URUGUAY: "Tener hijos fue mi mejor taller de creatividad" - EntornoInteligente

El País / DANIELA BLUTH

De todas las casas del barrio privado Colinas de Carrasco, la de Gastón Izaguirre es la única negra. Está pintada de negro por fuera y empapelada de negro por dentro. Y sobre esas paredes -algunas rayadas, otras estampadas, otras corrugadas-, cuelgan enormes obras del artista, lámparas de caireles, fotografías en blanco y negro, máscaras mexicanas… Tres espacios de living se suceden uno tras otro, con mesas de distintos estilos y alturas, varios sofás, una chaise longue que mira al jardín, dragones, calaveras, esculturas de Carolina Acle y muñecas de Alejandra Veira. De fondo el jazz suena a todo volumen y el aroma de un incienso da la bienvenida.

Así la imaginó y creó el propio Gastón, mayormente artista plástico, un poco decorador y ya casi nada publicista. Se mudó hace tan solo un año, pero es como si viviera allí de toda la vida. “Esto es lo máximo, es como si no tuviera vecinos, ¿entendés?”, dice mientras ofrece y prepara un té de durazno. Es que si bien se describe como “amiguero”, Gastón disfruta solo de cierto tipo de sociabilidad. Desde hace un tiempo elige a quién recibe en su casa, sede de fiestas, reuniones y cenas. “Amigos artistas el único que tengo es Diego Velazco, que es fotógrafo… Matías Ganduglia, también es fotógrafo, no me interesa vincularme con más nadie (del ambiente). Pego onda con los fotógrafos más que con los artistas”.

Y aunque no se detiene en buscar una explicación racional, sabe que es un outsider de la intelectualidad local. Pinta desde que tiene cinco años, cuando vivía en Mercedes y sus padres estaban preocupados de que el menor de sus hijos fuera autista. “No interactuaba con los demás, estaba todo el tiempo dibujando. En realidad de chico me aburría como un hongo. No me gusta nada de lo tradicional, como el fútbol, entonces no me integraba con mis pares. No sé si el dibujo fue una vocación o un escape”.

Sea como sea, la fórmula le funcionó. Con 41 años, vive exclusivamente de su arte desde hace un lustro. Antes, hizo carrera dentro de la publicidad. Estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad de la República y Publicidad Gráfica en la UTU. Trabajó en agencias durante 20 años y cuando la pintura se lo permitió, las dejó por completo. “Yo fui un esclavo de la publicidad. Llegué a pasar 48 horas sin dormir, ¿para qué? Si mañana no vendo un puto cuadro, pongo un carro de chorizos. ¡No vuelvo nunca más a la publicidad! No lo digo desde el lado resentido, porque me mató el hambre durante 20 años, pero siento que no podría convivir”.

Con la pintura, en poco tiempo logró lo que a muchos artistas les lleva toda la vida. Algunos hablan de un “sello”, él lo define como un “lenguaje” Izaguirre. “Te podrá gustar o no, pero yo no me pego a nadie”. Su obra está habitada por personajes cabezones, irónicos, inocentes, arriesgados y perversos.

-¿De dónde surgen esos seres?

-Es como yo veo un poco a la gente. El tema de las cabezas grandes es porque para mí todo está acá (dice señalando la cabeza), entonces sin darme cuenta llegué a un lenguaje propio que tiene que ver con cómo yo concibo la vida. Una crítica en Europa me definió como un naif perverso, y creo que es un poco así. Plasmo situaciones que observo, cosas que me pasan, gente con la que me cruzo y que dispara pensamientos.

-¿Tomás nota para recordar?

-No, me queda todo acá (vuelve a señalar la cabeza). Es lo único que me queda grabado. No tengo noción de nada que no sea yo y todo lo que pasa a mi alrededor. Debe estar mal, pero a mí me mantiene bien. Mis personajes son producto de la ironía, de la mentira, de la sociedad pacata en la que vivimos. Yo trato de zafar de todo eso, por eso soy un poco freak .

Un tanto rebelde y bastante malhablado, Gastón nunca fue amigo de los cursos de formación. “No sirven para nada. Seguir lo que sentís es el único secreto, los artistas no se dan cuenta de eso”. Recorriendo su historia solo nombra a Milka Muniz, su docente de la infancia, y a Emma Sanguinetti, a quien conoció como clienta, luego como profesora y ahora como amiga. “Emma para mí ha sido inspiración”, dice. “Cuando la conocí flipé, empecé a ir a sus clases y nos hicimos amigos. Y sus cursos son la única referencia que intelectualmente me hizo volar la cabeza. En todos los talleres que había ido simplemente aprendía el manejo del pincel y de la pintura, pura técnica”.

Su arte no siempre fue el mismo. Pasó por períodos agresivos, oscuros, ingenuos, rebeldes, calmos. “Ahora estoy mucho más relajado, después de tener hijos, y eso se nota en la obra. Ya no hay tanta sangre, los muñecos no están tan rabiosos, hay más ironía y elegancia”. Casado con Verónica, comparte horas y horas de juego y camaradería con Mora (7) y Justo (5). “Para mí todo el mundo debería tener hijos. Ellos generan un desgaste tan fuerte que terminan sacando toda la estupidez, chupan la boludez, te permiten ver lo importante, lo sublime…”, opina. “Después de que pasás esa gran tormenta hay una cosa de absoluto placer, conexión, autenticidad”.

– ¿Tu etapa más productiva coincide con su nacimiento?

-Sí, sin lugar a dudas, no sé si hubiera tenido toda esta creatividad si no hubiera tenido hijos. Pero hay que curtir los hijos, hay que estar…, yo bajo a ese nivel y me divierto mucho. Para mí ha sido el mejor taller de creatividad que he tenido.

CATÁRSIS Para pintar, elige la noche de su taller sobre la ruta Interbalnearia. Allí maduran las obras en proceso y descansa una decena lista para la venta. En el arranque siempre hay una idea, pero nunca sabe cuál será el resultado final. “Y nunca queda como pensé, ni una sola vez me ha pasado”. Durante mucho tiempo pintó con óleo, ahora prefiere el acrílico, que en las pinceladas finales mezcla con “de todo un poco”: tinta, tiza, té…

“Es como un desahogo en el que vuelco color, forma, todo, de manera espontánea. Creo que ese es el secreto de mi pintura. Es como cagar, ¡tac!, no hay mucha cosa detrás, yo lo veo como algo muy escatológico”. Le sigue el alivio. “Es como un sedante, es brutal. Me da mucho calor, me saco la ropa, entro en un cuelgue”. Aunque no tiene prurito en decir que fuma porro “todo el día”, pintar es su momento de mayor lucidez. “Todo lo opuesto a lo que la gente cree. Yo fumo y me da para colgarme y ponerme a charlar, ni en pedo para pintar”.

Sabe que en Uruguay es de los artistas más caros -no “el” más, aclara-, pero prefiere no hablar de precios. “Yo con el mercado uruguayo chapeau , no tengo una objeción, acá vendo salado”. ¿Quienes le compran? “Estoy en una etapa Carrasco, los countries, Punta Carretas. Pero de cien obras, 80 son para Carrasco”.

-¿Cómo es el público uruguayo?

-Hay gente súper culta, otra que es cool, hay de todo… También está el que me va a comprar porque estoy de moda. Y a mí la verdad me importa un sorete, dame la tarasca, te doy el cuadro, saco las dos pelotas, tará-tará-tará (hace la mímica como si fuera un malabarista) y no te veo nunca más. No me voy a hacer el `quiero-que-mi-obra-solo-la-tenga-el-que-valora`. Yo tengo que pagar el colegio de los nenes todos los meses. Yo me siento un laburante, por eso tampoco pego mucho con los otros artistas. No siento que estoy a cinco centímetros del piso, inspirado, creo que soy igual que un conductor de Cutcsa, es mi laburo. El momento de inspiración es cuando yo estoy solo frente al lienzo, lo demás es negocio.

Desde hace tres años también vende obra en el exterior. “Tengo tres marchands , uno en Nueva York, otro para Europa y otro en México. Voy a vender solo por pedido. Me dicen medidas y estilo, pero no digitan la obra”, explica. En un mes afuera es capaz de pintar unos seis cuadros.

A Izaguirre nunca le interesaron los museos, las grandes galerías ni los concursos. “Me sirvió zafar de lo convencional”. Con la libertad como valor supremo, dice, hace y pinta lo que se le da la gana.

-¿Cómo te ves en el futuro?

-No me proyecto, vivo el ahora a full, parece un cliché, pero es así. Jamás imaginé que iba a terminar viviendo del arte, nunca lo pensé, y acá estoy.

El artista y sus mujeres “Soy muy amiguero, si pegamos onda un día te llamo y te digo `venite a casa a cenar` y ya terminamos íntimos”, cuenta Gastón sobre su forma de relacionarse con la gente. Así conoció, en algún año que no recuerda, a Clara Berenbau. La comunicadora lo contactó para hacerle una nota para televisión, hubo química y comenzó una amistad que siguió hasta su muerte, en 2013. Dos años después de enfermar de cáncer, en 2009, Clarita escribió Vivir con él, un libro en el que contaba su experiencia con la enfermedad y que estaba ilustrado por Izaguirre. Con esas y otras obras periodista y artista armaron Salú, una muestra que se vio en Montevideo y Buenos Aires. “El día de la inauguración acá la obra ya estaba toda vendida”, recuerda Gastón. Para cruzar el charco tuvo que pintar una nueva serie, que también se vendió.

Por estos días, recibió una nueva propuesta, que vuelve a reunir mujeres, un libro y una muestra. El laboratorio Urufarma lo convocó para pintar las mujeres que han sido importantes en su vida. “Se va a llamar Las mujeres de Izaguirre y parece que fue idea del gerente, eso me pareció brutal”. Si esta nota fuera para alguna revista de la farándula, bromea, la frase del título sería: “Estoy pasando un buen momento”.

SUS COSAS SU BANDA SONORA Gastón no lee nada, ni siquiera los diarios, pero escucha música todo el día. En el equipo de su casa casi siempre suena el jazz, con Ella Fitzgerald y Louis Armstrong encabezando la lista de preferidos. También le gusta ir a bailar, sobre todo electrónica. “Soy muy curioso y me meto en todos los antros que se me cruzan en el camino”, dice.

RUTINA Y GIMNASIO Las mañanas no lo invitan a pintar, por eso el artista invierte ese tiempo en llevar a sus hijos a la escuela e ir al gimnasio. “Hago aparatos para no envejecer, o para envejecer dignamente. Si me pongo a comer no entro en el sillón. No soy fanático, pero bajé cuatro kilos que quería y más o menos endurecí las tetas, o sea, todavía estamos en carrera”.

LA PEDRERA Gastón pinta todos los días, incluso en vacaciones. Es fanático de La Pedrera, aunque este año las multitudes lo corrieron hacia Barrancos de Arachania, donde alquiló un rancho sobre el mar. “Me llevo en el auto todas las pinturas, lienzos chicos y pinto. No concibo no pintar, es una necesidad y me hace bien, libero todo”.

Con Información de El País

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