"Manolo, aguador ahogado": la historia detrás de la elegía inédita de Miguel Hernández - EntornoInteligente

Infobae / Dice la leyenda que siendo niño, Miguel Hernández, el gran poeta español, aprendió a leer en la oscuridad, porque su padre lo golpeaba si lo veía con un libro en la mano. Dice la leyenda que cuando falleció, hace ya 75 años, nunca cerró los ojos. Y hoy dice la historia que, aquel afán por crear, por descubrir, por comprender, sigue vivo y más si se tiene en cuenta la reciente aparición de una nueva elegía, que permaneció oculta, atesorada por su familia a lo largo de generaciones.  

Tres generaciones lo acunaron y leyeron, lo mantuvieron en secretos como a un tesoro que no se desea dejar ir, pero que la conciencia y el tiempo obligan a compartir. Miguel, aquel pastor de cabras que llevó sus orígenes de tierra, sol y sudor en la sangre, en su pluma y en su humildad, le regaló el poema a su hermana Elvira, su primera lectora, su crítica más fiel.

Y fue ella quien le recomendó no publicarlo. Es que la elegía, dedicada a un amigo, Manolo el aguador, contenía una crítica, un estilete que surgía desde el dolor de la pérdida, hacia la madre de su compañero de tardes en el monte, a quien le atribuía el última grado de responsabilidad y acusaba de mezquina.

Así, oculto del mundo, llegó hasta la nieta de Elvira, quien recibió la herencia de publicarlo, el legado de regalarlo a los lectores. Elvira conservó este poema, como así también las cartas y documentos de su hermano, hasta la fecha de su fallecimiento (en 1996), cuando pasan a manos de su hija mayor, Elvira Moreno Hernández, a quien años antes había confiado su custodia.

Miguel Hernández junto a su hermana Elvira “De Elvira Moreno, mi madre, todo el archivo pasa a mi poder en el 2016, con el encargo tácito de que lo haga público en el momento oportuno. Ambas transmisiones se han realizado con el acuerdo tanto de las otras hijas vivas de Elvira Hernández, Rosa y Concha, como del resto de sus nietas y nietos”, explicó Mar Campelo Moreno a La Vanguardia de España.

Si bien el manuscrito no está fechado, a través de los datos obtenidos en la hemeroteca, se  podría situar en las primeras semanas de agosto de 1935. Los diarios La Verdad (7 de agosto de 1935), El Día (7 de agosto), La Libertad (6 de agosto) y El Luchador (5 de agosto) refieren al fallecimiento de un aguador de nombre Manuel García Ortuño, alias Solajes, natural de Orihuela, pueblo que vio nacer al autor de Perito en lunas (1933) y El rayo que no cesa (1936).

“No puedo asegurar que se trate de la misma persona, pero las coincidencias tanto en el nombre, como en el oficio o en la causa de la muerte, pueden hacer pensar con cierta seguridad que este Manuel García Ortuño, que murió ahogado el 4 de agosto de 1935, es el destinatario de la elegía”, aseguró Campelo Moreno.

Para la sobrina nieta, “Manolo, aguador ahogado”  es “casi con toda seguridad” uno de los amigos  de la calle de Arriba, en la ciudad alicantina de Orihuela, donde el también dramaturgo pasó su infancia desde los cuatro años.

“El poeta muestra su dolor por el amigo muerto y la rabia por la injusticia de su muerte, a través de figuras y referencias utilizadas ya en sus poemas anteriores: el agua, la tierra, el yunque, el trueno, el arado, los dientes”, escribió su familiar, quien además -toda una especialista en la obra de su célebre familiar- agregó: “Las similitudes de esta elegía con la dedicada a Ramón Sijé, que escribiría pocos meses después –en enero de 1936–, tras la muerte de su amigo el 24 de diciembre de 1935, apoyan la fecha sugerida”.

Junto a su mujer Josefina Manresa en 1937 Mar Campelo Moreno explicó a La Vanguardia que “la elegía a Manolo el aguador toma la forma más clásica –que ya había utilizado en sus elegías previas– de laudatorio del amigo desaparecido en segunda persona, y sólo en la última estrofa se muestra el autor en su dolor y su ofrenda de lágrimas, de su voz (su arma más valiosa) y una vez más, la tierra, para terminar con dos endecasílabos puramente elegíacos. Esta exposición de sus sentimientos avanza lo que será la expresión del dolor desgarrado en primera persona de la elegía a Ramón Sijé, que es un canto desesperado, en el que arremete contra la muerte que llegó “temprano” y a la que “no perdona” y que culmina con la esperanza irracional de que el amigo vuelva, pues les ha quedado pendiente “hablar de muchas cosas”.

La excepcionalidad de esta nueva elegía va más allá de su espíritu inédito. Hernández, quien cultivó las formas clásicas como la elegía, realizó varias a  lo largo de su corta corta carrera -falleció a los 31 años- aunque eran dedicadas en general a personajes públicos o de su entorno, e incluso a algunos animales. Sin embargo, ésta, la de “Manolo, aguador ahogado” es la primera en la que persona muerta tiene una relación afectiva con él, lo toca como ninguna otra y es “en consecuencia, la primera con un tono íntimo, que muestra el dolor sincero y que camina hacia la culminación del género elegíaco en la dedicada a su ‘compañero del alma'”.

“Manolo, aguador ahogado” (Elegía inédita)

A punto de casarte te has ahogado.

Y una mujer tortura sus cabellos,

echa de menos un timón de olmo,

llora un novio de yunques resistentes,

un corazón de campanario en fiesta,

derramando jornales por el suelo, que unisteis

para pagar el azahar y el hijo.

Y otra mujer, tu madre, tan mezquina

que te crió con hierbas y mendrugos,

gime y te insulta porque ha de pagar tu entierro.

Hoy tendrán sed tinajas y gargantas,

hoy huelgan por ti fuentes y aguadores,

carros y surtidores, con los brazos caídos.

Tu cuerpo estaba hecho de herramientas sonoras:

parecías compuesto de disparos,

tu voz llevaba un trueno de las riendas

y dos trillos tus pasos, tan potentes

que quedaban las huellas de tus pies

grabadas en las losas.

Tú y la chicharra, de la misma especie.

Cuando hacías equilibrios sobre un cuchillo en pie,

cuando sobre tu carro

de cántaros templando sus guitarrones de agua,

relampagueando el látigo mordías al borrico,

cuando te desplegabas sobre tu acordeón,

caía seducida una hortelana.

Tú y Rosendo, los mozos más fornidos, Manolo.

Tu dilatado tórax ocupaba la calle,

a tu sien hondamente negra de juventud

acudían las venas y el amor a manojos,

parecía que nunca te habías de morir,

parecías verdad, y eras mentira.

Viniste al mundo derribando sillas

y levantando arados con los dientes,

tu mano mejoró la del león

y resistió tu espalda la caída de un pino.

Gremio de relucientes puñaladas,

suavemente las aguas te han matado.

Cuatro aguadores de anudados brazos

te llevan con los pies para delante.

Cuenta con mi dolor, cuenta conmigo,

y con mi corazón, y con mi lengua,

cuenta con un puñado de lágrimas y tierra,

cosechero que fuiste del estrépito,

privilegio acabado de la vida.

___________________

“Elegía” (a Ramón Sijé, publicada en El rayo no cesa )

Yo quiero ser llorando el hortelano

de la tierra que ocupas y estercolas,

compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas

y órganos mi dolor sin instrumento.

a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.

Tanto dolor se agrupa en mi costado,

que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,

un hachazo invisible y homicida,

un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,

lloro mi desventura y sus conjuntos

y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,

y sin calor de nadie y sin consuelo

voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,

temprano madrugó la madrugada,

temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,

no perdono a la vida desatenta,

no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta

de piedras, rayos y hachas estridentes

sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,

quiero apartar la tierra parte a parte

a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte

y besarte la noble calavera

y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera:

por los altos andamios de las flores

pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.

Volverás al arrullo de las rejas

de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,

y tu sangre se irán a cada lado

disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,

llama a un campo de almendras espumosas

mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas

del almendro de nata te requiero,

que tenemos que hablar de muchas cosas,

compañero del alma, compañero.

(10 de enero de 1936)

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