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Brecha Digital / “Godzilla”

Aunque parezca mentira, la primera aventura del enorme reptil del título se rodó allá por 1954, y a pesar de que los estadounidenses pronto se pusieron a modificar aquel original, la inspiración vino por el lado del japonés Ishiro Hondo, todo un especialista del género que en Hollywood diera lugar a varios clásicos de la serie B (El monstruo de la Laguna Negra, La fiera del mar, Tarántula) en la década del 50, al tiempo que el realizador mencionado y varios compañeros de ruta hacían lo suyo en sus tierras, por más que buena parte de los logros (Rodan, El fin del mundo, subsiguientes aventuras orientales del tal Godzilla), por problemas de distribución, demoraran en llegar a estas latitudes. Por cierto que el reptil fue entonces aprovechado de uno y otro lado, con mayor o menor fortuna, como lo podría contar el sajón Roland Emmerich a propósito de su intento por emular a los otros en 1998. La presente secuela1 parte de un prólogo que alude a un gran desastre ocurrido 15 años atrás y que involucra a los padres del protagonista Aaron Taylor-Johnson, el cual en los tiempos que corren se ve involucrado en nuevas catástrofes multitudinarias en las que asoman varias temibles criaturas y, por cierto, el tal Godzilla, pronto a probar que no es tan fiero el león, es decir, el reptil, como lo pintan. Efectos especiales del mejor nivel -las 3D no agregan más que la consabida profundidad de campo-, mucha gente en escena, destrucción por doquier y un marco más bien apocalíptico sazonan un desarrollo que el director Ga- reth Edwards acomete con el entusiasmo del caso, apoyándose en un guión que, sin ser gran cosa, le brinda la oportunidad de hacer creer que está poblado de personajes de carne y hueso. Por allí irrumpen, aparte de los correctos Taylor-Johnson y su dama Elizabeth Olsen, el japonés Ken Watanabe y nada menos que, a pesar de que sólo aparecen por espacio de pocos minutos, la gran Juliette Binoche y el siempre verosímil David Strathairn, impensados lujos para una saga que, si bien no los necesitaba, se atribuye cierta categoría al mostrarlos. El resultado mantiene un nivel de entretenimiento digno, al cual no le es ajeno el sentimiento de preocupación por el futuro de una humanidad que incurre en excesos y descuida al planeta. Como es habitual, el público infantil disfruta estos asuntos que no dejan títere -o monstruo- con cabeza, y hasta aplaude al final. Por lo menos aquí hay una historia que busca decir algo y lo hace por medio de una narración cuidadosa y coherente. 

1. Estados Unidos, 2014.

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Con Información de Brecha Digital

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