La condición humana está plagada de aspectos profundamente siniestros, que cada quien mantiene ocultos.
Cuando éstos emergen a la luz, dan lugar a situaciones verdaderamente monstruosas, que sin embargo, no por ello dejan de ser cotidianas. Ese es el planteamiento que rige la escritura de Carlos Villarino en las 130 páginas que conforman su segundo libro de cuentos, titulado El otro infierno. El volumen, publicado recientemente por el sello Ediciones B, está conformado por 14 cuentos en los cuales las situaciones más bizarras cobran verosimilitud. Es el caso, por ejemplo, de Mal viaje, un relato que Villarino concibió tras leer en el periódico que un joven había sido arrestado por masturbarse y orinar a los pasajeros de un vuelo internacional. "En ese cuento intenté encontrar una solución a por qué ese hombre había hecho eso. Quise insertar un evento bizarro y casi sicótico en la realidad, sin recurrir a la salida fácil de decir que el tipo está loco", comenta Villarino.
El otro infierno, el relato que da nombre al libro, es un intento de confrontar al lector con sus propias creencias y con las convenciones sociales de carácter teológico y religioso. "Me propongo llevar a los personajes a una situación límite en la que tienen que cuestionar sus propias categorías de lo que es bueno o lo que es malo, lo celestial o lo infernal. Los personajes del cuento toman unas decisiones esperando ser retribuidos en el más allá, pero cuando ese más allá llega resulta que se ven atrapados en una situación absurda".
Villarino plantea "una exploración de las dimensiones alucinantes de la vida cotidiana", a través del ejercicio de la escritura, un ámbito en el cual su experiencia como psicólogo resulta clave. La base de sus historias son las situaciones límite y los personajes siniestros. "Mis personajes en general son todos unos individuos con los que uno no quisiera encontrarse. Tienen dimensiones oscuras, perversas, malignas e incluso ridículas. Lo que ocurre es que no me salen los héroes. Sobrevivir en un país como el nuestro ya implica una dimensión heroica, pero me cuesta plasmarla por escrito", dice el cuentista.
Los relatos de Villarino están inscritos en la tradición de los mejores cuentistas latinoamericanos.
El final de cada historia es como un puñetazo en la cara, un efecto que muchos narradores buscan pero que no todos logran. "Soy un poco ortodoxo en el género. Para mí el cuento tiene que cumplir una promesa en un espacio reducido de páginas, sin ser predecible. Debe generar tensión narrativa, la expectativa de que algo va a ocurrir, y efectivamente algo ocurre, pero nunca es lo que el lector se imagina. Si no pasa algo que sorprenda sin ser efectista, que pueda dejar al lector pensando sobre lo que leyó, el cuento no funciona; es un fragmento de una novela o es otro género".
Villarino debutó como escritor en 2005, con el libro Menarquias y otros fluidos. La obra está conformada por 12 cuentos escritos por el caraqueño a partir de 2000, con los cuales participó en un concurso de la editorial del Estado. El leitmotiv de la ópera prima eran las situaciones inquietantes y desconcertantes, una senda que como autor, Villarino se ha propuesto seguir explorando.