E n Habrá una vez: antología del cuento joven norteamericano (Alfaguara), no se pretendió un equilibrio temático, una representatividad geográfica o un balance entre distintas tendencias narrativas.
Su objetivo fue simple: que en el momento de elegir el texto el autor no fuese, todavía, lo que se considera un escritor célebre y que aún se le considerarse una persona joven.
Todos tendrían entre 25 y 40 años. El criterio que prevaleció para el antólogo en el proceso de selección fue la excelencia de los textos y su capacidad de generar asombro, revelación o envidia por el hecho de no ser el autor.
Con estos simples postulados, se subsanó una laguna editorial considerable, pues en muy pocas literaturas el género del cuento ha tenido la importancia que en los Estados Unidos posee.
Es muy difícil nombrar un solo narrador norteamericano que no haya escrito nunca un cuento; género de iniciación para buena parte de los novelistas norteamericanos.
La selección de estos veinticinco cuentos ha respondido a la juventud personal y artística de los autores, y casi todos son pequeñas joyas literarias.
Es aventurado decir si estos relatos son representativos de la literatura que prevalecerá en un futuro. Lo que sí se observa es un cierto continuismo sobre modelos y estilos que ya conocemos.
El posmodernismo parece remitir y su nihilismo deja paso a un replanteamiento existencial de tintes más positivos. Las historias son más humanas y próximas a lo cotidiano. Resulta difícil pensar que los 25 autores se convertirán en celebridades literarias, pero tal vez encontremos a algunos de ellos entre los nombres que conferirán entidad y prestigio a ese gigante de mil cabezas que es la literatura norteamericana.
El escritor colombiano Juan Fernando Merino, residente en Nueva York, y antólogo de Habrá una vez, reúne el multiculturalismo norteamericano en el volumen, pues incluye autores de origen chino (Gish Jen), haitiano (Edwidge Danticat), croata (Joseph Novakovich), hindú (Jhumpa Lahiri, Premio Pulitzer del año 2000), puertorriqueño (Judith Ortiz Cofer), apache (Brady Udall), canadiense (Diane Schoemperlein).
Por otro lado, refleja la cada vez más afianzada perspectiva narrativa de la mujer, sea como autora o protagonista.
Catorce de los 25 autores seleccionados son mujeres que ofrecen un testimonio implacable de lo enigmático, insólito y contradictorio de lo que significa ser escritora en un mundo dominado por hombres.
Casi todos los autores presentes en el volumen proceden de los diversos talleres literarios diseminados por toda Norteamérica y que están tutoreados por grandes maestros del género.
A diferencia de lo ocurrido con los renovadores del relato corto en la década de los ochenta, Raymond Carver, Tobias Wolff, John Cheever, John Updike, estos nuevos escritores aprenden sus técnicas en claustros cerrados y bajo estricta observación.
Esto puede que sea así, muy gringo, si se me permite la expresión, pero también es cierto que de ahí viene la precoz madurez estilística que demuestran estos autores.
El sistema educativo del gran coloso del norte favorece esa fluidez que los norteamericanos siempre han demostrado para el arte de narrar.
También están las infinitas revistas, ya sean literarias o no, que siempre le han dado cabida al relato corto.
Si bien autores como Carver, Ford o Wolff renovaban en los años ochenta los planteamientos narrativos del género en la estela de sus maestros (Hemingway, Chejov, Faulkner, Chandler), los narradores que comienzan a escribir en los noventa dan la sensación de ser más técnicos a la hora de escribir.
Ejemplo de ellos son un David Foster Wallace o una Lorrie Moore. Sus influencias proceden en mayor medida de un aparato de televisión constantemente encendido (han visto la Guerra del Golfo, la desmitificación del despacho oval, las matanzas en las escuelas) y del cine más alejado de Hollywood.
Pero casi todos muestran un tema único: el desmoronamiento del american way of life y sus consecuencias.
La destrucción sistemática de los núcleos familiares desde el punto de vista del adolescente, el fracaso de la vida en pareja, el desarraigo de los inmigrantes, las repercusiones de la guerra de Vietnam, la incomunicación entre padres e hijos, la tragicomedia infantil de los yuppies cuando entran en contacto con la naturaleza, la violencia del sexo furtivo y el sadomasoquismo son algunos de los temas que discurren por las páginas de este Habrá una vez.