?Flagellum? - EntornoInteligente

Tal Cual / Por ahora nos calamos el flagellum que cae sobre esta sociedad maltratada, va y viene sin cesar y nos llena de profundas heridas sin que medien mayores consideraciones Salgo y me encuentro con un paisaje desolador. La basura cubre una calle que se ha convertido en un vertedero putrefacto donde pululan las moscas. Hay aceite quemado regado en los alrededores, se trata de una trampa para los transeúntes. Hay alambres y cables cruzando las aceras dificultando el paso. Algunos parapetos cierran las calles. Los vecinos nos encontramos medio presos, nos toca saltar sobre peligrosos escombros, para escapar de la lógica del absurdo que nos habita. Al parecer por estos lados alguna gente ha decidido que debemos flagelarnos, golpearnos hasta más no poder, infligirnos daño todo lo que sea posible. Todo esto me causa una inevitable sensación de zozobra, a fin de cuentas, todavía no me queda claro cuál es el pecado que me obligan a expiar.

Salgo a la calle y me encuentro con un grupo de muchachos bastante jóvenes, flacos, que deben haber dormido por allí y que, al parecer, acaban justo de colonizar y apropiarse de los alrededores imponiendo su ley. Se trata de una ‘zona gris’. Uno de los chicos se encuentra apostado en uno de los improvisados pasadizos que permite el paso de un lado a otro. Se trata de un vigilante que, al parecer, administra el lugar creyéndose uno de los miembros de la partida de Robín Hood. Un hombre va adelante, hay un intercambio de palabras, el muchacho le increpa preguntándole si se trataba de un infiltrado. El chico alza la voz, se torna agresivo, levanta el pecho, se pone ‘gallito’. El hombre baja la mirada en gesto de sumisión y casi en tono de disculpa le explica que no, que es más bien un vecino preguntón, que vive por la zona.

El joven combatiente lo deja pasar con una advertencia entre los labios: -‘Acá sabemos muy bien qué hacer con los infiltrados’-, dice. Yo logro franquear sin mayores contratiempos, pero sin evitar preguntarme a qué nos estamos enfrentando. Como si ya no fuese suficiente con verle la cara a la represión estatal, a la ineficiencia de la administración, a las marchas constantes, a la ciudad sitiada, a la pobreza de nuestro discurso público, a la locura que nos carcome; tenemos, ahora, que lidiar con estos ‘héroes’ que nadie conoce, que no sabemos a qué o a quién responden, qué intereses representan, qué buscan. Es así como surge entre nosotros una nueva forma del miedo, como si ese nuevo componente de la crisis nos hiciera falta. Yo me pregunto qué pasará cuando las fuerzas telúricas de la anarquía -que hemos desatado- se instalen, aún más, entre nosotros; quién va a lidiar con el asunto; a quién le vamos a pedir cacao.

Yo defiendo a brazo perdido la protesta cívica. Es un Derecho Constitucional al cual no estoy dispuesto a renunciar bajo ninguna circunstancia, por el cual estoy dispuesto a pagar el precio. Pienso que cada vez que escribo estoy protestando, dejo oír mi voz a quien quiera escucharla, planteo mis puntos de vista. Lo hago así, a viva voz y frente a la mirada pública. Hay tres cosas en las que no creo: en el suicidio, en la autoflagelación y en el anonimato. De allí que firme mis trabajos, que ponga la cara al frente, que hable con mi propia voz y desde mis convicciones, -no escribo nada que otro firme, ni aspiro a ningún cargo (por si acaso)-.

Uno tiene responsabilidades públicas que debe asumir socráticamente. Uno tiene la responsabilidad de decir las cosas que le corresponde decir. Uno debe resistir las imposiciones de la sinrazón. Uno debe auspiciar la democracia como forma de organización social, tanto como la igualdad, tanto como el reconocimiento del otro. Uno debe construir diálogos constructivos, reconocer sus errores y señalar los errores de los demás cuando afectan la vida pública, y, finalmente, uno debe protestar desde su identidad, con la cara al descubierto, sin dobles intenciones y dispuestos a asumir las consecuencias de sus actos. Uno, con sus más y sus menos, no es más ni menos que pura y simplemente un ciudadano.

Hacerlo de otra manera deja afuera una esfera ética que pervierte la acción política, que la convierte en una acción disforme y peligrosa, que nos hace perder de vista que el objetivo final del juego político democrático no es el poder sino la posibilidad de alcanzar el establecimiento de formas de convivencia pacífica, razonablemente incluyentes, razonablemente buenas, razonablemente decentes. Nada de lo que se logre a través de medios inadecuados nos traerá buenas consecuencias. La actitud cívica es más poderosa de lo que se percibe. Los ojos apenas nos permiten ver lo aparente, lo que está al frente. Nos toca aprender a ver un poco más allá. La mirada del arquero siempre en una mirada más larga, más penetrante.

Por ahora nos calamos el flagellum que cae sobre esta sociedad maltratada, va y viene sin cesar y nos llena de profundas heridas sin que medien mayores consideraciones.

Este medio no se hace responsable por las opiniones emitidas por sus colaboradores ?Flagellum?

Con Información de Tal Cual

www.entornointeligente.com

Síguenos en Twitter @entornoi

Add comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *




Instagram

Username or hashtag @entornointeligente is incorrect.