ESPAÑA: La larga sombra de la Guerra Fría - EntornoInteligente

Expansión / Durante 40 años, gran parte de la humanidad estuvo en riesgo de una guerra nuclear, especialmente EEUU, la Unión Soviética y sus respectivos aliados.

A mediados de la década de 1970 Washington y Moscú poseían decenas de miles de armas nucleares con las que podrían haber destruido la civilización de un golpe. También existía el riesgo de una guerra convencional en Europa entre la OTAN y el Pacto de Varsovia. Cuando el ejército soviético ocupó Afganistán a principios de la década de 1980, las relaciones entre EEUU y la URSS se hundieron hasta un nivel que Odd Arne Westad califica de “muy peligroso” en su libro “The Cold War: A World History”.

A la luz del inquietante clima internacional actual, el suspiro colectivo de alivio emitido cuando la guerra fría se acabó en 1989-1991 puede parecer prematuro. Bajo el mandato de Vladimir Putin, las relaciones entre EEUU y Rusia se han ido deteriorando de forma continua y ahora son las más gélidas desde hace más de 30 años. Aún más inquietante es la amenaza del uso de armas nucleares en la confrontación entre Corea del Norte y EEUU.

La historia nunca se repite exactamente. Las condiciones actuales no son comparables a las de la Guerra Fría. Sin embargo, hay legados de ésta que permanecen. Los orígenes de la confrontación entre Corea del Norte y EEUU se remontan a la falta de un acuerdo global después de la Guerra de Corea. La península coreana es “el foco de tensión más peligroso de la tierra”, dice Bridget Kendall en su libro “The Cold War: A New Oral History of Life Between East and West”.

Los inicios del caos mundial Asimismo, como señala Rodric Braithwaite en “Armageddon and Paranoia: The Nuclear Confrontation”, las tensiones actuales entre EEUU y Rusia se deben en gran medida al resentimiento acumulado en Moscú por el hundimiento de la Unión Soviética y por el arrogante triunfalismo estadounidense. “El mito de que un gran país había sido destruido por una combinación letal de enemigos extranjeros y traidores nacionales sobrevivió, se arraigó profundamente y floreció en la Rusia de Putin”, escribe Braithwaite.

Los tres libros son ricos en detalles procedentes de archivos y de entrevistas con políticos, soldados, científicos y otras personas que vivieron en la guerra fría. Westad, especialista en China y en la guerra fría, habla también sobre países asiáticos y América Latina; Braithwaite, ex embajador de Reino Unido en Moscú, es especialmente bueno en la política soviética de armas nucleares; y Kendall, ex corresponsal de la BBC en Moscú, presenta introducciones excelentes a 30 acontecimientos históricos.

El libro más ambicioso es el de Westad. Señala que las raíces de la lucha entre las superpotencias se remontan a antes de 1914, cuando Rusia y EEUU eran potencias continentales en crecimiento y se produjo una gran división en la izquierda europea entre los socialistas democráticos y los comunistas revolucionarios. Esta división contribuyó a la toma de Rusia por los bolcheviques en 1917 e implica que existió una guerra fría embrionaria antes de 1945, oculta por la necesidad de unirse contra los nazis, el enemigo común de ambas partes. Westad explica bien esta situación: “La pregunta que se hace a menudo -¿por qué ocurrió la Guerra Fría cuando EEUU y la URSS pudieron ser aliados en la Segunda Guerra Mundial?- es errónea: los dos eran aliados accidentales en una guerra provocada por sus enemigos mutuos. Era casi inevitable que hubiera un conflicto después”.

Westad critica a los políticos estadounidenses de finales de los años cuarenta por no mantener abiertos los canales de la cultura, la ciencia y el comercio con Moscú, pero es difícil que algo convenciera a Stalin de la buena voluntad estadounidense. En abril de 1945 dijo a los dirigentes comunistas yugoslavos lo siguiente: “Esta guerra no es como en el pasado, todo el mundo impone su sistema con su ejército”.

Por su parte, EEUU llegó a la conclusión de que para que Alemania Occidental se recuperara económicamente tenía que integrarse plenamente en Europa Occidental. En respuesta al Plan Marshall y a la reforma monetaria alemana que dio lugar al marco, Stalin impuso el bloqueo de Berlín -el primer enfrentamiento real de la Guerra Fría- e instaló regímenes títeres comunistas brutales en Europa del Este.

Una visión de futuro a medias Westad señala que, con el tiempo, los reformadores soviéticos llegaron a la conclusión de que las libertades nacionales en el bloque comunista eran esenciales para la paz mundial. Al recibir el Premio Nobel de la Paz en 1975, el físico disidente Andrei Sakharov subrayó en su discurso que “sólo la defensa de los derechos humanos garantiza que haya una base sólida para una auténtica cooperación internacional a largo plazo”.

Esa visión de futuro la compartía Anatoly Chernyaev, consejero de política exterior de Mijaíl Gorbachov, cuyas reformas -en contra de sus intenciones originales- provocaron la desaparición de la URSS. En su diario, Chernyaev escribió: “Rusia no tiene otra opción, tiene que ser como todos los demás. Si sucede esto, los síndromes de la revolución de octubre y de Stalin desaparecerán y el mundo será totalmente diferente”.

En resumen, para que la Guerra Fría terminara, Moscú debía decidir que era bueno para sus propios intereses liberalizar el país y reducir su control en el extranjero. Westad insiste en que un elemento clave que contribuyó al fin de la Guerra Fría fue la voluntad de los líderes estadounidenses de negociar con sus homólogos soviéticos.

Durante su segundo mandato, Reagan estableció una relación notable con Gorbachov que alivió enormemente las tensiones entre las dos superpotencias.

La Unión Soviética probó su primera bomba atómica en 1949, cuatro años después de la de Hiroshima. Los políticos estadounidenses atribuyeron este avance al espionaje, pero Braithwaite dice en su libro que el éxito de Stalin se debió a “científicos de clase mundial, ingenieros inventivos, dirigentes dedicados, recursos laborales casi ilimitados, una brillante operación de espionaje con la que los rusos conocieron el programa estadounidense y un líder con mucha voluntad y autoridad”.

A principios de los años sesenta, cuando cada superpotencia podía destruir a la otra, la guerra nuclear parecía totalmente irracional. Sin embargo, Braithwaite cita las palabras del general Thomas Power, comandante del Comando Aéreo Estratégico de EEUU durante la crisis de los misiles cubanos: “¡La idea es matar a los bastardos!”

Braithwaite añade que al final el apocalipsis nunca sucedió porque los políticos de ambos países se esforzaron por mantener los riesgos bajos. Además, “no hay pruebas de que ninguno tuviera la intención de iniciar una guerra en Europa, convencional o nuclear”.

El libro de Kendall es esencialmente una recopilación de entrevistas realizadas en todo el mundo para una serie de programas de Radio 4 de la BBC sobre la Guerra Fría. Aproximadamente la mitad de los capítulos cubren acontecimientos ocurridos en Europa, haciendo énfasis en el bloque comunista.

El pensamiento humano de Sakharov está presente en las palabras de Lev Ponomarev, un disidente de la era soviética y ahora crítico de Putin: “¿Cómo podemos construir un estado democrático sin haber dicho la verdad sobre las monstruosas represiones que hubo bajo el mandato de Stalin? Muchos millones de personas murieron y nosotros somos sus descendientes. Para construir la democracia necesitamos entender por qué sucedió esto con el fin de no cometer un error la próxima vez. Todo esto se mantiene hoy: seguimos diciendo lo mismo”.

En otras palabras, el final de la Guerra Fría no aportó respuestas definitivas a algunas de las cuestiones más elementales de esa época. Una es cómo prevenir una guerra nuclear. Otra es cómo implantar y consolidar la libertad y la democracia. Pero la más importante es cómo asegurarnos de que aprendamos al menos algo de nuestro pasado.

ESPAÑA: La larga sombra de la Guerra Fría

Con Información de Expansión

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