REPÚBLICA DOMINICANA: De vuelta al barrio con Enrique Olmos Vidal - EntornoInteligente

El Caribe / Cuando me enteré de su fallecimiento ya había pasado un mes de su partida hacia otra galaxia. Me ocultaron la infausta noticia por temor a que mi mala salud de hierro me hiciera una mala jugada. Las lágrimas y los buenos recuerdos compartidos me ayudaron a mitigar el dolor por la pérdida de un amigo y compañero entrañable: Enrique Olmos Vidal (Enriquillo o el Rubio). Asistí, el domingo 23 de abril, a la Iglesia de San Juan Bosco, a la misa que sus hermanos, Carmen y César, le ofrecieron. Allí estaban, su cuñada, Taty Olmos, Josefina Pimentel, Jeannette Miller, Arielina (mi hermana), las Villalona (Jacqueline, Nidia y Judith), Fefita Flores, Patricia (la esposa de Maki), Iberia Jiménez, Teresa Espaillat, Sonia Vargas, y junto a ellas, Henry Acosta, Ismael de Peña Tactuck (Maki), Víctor García Alecont (Cuquito), Freddy Agüero y Tony Raful, testimoniando con su presencia el cariño y la admiración por Enrique, su alegría por su vuelta al barrio convertido en una estrella. Al oír invocar su nombre desde el púlpito, mi imaginación se remontó a los años 59, 60 y 61, en el barrio de San Juan Bosco, a la calle del mismo nombre, la 30 de Marzo, San Francisco de Macorís, Francia, Dr. Delgado, Galván, Rosa Duarte, Martín Puchi y la Cachimán, límites geográficos de un vecindario donde fraguamos y forjamos una sociedad de amistad, afectos y complicidades que ha pasado todo tipo de pruebas en los avatares de la vida y que sigue siendo un valor permanente en nuestras conductas ciudadanas y familiares. El intermitente reflejo en el espejo de mi mente de la espigada figura del hijo de doña Juanita Vidal y el capitán César Marcelino Olmos Monclús acompañaron durante la misa las oraciones y cánticos en su memoria y me hizo recordar que aunque los años pasan, pesan y pisan, los sobrevivientes y los idos, que alcanzamos la mayoría de edad cuando en nuestro país, luego del ajusticiamiento del tirano, entró en una turbulenta y prolongada transición de la dictadura a la democracia, somos los “teenagers” rockanroleros, fans de Walterio Coll, los Happy’s y los Dominican Boys, de Elvis, de Bill Haly y sus Cometas; los aprendices de bailarines en los CNF de la barriada y los bailes de Carnaval del Golfito y el Club de la Juventud; fanáticos nostálgicos de la pelota entre Leones, Tigres, Águilas y Elefantes; de la lucha libre del Cacique, el Bucanero, Fu Lin Chan y el Mexicano, Budy Montes; pasajeros sabatinos de las guaguas de dos pisos y de las yolas que cruzaban el Ozama por 5 cheles; excursionistas y “boyscouts” en las Cuevas de Santa Ana, la Toma de San Cristóbal, Boca Chica y la Matica; inexpertos cazadores de besos furtivos y caricias breves en zaguanes o en el último piso del Cine Rialto; fisgones (brecheros) ocasionales de las divas de la época; estudiantes de colegios privados o escuelas públicas; autodidactas y graduados universitarios; en fin, los muchachos y las muchachas del barrio de San Juan Bosco. Frank Pratts, Roberto Carlo, Fonsito Güémez, Víctor Núñez, Manuel Soriano, Rafaelito Martínez (el Chivo), Cucho García Alecont y el profesor Casado Soler fueron pioneros, en el barrio, del despertar y la resistencia antidictatorial, pagando o con la cárcel o con la tortura, la juvenil osadía de fundar el movimiento clandestino la Nueva Trinitaria. A partir de entonces, se adueñó de nuestras mentes y corazones, la consigna del 1J4 de “dulce y decoroso es morir por la Patria” y toda una generación se vistió de verde y negro para, entonando el himno de “Llegaron llenos de patriotismo, enamorados de un puro ideal…” acompañar a Manuel Aurelio Tavárez Justo (Manolo) en su cruzada por la Revolución de Liberación Nacional. Así nació el Subcomité del 1J4, del barrio de San Juan Bosco, ubicado en un pequeño local en la Dr. Delgado, y presidido por Henry Acosta. Allí hicieron sus pininos políticos como militantes catorcistas, una buena parte de los jóvenes del vecindario, como Osvaldo Vásquez (el Chori), Tavo, Marcos y Celeste Golibart, Píndaro Nilo Goico, Gregorio Hiciano, Iberia Jiménez, Luis Adolfo Montás (Pin), Katia, Maki y Mirna de Peña Tactuck, entre otros. Allí también nos iniciamos en la “infraestructura”, Enrique y yo, teniendo como instructores en el estudio de la filosofía, la economía política y los fundamentos del socialismo, a Roberto Duvergé y Fidelio Despradel. Desde ese local, marchamos por toda la 30 de Marzo (punto de concentración: la Barra Payán), con banderas verde y negra, hacia el Altar de la Patria, el 14 de junio del 1962 y del 1963, para escuchar de los labios de Manolo su histórica sentencia: “Óiganlo bien, señores de la reacción, si imposibilitan la lucha pacífica del pueblo, el 14 de Junio sabe muy bien donde están las escarpadas montañas de Quisqueya, y a ellas iremos para mantener encendida la llama de la libertad…” Manolo cumplió con su palabra, y en respuesta al golpe que derrocó al Gobierno Constitucional del profesor Juan Bosch, y que ilegalizó al 1J4, marchó hacia las escarpadas montañas de Quisqueya. En los días que siguieron al golpe (25/septiembre/63) y la caída (asesinato) de Manolo y sus compañeros, los militantes catorcistas del Subcomité de San Juan Bosco, operamos clandestinamente, usando como centro de contacto y coordinación, los apartamentos de don Saturio Jiménez y de Eliseo de Peña, en la 30 de marzo. Enrique Olmos se mantuvo, en esos días, en la primera línea de combate, cumpliendo con su deber revolucionario. En 1964, Enrique emigró hacia Europa, instalándose en Madrid, España, e iniciando así un largo peregrinaje por varias de las capitales del Viejo Continente. En abril del 1965, intentó ingresar desde Puerto Rico a su patria para incorporarse a la Revolución Constitucionalista; fue impedido de entrar y deportado hacia la Isla del Encanto. En el 66 y 67, de nuevo residiendo en Madrid, visitó al coronel Caamaño, en Londres y en París. Nos reencontramos en abril del 1968, en la capital española, cuando me dirigía a la Ciudad Luz (París), en calidad de representante político del Movimiento Revolucionario 14 de Junio. Nos mantuvimos en contacto hasta mi retorno al país. Supe, después de un buen tiempo sin noticias suyas, que había fijado residencia en los Estados Unidos, y que se había casado, y procreado familia, al lado de una mujer del “noveno cielo”, la escritora boricua e independentista, Margarita Fernández, y que su única hija lleva el nombre de Gabriela. A ambas, mi admiración, cariño y respeto por haberlo querido y cuidado, por más de 30 años, como el primer día. Siempre podrán contar conmigo. No he querido indagar sobre los pormenores de su enfermedad y de su muerte. Sé que tomó su destino en sus propias manos, y así como eligió su manera de estar en la vida, decidió también su manera de morir. A nosotros, sus amigos y compañeros del barrio de San Juan Bosco, nos queda el desafío de seguir aprendiendo a vivir sin miedo, rencor o resentimiento, en este tiempo presente, que ya comienza a ser parte de nuestro pasado, y una marca de identidad de nuestro futuro. Sigamos apostando al entusiasmo y a la ilusión que signaron nuestro años mozos, porque estamos de vuelta al barrio, con el recuerdo siempre vivo de Enrique Olmos Vidal.

REPÚBLICA DOMINICANA: De vuelta al barrio con Enrique Olmos Vidal

Con Información de El Caribe

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