Juan Fernando Hincapié, entre fintas y tiempos verbales - EntornoInteligente

Juan Fernando Hincapié, entre fintas y tiempos verbales / El Espectador / Egresado de una maestría en escritura creativa, autor de dos libros publicados: uno de relatos, Gringadas (2010, Ediciones B); y una novela, Gramática pura (2015, Rey Naranjo), futbolista amateur y con un pregrado en Administración de empresas, Juan Fernando Hincapié (Bogotá, 1978) hace parte de ese grupo de narradores emergentes colombianos que ya empieza a llamar la atención del público y de la prensa cultural.

En una entrevista dijo usted que en su caso la lectura fue el desencadenante de la vocación literaria. En concreto, ¿qué lecturas tenía en la cabeza cuando escribió su cuento premiado “Tus cucos”?

Un autor muy importante para mí es el peruano Bryce Echenique. A los veinte años leí El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz. Hasta entonces había leído algunos libros, pero, a decir verdad, me parecía aburrido. Me bastaron unas hojas de Bryce Echenique para entender que se puede contar una historia con humor y gracia, y es de esta manera que he tratado de redactar mis propios libros. Además, gracias a él llegué a otros autores que han sido fundamentales para mí: César Vallejo y Julio Ramón Ribeyro, unos cracks totales. En cuanto al relato Tus cucos, ahora no recuerdo qué leía entonces. Pese a que no es un cuento erótico, sino más bien uno que da cuenta de una obsesión, creo que es justo nombrar otro libro que me encandiló: Las edades de Lulú, de la escritora madrileña Almudena Grandes. Entonces prestaba el servicio militar: lo leí en el bus que me llevaba a casa por toda la avenida Caracas, y miraba aterrado a ver si alguien me estaba mirando. ¿Se podía hacer eso? ¿Qué era «Almudena»? ¿Un hombre? ¿Una mujer? ¿Un seudónimo? Lo leí literalmente de una sentada, como se lee lo que más nos gusta.

Emilia Restrepo Williamson, la narradora de “Gramática pura”, mete la cucharada continuamente, reta al lector. Háblenos de cómo construyó tan singular personaje.

Sabía que quería escribir un manual de gramática novelado. Quería hacerlo divertido, entremezclando toda suerte de comentarios y vivencias, para aligerar un poco el peso de la palabra “gramática”. Más o menos al estilo de Argos en Gazaperas gramaticales, pero con una historia detrás. Comencé a trabajar como si el personaje fuera un hombre, pero rápidamente me di cuenta de que no quería hacer un personaje como el de mi primer libro, Gringadas. Es decir, un hombre más o menos de mi edad, una primera persona de esas características. Quería hacer otra cosa. Por la época leí una novela que me gustó muchísimo: Ciencias morales, del escritor argentino Martín Kohan, que está brillantemente narrado por una mujer.

Aparte de la gramática otro de los temas presentes en su obra es el fútbol. ¿Qué encuentra en el balompié que le atraiga al punto de hacerlo parte de su universo narrativo? ¿Qué pasó con la novela “Los 23 idiotas” que hace un tiempo anunció?

Me interesa mucho el fútbol como tema narrativo. Está presente prácticamente en todo lo que escribo. En Gramática pura es en donde menos está presente, pero no me pude contener: Emilia tiene sus opiniones sobre el fútbol. Siempre he sido futbolista, y creo que conozco bien el universo del futbolista amateur. A decir verdad, poco me interesa el fútbol profesional, no siento que sea un tema muy literario. Es muy extraño que aún no tengamos la gran novela de fútbol, siendo el fútbol tan popular. Está Fontanarrosa, que es el Messi de la literatura de fútbol; Soriano también es bueno; la novela El regate del brasileño Sérgio Rodrigues es excelente. No obstante estos buenos ejemplos, aún seguimos esperando la gran novela, y no digo que yo la haya escrito ni mucho menos, Los 23 idiotas es un proyecto que quiero mucho porque con él aprendí a escribir.

¿Qué tanto sirvieron en su formación de escritor los estudios en escritura creativa: tanto los de la Central como los de la Universidad de Texas, en El Paso? ¿Qué herramientas le dieron para el oficio?

Es una pregunta difícil, porque es difícil cuantificar qué tanto ha servido o no. Recuerdo que la Central era divertida principalmente por los compañeros: siempre terminábamos en algún bar del centro. No recuerdo que se tallereara mucho: éramos como treinta personas en el salón y se hacía difícil. Seguramente con la maestría que tienen ahora hay más tiempo para todo esto. La Universidad de Texas en El Paso, de otro lado, ofrece lo que más se necesita: tiempo. Nunca antes (ni después) tuve tanto tiempo para leer y escribir, y eso es un tesoro para una persona que está en formación. Además, todos los profesores son escritores que, además de su faceta académica, publican todo tipo de libros. También sobresale un aspecto que pocos rescatan: a los alumnos que van de Latinoamérica los suelen ubicar como profesores de español. Creo que a partir de este punto comenzó todo mi interés en la gramática, que ha sido crucial en mi formación como escritor. Sé que ahora proliferan los talleres de escritura, es evidente que hay una sobreoferta. Desde luego, es una buena oportunidad laboral para los escritores, pero de ahí a que sirva de mucho… Es como abrir un café internet hace veinte años.

Con Información de El Espectador

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