COLOMBIA: San José de Uré se tiñe de sangre - EntornoInteligente

El Universal / Desde la ventana de oxidados barrotes veía la dantesca escena. Sus fornidos músculos parecían diluirse de pánico. Sus lágrimas corrían desenfrenadamente por un rostro adusto y quemado por el sol. Se llevó el índice derecho a sus labios, también temblorosos, en una clara señal para su mujer, María, y para sus hijos José David, María José y Penélope, todos menores de edad, para que hicieran silencio.

Sus ojos se posaron en la lámpara de gas que minutos antes había dejado de emitir luz. Estaba encima de una mesa de madera que le había regalado su madre cuando decidió irse a vivir a la vereda Alto Mira San Pedrito, zona rural de San José de Uré a forjar una nueva vida, junto a la mujer que había enamorado cuando salían de un culto cristiano en la vereda Quebrada Nueva, donde solo se llega después de caminar seis horas desde el casco urbano, por trochas y caminos llenos de fieras.

Trabajando de labriego había conseguido los pocos jornales de palma que servían de techo a su humide vivienda. Los rayos de luna se lograban colar por los espacios que quedaban entre una y otra. Esta vez la luz era más tenue que de costumbre.

En ese momento se sentía tan débil como los horcones de madera, pintados con brea negra, que sostenían la estructura de la casa hecha de tablas, con solo una habitación que tenía que compartir con toda su familia.

La pequeña ventana era en ese momento su único contacto con la realidad exterior. Desde allí vio un par de botas que se movía ágilmente en medio de la oscuridad. Eran talla 40, aproximadamente, y eso lo hizo suponer el tamaño del hombre que las portaba.

Quería que las horas pasaran rápido y que llegara la luz del sol, pero sus ruegos no fueron escuchados y el tiempo, por el contrario parecía detenerse.

Muerte y exilio

Escuchó una voz ronca, cegada por la ira, que le gritaba a Plinio Pulgarín, presidente de la Junta de Acción Comunal de la vereda Alto Mira que saliera de su casa. Era también pequeña, de palma y de tablas pintadas de un tenue gris y rosado como la de Juan Domicó.

El hombre no tuvo más remedio. Salió con un fusil apuntándole a su cabeza. Se paró al frente de los hombres, 12 en total, que en ese momento se habían convertido en sus verdugos. Imploró, pidió perdón, preguntaba por qué lo iban a matar. Sin embargo, la única respuesta que encontró fue una ráfaga que acabó con su vida en forma inmediata.

Su cuerpo cayó lentamente al piso, en cámara lenta, como presentan en las películas que alguna vez vio en el televisor de un vecino, pues en la vereda no hay energía eléctrica y ellos no tienen televisor. Tampoco tienen estufa porque la leña les resuelve el problema de tener que comprar una pipeta de gas, que además de costar casi 50 mil pesos, no tienen forma de transportar hasta ese apartado lugar de la región cordobesa.

Juan seguía con la mirada fija en la dantesca escena. Esta vez vio los uniformes camuflados que portaban los hombres que acababan de ajusticiar a su compadre. Todos estaban armados hasta los dientes y gritaban de manera desenfrenada tratando de imponer su voluntad a fuerza de bala.

Escucharon la orden perentoria que le dieron a la mujer de Pulgarín y a su hijo. “Tienen media hora para salir de la vereda antes que los matemos a ustedes también”.

Nadie en su casa se movía. Quedaron paralizados. El frío de la muerte recorría sus cuerpos. Las botas seguían moviéndose de un lugar a otro. Esta vez con dirección a su casa, ubicada a escasos 30 metros del cuerpo ensangrentado de la nueva víctima de la violencia del sur de Córdoba.

Sintieron cerca la muerte. Un fuerte golpe derribó la puerta de balso que los separaba del mundo exterior. Salgan todos a la plaza, gritó el hombre cuya diminuta figura no hacía alarde del timbre de su voz.

Todos afuera, repitió, pero Juan y su familia no se movían. Habían quedado petrificados del terror. Fue necesario un nuevo grito para que los cinco caminaran como autómatas hacia la pequeña plaza, llena de polvo colorado.

Varios vecinos que habían recibido la misma orden se encontraban en ese lugar. Nadie habló. Todos se miraron como dándose el último adiós.

Uno de los 12 hombres tomó la vocería y dijo que todos tenían que irse de la vereda porque iban a pelear el territorio. Eran 143 familias, integradas por 385 personas, a las que su sueño les había llegado al final.

Debían dejar todo lo que habían construido en medio de la pobreza en la que viven los campesinos del sur de Córdoba. El casco urbano, exactamente el polideportivo de San José de Uré, sería su nuevo hogar.

Junto a ellos tendrían que irse 25 familias de indígenas Embera Katío de la parcela Dochama. No había alternativa. Lo único que podría garantizarles la vida sería abandonar ese territorio, la otra opción era morir como Plinio Pulgarín Villadiego.

Cronología del éxodo por ola violenta

Ese fue el primero de los hechos violentos que han marcado la vida de los habitantes del sur de Córdoba. La Defensoría del Pueblo fue la primera en denunciarlos ante el Ministerio del Interior para evitar más desplazamiento, pero valió poco.

El 31 de enero de 2018, presuntos miembros de la estructura armada de “Los Caparrapos”, portando armas largas, llegaron hasta la vivienda del tesorero de la Junta de Acción Comunal de la vereda La Ilusión, corregimiento Batatalito, Antonio María Vargas Madrid, a quien asesinaron delante de su familia.

Primero lo hirieron en una pierna. Corrieron hacia el interior de su vivienda para revisar cada rincón de la misma. Al salir lo impactaron nuevamente hasta que se entinguió el último aliento de vida. Las 17 familias que vivían cerca del lugar también se fueron con lo único que tenían puesto.

El 18 de febrero otra vez el grupo de 12 hombres armados, los mismos de las botas pantaneras talla 40, llegaron a la vereda El Cerro, donde se ubica el cabildo indígena Zenú Raizal El Cerro. Saludaron y se presentaron como miembros del grupo armado ilegal Los Paisas. Sin embargo, la comunidad supo que no se trataba de ellos, sino de un grupo de las Autodefnesas Gaitanistas de Colombia, que también operan en la zona.

Los despojaron de sus celulares y les advirtieron que a partir de ese momento no podían salir del camino porque contaminarían el territorio con minas antipersonal. Luego se desplazaron por la vía que conduce a la vereda La Cabaña y a la altura de un sitio conocido como La Capilla, fueron emboscados por miembros de Los Caparrapos, quienes dieron muerte a dos de los miembros de las AGC.

La noche de terror fue más larga aún. Unas horas después un mototaxista de la localidad fue obligado a trasladar a un herido hasta el puesto de salud de San José de Uré, mientras que los cuerpos de otros dos miembros de las autodefensas fueron encontrados a un lado de la carretera donde permanecieron hasta el 20 de febrero de 2018, sin que se hubiese realizado las diligencias judiciales, debido a la existencia de un “plan pistola” dirigido por los grupos al margen de la ley en contra de miembros de la Policía Nacional.

Dos días después, el 20 de febrero de 2018, los jefes de hogar de nueve núcleos familiares integrados por 32 personas, se presentaron ante la Personería de San José de Uré, pero se abstuvieron de declarar su desplazamiento, pues algunos manifestaron haber recibido la orden de desplazarse, mientras que a otros se les prohibió hacerlo. No contaron la verdad. Un día antes, en horas de la mañana, miembros de Los Caparrapos y de las AGC, sostuvieron dos enfrentamientos con armas largas sobre la vía que une a los corregimientos de Versalles y Brazo Izquierdo; el primero de ellos fue a la altura de la placa huella; el segundo se presentó horas después en un cerro ubicado en dirección a la vereda San Pedrito, del corregimiento Versalles.

Desde las viviendas de los campesinos se podían ver los combates. Los destellos de las balas causaron pánico y solo bastó que el primero decidiera salir. Todos lo hicieron en silencio.

La lista de hechos violentos parece interminable. Ese mismo día, en horas de la noche, en una vivienda ubicada en la vía que comunica al corregimiento Brazo Izquierdo con el de Versalles, miembros de la guardia indígena de la parcialidad Embera Katío de Dochama, habían acudido a cargar sus celulares y fueron abordados por individuos que vestían uniformes camuflados y portaban dos fusiles cada uno. Eran presuntos integrantes de Los Caparrapos o Frente Virgilio Peralta Arenas. Los interrogaron sobre la ubicación de Donaciano Majoré, gobernador indígena de la comunidad de Dandadó y Aurelio Jumí, exgobernador de la parcialidad indígena de Dochama, lo que generó terror y desplazamiento.

El 22 de febrero nuevamente el crimen se tomó la región. En horas de la mañana, fue asesinado un hombre conocido con el alias de ‘Pitufo’ en la vereda Viera Abajo, zona rural de San José de Uré. Al sitio llegaron hombres fuertemente armados y sin mediar palabra le quitaron la vida. Aún las autoridades no han explicado por qué.

Esa situación generó la salida de 516 personas de la zona. Dejaron todo en lo que por muchos años había sido su hogar. Sin un peso en el bolsillo corrieron por las trochas para llegar a un lugar más seguro, por lo menos un poco más seguro.

Ahora Juan Domicó sigue mirando hacia el infinito, pero esta vez no lo hace desde la ventana de barrotes oxidados, sino desde el frío cemento de una construcción en el casco urbano donde están hacinados. Añora la brisa del campo, la luz que entraba por los espacios que se abrían entre palma y palma y el silencio de la noche iluminada por la vieja lámpara de gas que estaba sobre la mesa llena de recuerdos, ya olvidados con el paso de los días.

COLOMBIA: San José de Uré se tiñe de sangre

Con Información de El Universal

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