ECUADOR: Quito, los quiteños, el Alcalde y el Presidente - EntornoInteligente

El Comercio / Terminaron las fiestas por la fundación española de la ciudad de Quito. Seguramente, unos cuantos quiteños aún se recuperarán de la resaca de tantas mañanas, tardes y noches. Diciembre es un mes parrandero en la capital y a eso todos los quiteños están acostumbrados -o deberían estarlo y a la fuerza si es necesario-.

Llegar hasta la Plaza de la Independencia en un 5 de diciembre para mirar y escuchar la serenata quiteña en honor al Presidente de la República puede resultar una tortura. Ir en auto es una empresa ardua y conseguir dónde estacionarse parece una epopeya, aunque finalmente y luego de tantas vueltas, el guardia del estacionamiento Cadisan retira el cartel que dice “lleno”; en ese momento, se puede sentir que algún santo se apiada de los conductores que coincidentemente se encontraban a sus puertas y lograron tener dónde dejar el automóvil.

Taxis libres en un día normal y en la noche casi no existen. Menos en un día así. Y los peatones, al parecer desesperados por salir, no solo estiran la mano a cualquier auto sino que preguntan: “perdone mi rey, ¿es un taxi?”; el rostro de desconsuelo ante la negativa es enorme. Y los trolebuses están tan llenos que siempre será mejor seguir caminando, quizá más allá, no se sabe dónde, habrá una alternativa.

Pero la alegría estaba en el atrio de la Catedral en donde el trío manabita Pambil hizo bailar al presidente Rafael Correa, al alcalde Augusto Barrera y a varios funcionarios del Gobierno y del Municipio con los sanjuanitos, albazos y pasacalles tradicionales. Y sus parejas eran evidentemente la envidia de la multitud que se agolpó en las vallas de seguridad: Cristina Elizalde, reina de Quito, su corte de honor, y la atracción de la noche: Constanza Báez, la mujer “que dio alegría a los ecuatorianos”, en palabras de Correa.

Rafael Correa no suelta el micrófono cuando de música popular se trata. Canta los pasillos El alma en los labios y Tejedora manabita. Pide que “no le dejen cantando solito” cuando los músicos se callaron para que él fuera la voz dominante. Barrera, en cambio, ríe, disfruta, pero se niega, con más timidez que otra cosa, a recitar un amorfino en honor a la reinas.

Pero no hay acto público sin discursos. Por fortuna, tanto Correa ni Barrera sobrepasaron los dos minutos. No solo coincidieron en el tiempo sino en dar sentido a la fiesta: ya no es privada, cuando se lo hacía al interior del Palacio de Carondelet, sino pública, para todos. Y aunque ahora el escenario del baile es la Plaza de la Independencia, los que no tenían una credencial se conformaron con mirarlos bailar, tomar fotos y aplaudir.

Una fiesta sana fue; ni una gota de alcohol recorrió la plaza. “Entre el vivir y el beber, elijamos vivir”, decía reiteradamente el maestro de ceremonias. Y así fue la noche en el centro de la ciudad, antes de partir hacia Chimbacalle, al sur de la urbe, en el parque El Pobre Diablo, en donde se cerró la noche para los dos gobernantes.

El día anterior, Correa y Barrera también estuvieron juntos para celebrar a la ciudad. En esa ocasión fue para inaugurar la primera fase de la Ruta Viva , que une la av. Simón Bolívar con el sector de Auqui Chico, en Cumbayá.

El Presidente alabó la obra y los logros que había alcanzado Barrera durante su gestión en el Municipio de Quito. Desde el aeropuerto hasta las vías que están en proceso de construcción.

Entre risas y alabanzas, ambos destacaron lo difícil que fue, según ellos, cumplir con las obras para Quito, luego de haber recibido la administración local desde “menos 0”. Correa aclaró que la conclusión de las vías, prevista para el 2015, será posible en coordinación entre el Gobierno central y la Municipalidad, dejando la puerta abierta al tema de la reelección.

Add comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *