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El Universal / Entre 1995 y 2000 fueron muchas las ocasiones en que tuve la suerte de coincidir, en Sincelejo o en Montería, en Bogotá o en Cartagena, en el Dulce Nombre o en un matrimonio de postín, con Juancho Torres. El hombre, su arte, sus músicos y su gracia colmaban los salones de alegría y no dejaba de estrenar, entre una presentación y otra, un nuevo arreglo o una de sus celebradas composiciones.

Me acostumbré a su cátedra en cada encuentro. Me dedicaba el tiempo que fuera necesario para contarme lo que había grabado durante los seis meses o el año anterior, sin economizar detalles. A los pocos días, casi nunca más de una semana, la llegada del CD a mi casa era inmancable con una dedicatoria especial. No había baile donde, previa una señal de brazo en alto, no tocara las dos piezas de mi predilección: Los sabores del porro y Fiesta en corraleja.

Repasar la obra musical de Juancho Torres es corroborar que sus favores artísticos se centraban en las expresiones musicales de las sabanas de Sucre y el Sinú. La difusión de los autores de la zona, casi todos prestigiosos y prolíficos, fue para él un imperativo insoslayable, una especie de obligación consigo mismo que no requería insinuaciones. Lo cumplía con la más genuina espontaneidad, con admiración y fe en los valores vernáculos.

Desde niño, de solo oír un porro guapachoso le bailaban los rizos de su cabellera, como si un soplo repentino los agitara al compás de cada nota. Refería sus anécdotas -las de un episodio tras otro en el festejo familiar o en la puerta de la cantina-  con fruición, como si la magia inspiradora de la melodía y de los versos le transmitiera una descarga de energía. La pasión musical -decía- circula en la sangre. Por eso le puso escuela a la vocación en Inglaterra.

Con el legado de Juancho Torres se llega al convencimiento de que el porro es folclor, historia, sociología, poesía y etnomusicología. Por eso hay una teoría del porro que arranca desde sus orígenes (hayan sido las gaitas o las bandas) y continúa a lo largo de su desarrollo y sus modalidades (sabanero o palitiao). No hay duda de que la evolución lo depuró y de que los cambios perfeccionaron el producto, bailado en un sentido por las mujeres y en otro por los hombres pero complementando los movimientos.

El porro también es ceremonia y rito, danza y teatro, sudor y velas, entusiasmo y gritos. Además, es guía y modelo de otros aires musicales de estirpe parecida. Venga del porrazo (el golpe de porra sobre el bombo) o del porrito (un micro tambor), el porro no deja de ser sensación e impulso, fuego y misterio de nuestra raza y de su idiosincrasia. Son los elementos de su personalidad, y Juancho la interpretó valorando sus atributos y resaltándolos a través de los instrumentos, las voces y la armonía.

Eso hace que Juancho siga entre nosotros.

*Columnista

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Con Información de El Universal

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