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El Universal / El uso del mentado ‘fast track’ acabó en un perfecto zascandileo de falaces. Lo que parecía ser el único punto de coincidencia entre pacifistas y guerreristas (las jurisdicciones especiales de paz para las víctimas del conflicto), desenfundó las malas intenciones que animaban a los enemigos de la solución negociada. Era mentira que, para ellos, el respeto a las víctimas estuviera por encima de los partidos, los rencores y las mezquindades.

Los tres bloques en que se agruparon resolvieron, unilateral y arbitrariamente, que las curules del proyecto que las vincularía a la Cámara de Representantes no eran para las víctimas sino para las Farc. El mismo macartismo que, hizo anteayer 60 años, indujo a los doctores Alberto Lleras Camargo y Laureano Gómez a excluir, de una política de reconciliación, a los partidos minoritarios de izquierda, la torpe maniobra que originó la oposición armada y medio siglo de guerra a muerte.

Somos los mismos de hace seis décadas, y pasamos impávidos sobre nuestros errores, y no estamos acondicionados para cambiar de mentalidad y escapar, de la marcha sonámbula en que andamos, hacia un tránsito sin tumbos en la evolución democrática. Al contrario, somos los audaces transgresores, válidamente cuestionados, de un patrimonio histórico que cambiamos por un hiperpragmatismo cortado y cosido para la Colombia de la posverdad, necesitada de una purga de basura humana tan indispensable como urgente.

Es por eso por lo que no podemos tener un país distinto a este fiel reflejo de nuestros líderes y partidos, negado para que de su oligarquía de caporales políticos y grupos de presión salga la reflexión que le confiera calidad a una forma de orientar y dirigir que desconecta la patria de sus conciencias, con una mixtura impotable de irresponsabilidad y soberbia apta para alborotar a los miedosos con presagios apocalípticos. El pánico que infunde la expresión “Castrochavismo”, acuñada por José Obdulio Gaviria para avivar la lujuria fonética de su jefe, puso en órbita a Vargas Lleras y a los goditos para birlar a las víctimas.

Estamos lejos de ser un país con líneas de mando que estabilicen nuestra vida social. Tenemos territorio, población y soberanía, pero no el potencial político que relegitime las instituciones que los Santos y los Uribes han deslegitimado. La confianza que los colombianos hemos perdido en el poder ha roto en pedazos la cohesión nacional, y la correlación autoridad y obediencia riñe con las falacias que desfilan por la pasarela de nuestro emblemático, arquetípico y descaecido Estado de derecho.

Se trataba, en resumidas cuentas, de que el conejo a la inclusión de las víctimas en nuestro cascarón democrático, empatara con el conejo al plebiscito de 2016. Así se juega con el destino de un pueblo.

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Con Información de El Universal

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