En Seognam, una ciudad ubicada a 15 minutos de Seúl aproximadamente, Gustavo Dudamel rompió el protocolo de cualquier concierto. Antes del primer intermedio, ya había entrado y salido varias veces del escenario.
Los aplausos se lo exigían. Llegó el momento en el que el director debía hacer la señal de costumbre para que se levantaran de sus sillas aquellos músicos que tuvieron un solo destacado durante las obras que acababan de interpretar. Así lo hizo, pero cuando vio a Katherine Rivas, la primera flauta, tuvo que hacer algo más, algo realmente atípico.
Fue a su puesto y la llevó de la mano hasta el podio para que la aplaudieran, un gesto realmente atrevido en una sala de conciertos. Es la primera vez que esto sucede en una gira.
Rivas no sabía qué hacer. En su rostro batallaban una sonrisa espléndida y una mirada que escrutaba el piso. No podía con la sabrosa pena. Aún no lo puede creer.
Los solos que Rivas interpretó en las obras Daphnis et Chloé, de Maurice Ravel, y Santa Cruz de Pacairigua, del compositor venezolano Evencio Castellanos, erizaron hasta al más desprevenido. Todas las miradas, todos...