Un último esfuerzo, por Gladys Socorro - EntornoInteligente

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Nicolás Maduro es el peor presidente que ha tenido Venezuela. De eso, no hay dudas. Bajo su mandato reinan la subida desmedida, acelerada y continuada de los precios, la pérdida del valor del bolívar, la escasez de alimentos, medicinas y efectivo; inseguridad, crisis hospitalaria y pare de contar. En resumen, a los venezolanos nos han caído las siete plagas de Egipto con él.

Se ha ganado a pulso el 80% de rechazo de la población. Si en algo se ha esmerado, de la mano de su gabinete ministerial, es en aplicar medidas sociales y económicas que han llevado al país a la peor crisis de su historia. En poco más de 20 años no se registraba un escenario hiperinflacionario en América Latina. Nos tocó a nosotros. Ahora la pregunta es: ¿cómo vamos a salir de esto?

Hay dos propuestas en la mesa, ambas válidas y discutibles de acuerdo al cristal con el que se mire. La primera plantea la vía de la abstención. Es la que hasta ahora han asumido los partidos políticos que hacen vida en la Mesa de la Unidad.

Al principio hablaban de una abstención activa pero de eso aún no hay nada. A 50 días de las presidenciales no hay una campaña masiva en las regiones, municipios, urbanizaciones, barrios ni sectores para explicar el por qué de la decisión y lo que haremos un día después de las elecciones. Porque estemos claros: si no tenemos un plan B definido, con acciones concretas y determinantes a seguir, lo único que lograremos con la abstención es garantizarle seis años más a Nicolás Maduro.

La historia nos revela que jugar a la abstención es hacerle el favor al contrario. En el sistema electoral venezolano se gana por mayoría simple. Ni los votos nulos ni la abstención cuentan para algo. El que gane, aunque sea con 5% de participación, será el presidente, sin pataleos.

El otro camino planteado es participar en las elecciones. Sin entrar a discutir sobre quién debe ser el candidato, está claro que nada pudiera ser peor de lo que que tenemos. Indistintamente del nombre que se decida (si sigue Henri Falcón o se busca otro candidato por consenso) este debe ser, en la medida de lo posible, un factor de unidad. Además, los partidos deben garantizar los miembros y testigos en todas las mesas electorales y motivarnos a votar.

Nunca ha estado tan clara la opción de triunfo sobre el gobierno. Maduro es perfectamente derrotable, aún con estas condiciones electorales. Siempre ha sido un mal candidato, ahora más que arrastra una gestión que sólo ha dejado miseria a su paso. El escollo más difícil de superar pareciera ser la unidad dentro de la unidad.

Repasemos los dos últimos procesos electorales presidenciales. En ambos, el candidato por la oposición fue Henrique Capriles. En 2012 perdió contra un Hugo Chávez que resultó reelecto por cuarta vez. Ganó con 8 millones 191 mil 132 votos, lo que representó el 55,07% de la participación. Por su parte, Capriles obtuvo 6 millones 591 mil 304 votos, es decir, 44,31%. Pero se trataba de Chávez, un monstruo electoral.

Siete meses después se convocaron nuevas elecciones por la vacante absoluta generada por su muerte. Es allí cuando Maduro entra en escena como el ungido del comandante. Y aunque este acumulaba el apoyo directo que Hugo Chávez le dio antes de morir en una de sus últimas apariciones públicas, el dolor de millones de venezolanos que respaldaban electoralmente al chavismo, el excesivo control gubernamental sobre los medios de comunicación y este mismo CNE, en apenas 10 días de campaña perdió 685 mil 794 votos, alzándose como presidente con una mínima diferencia de 141 mil 358 votos.

¿Si esto se pudo lograr cuando la figura de Maduro no estaba desgastada por la mala gestión, quién dijo que no se le puede ganar ahora? ¿Si Maduro se desmoronó cuando aún la gente lloraba a su Comandante, cómo lo evitará cinco años después? ¿Cómo es que en solo 10 días de campaña y con la conexión emocional que mantenía la gente con Chávez se le arrebataron en aquel entonces casi 700 mil votos al chavismo, y ahora, con dos meses, no vamos a poder hacerlo?.

La estrategia electoral del oficialismo es implosionar a la oposición como única garantía de triunfo. Se empeñan en meter cizaña haciendo que nos veamos entre nosotros como traidores y colaboracionistas, olvidándonos que el verdadero enemigo a vencer son ellos. Quizás la dirigencia opositora tenga cómo aguantar seis años más del gobierno de Maduro, pero la gente de a pie clama a gritos por una salida urgente a esta crisis. Seis años más en esta catástrofe económica y social serían casi imposible de soportar.

Gladys Socorro

Periodista

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Blog: gsocorro.wordpress.com