VENEZUELA: ¿Cambios irreversibles? - EntornoInteligente

El Universal / En unas semanas el régimen chavista cumplirá 16 años en el poder durante los que ha podido acumular fuerza militar y burocrática suficiente para una relativa comodidad con miras a las elecciones parlamentarias de 2015. No se trata para nada de que tenga ganada de antemano esta contienda; al contrario, la dinámica económica apunta hacia la prolongación de los problemas más acuciantes de hoy, lo cual mermará seguramente su arrastre electoral. Pero incluso en un eventual triunfo de la oposición, sea en votos totales o en número de asambleístas, no estaría nada claro que el mismo pudiera revertir alguno de los cambios fundamentales impuestos por la revolución en la organización económica de la sociedad.

Ni siquiera puede afirmarse que la oposición disponga de un programa legislativo consensuado en torno al tema económico, que involucre nuevos rumbos para la cuestión petrolera, las empresas del Estado, el programa de nacionalización del comercio exterior, la normativa cambiaria y monetaria, la legislación laboral o el sistema comercial interno, entre muchos otros. A veces pareciera que la nota dominante consistiera en avanzar en el “status quo” revolucionario con propuestas inobjetables como la de perseguir a la corrupción, flexibilizar los controles, moderar la expansión del déficit, elevar la eficiencia de los sistemas de propiedad pública y gestión burocrática, y otras por el estilo. De confirmarse esta percepción, quedaría demostrado que aunque fuese mayoría, la oposición no estaría en condiciones de ejercer el poder constitucional del Parlamento en forma que alterase las relaciones de dominio establecidas desde el Poder Ejecutivo con el respaldo de su plantilla clientelar en las bases populares y en las altas esferas de la emergente “burguesía socialista”. No sorprende que la oposición -o una parte considerable de ella- parece haberse planteado, en estas circunstancias, una suerte de cohabitación con el régimen a partir de la cual reconstruirse y reorganizarse, sean partidos nuevos o históricos, con miras a un más largo plazo.

En la acera oficialista, las realidades lucen más inasibles, en parte por ese estilo secretivo de los revolucionarios pero también por la inmadurez emocional con que a menudo se maneja el tema de las diferencias y que con frecuencia posterga conflictos bajo el manto unificante del comandante eterno. Pero no sería extraño que algún grupo o individualidades sumadas contemplen las ventajas que para el margen de maniobrabilidad tendría una ruta de cohabitación con la oposición en medio de las crecientes dificultades económicas y sociales ya visibles y otras que pudieran estar en ciernes. En ambos sectores del espectro político, los factores más radicales quedarían, en ese caso, disminuidos, mientras la confrontación principal tendría lugar en un gran espacio de centro político donde “caben todos” de lado y lado.

Esta posibilidad no serviría como solución definitiva a la crisis nacional.

Ni siquiera calzaría los quilates de un pacto para el desarrollo.

Sería, de ocurrir, un acuerdo entre enfoques pragmáticos con mucha utilidad para quienes quieren perpetuarse en el poder socialista envueltos en banderas democráticas, y para quienes envueltos, con mayor soltura, en la misma bandera no tienen intenciones de perpetuarse a sí mismos en el “ni-poder ni-socialismo”; tampoco en el ostracismo.

En lo económico, esta “salida” no ofrecería resultados muy distintos a los ya vistos. Los diversos socialismos ensayados por más de medio siglo no han podido abrir un camino estable de crecimiento con equidad más allá de las ganancias transitorias en el negocio petrolero. La pobreza sigue siendo un problema sólido y en ascenso. La formación de capital se trunca cuando el petróleo deja de jugar a favor. La ruralización de las grandes ciudades se convierte en expresión engañosa de la superación del conflicto campo-ciudad.

En el fondo, no ha habido cambios notables en la actitud y en la política de los dirigentes hacia la economía y ello ha atrofiado el desarrollo de los débiles. Lo más grave es que esta falta de cambio sí parece ser de lo más irreversible.

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Con Información de El Universal