia en ser esclavos de lo urgente. Betina Barrios Ayala, su autora, es internacionalista y narradora. Héctor Torres. 

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Todo lo que saben se despliega en sus gestos. Un estado de la vida que revela el deterioro del traje. Hay un cansancio sabio en su porte, un semblante que revela una forma de purga, de presencia plena. Porque tienen esa capacidad de temblar y llorar como niños, y su cuerpo es un vasto discurso sobre la rudeza del tiempo. Los viejos ríen con cierta ironía, burlan lo feo, y se mantiene la belleza a las orillas del dolor. Es como ver a las trinitarias crecer a los costados del Guaire, pacientes y hermosas, entre la mugre y la sequía, solo flores. En la rivera de un cauce de aguas negras se erigen, cualquiera sea su color, con una gracia indescriptible. Es algo así, como ver lo imposible, preguntarse cómo la vida permanece a pesar del desgaste.

Así es como están a diario, en la cola bajo el sol, para la pensión, para la comida regulada que es lo que se puede comprar con la pensión, en la farmacia pidiendo recursos que no existen, subiendo las altas escaleras de un autobús que se detiene bruscamente en el medio de la vía, lejos de la parada, y entonces ellos tienen que ser alzados en brazos, sostenidos, para que cuando arranque el chofer estén estabilizados. Voy por la calle recolectando sus rostros, y quiero quedarme con todos ellos, con sus ojos, con sus gestos, los pliegues y las manchas de su piel de papel. Con su andar lento, a tropiezos, despacio. Quiero ver las pausas, las sospechas, su manera de mirar.

La Semana Santa es una excusa para vestir bien, para visitar a los amigos en la iglesia. Quizás sean de yeso, pero eso no impide que llegue la señora arregladita de domingo a la cita acordada. Entra, avanza y se detiene frente a él. Le mira con distancia. Lo saluda. Se acerca, y poco a poco se descompone, se derrite, deja caer su brazo derecho sobre el torso de la imagen que parece se agacha y la acurruca bajo su manto celestial. La iglesia, inmensa y oscura, sobrecoge. La señora lo toca, le habla, se reconforta en el silencio compartido de buscar remanso en lo que para algunos solo es posible admirar. Cuanto confort puede hallarse en un amigo inanimado. Estos son los refugios para los santos de la tierra, acercarse poco a poco a los que les esperan en el cielo.

A las puertas del supermercado de la esquina se sienta el señor en un pequeño banco de madera, usa lentes oscuros, va bien vestido, con camisa de mangas cortas y pantalón de tela. El pelo peinado hacia atrás, atravesado por hilos blancos, dibuja el contorno de su rostro impasible. Lo saludo cada vez, ‘buen día’, ‘buenas tardes’, ‘cómo le va, joven’, me dice. Sobre una tela coloca algunos repuestos de electrodomésticos, parece que no son nuevos, más bien reciclados. Alguna vez le pregunté por uno, y pedía poco por una bolsa desechable para la aspiradora, pero no estaba segura de que sirviese para el modelo que tenemos en casa. No pude comprársela. Además, tiene que ser en efectivo. Hoy día que los cajeros no tienen plata, y la que dan no alcanza para nada.

Bajo caminando la cuesta que me aleja de Caracas, el señor está barriendo las afueras del taller, a la mañana, en la tarde. No hay acera pública más impecable. Apenas saluda, apenas observa otra cosa que no sea la escoba atravesando el paso, apartando las hojas que caen de los árboles, alejando el polvo, la tierra. Lo hace a diario, despacio, con paciencia, nada es más importante. Asiente sin alzar la vista, se concentra en el movimiento perfecto, el swing de su instrumento que ejecuta con maestría.

Y pienso en mi abuela, un pajarito solitario que vive sin compañero hace ya casi diez años. Vive sin emoción. Quizás solo le vea sonreír cuando le digo que vamos a tomarnos una cervecita. Sus preguntas vienen duplicadas. Una vez le respondo, pasados unos minutos, vuelve a formular su incógnita. Repite el tiempo. Sus inquietudes no la dejan, bien parece que se repitieran en su cabeza como una cinta de aeropuerto. Moviéndose en círculo, sus preocupaciones no cesan ni encuentran sosiego. Está sola, y le da la espalda al mundo, hace que el día sea noche viviendo como un vampiro. Y es que ser viejo en Caracas, es vivir sin movimiento, la topografía de la ciudad, el valle con sus alturas y depresiones, te condena a la dependencia. Y es que luego de tanto andar, nadie quiere que lo arrastren.

Ojalá así como la lluvia está lavando estos días las calles y las hojas de los árboles, devolviéndoles su brillo, alguna luz suave y merecida ilumine a nuestros ancianos, y puedan ser vistos con el respeto y la admiración que merecen por su valía. Los años en que el cuerpo físico está agotado, el espacio interno es el único refugio en medio de una sociedad fracturada e indiferente a la belleza, la verdadera belleza, que no es más que sensibilidad.

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Originally posted 2016-05-02 10:14:09.

VENEZUELA: Flores para los viejos, por Betina Barrios Ayala

Con Información de El Cambur

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