CHILE: Las dificultades que el educador debe superar - Diario Financiero - EntornoInteligente

Diario Financiero / Por Carlo Card. Caffarra En un encuentro con padres y apoderados de su arquidiócesis, el arzobispo de Bolonia, Card. Carlo Caffarra, planteó las siguientes consideraciones frente al desafío que supone para la educación un contexto “multiculturalista”. Podemos decir que, en una primera aproximación, multiculturalismo significa coexistencia de diversas culturas en un mismo territorio; pero esta definición descriptiva ha ido transformándose de mano en mano hasta llegar a ser una ideología propiamente tal. La ideología del multiculturalismo considera que no existen criterios para medir la verdad y la bondad de los diversos discursos y de las diversas culturas: la monogamia tiene el mismo valor que la poligamia por cuanto cada una de las dos constituye parte de culturas distintas; la igualdad o desigualdad entre el hombre y la mujer en cuanto a su dignidad no se pueden evaluar en conformidad con un criterio universalmente válido. Y así sucesivamente podrían proseguir los ejemplos.

I. La primera y más grave dificultad con la cual puede encontrarse hoy el educador es la incertidumbre en cuanto al proyecto de vida que desea transmitir en el proceso educativo. Es como si el educador llevase cosido en su espalda un cartel con estas palabras: “No me sigan porque he perdido el camino”. Para comprender el peso específico, por así decir, de esta dificultad, debemos tener presentes algunos supuestos previos. Lo que pide la persona que ha llegado a este mundo, aun cuando no sea explícitamente, es ser introducida en la realidad. ¿Qué significa para una persona humana ser introducida en la realidad? Fundamentalmente, dos cosas inmediatamente: (a) [ser introducidos a] relacionarse con las demás personas mediante el uso progresivo de la propia libertad; (b) [ser introducidos a] ver, comprender cada realidad, comenzando por las demás personas en su verdad. Si la persona que ha llegado a este mundo se vuelve capaz de tener y de construir relaciones verdaderas y justas, es introducida en la realidad. Pero hay algo más profundo. La nueva persona tiene relaciones con su madre y su padre, con otras personas humanas, de manera que entra en un proceso de humanización cada vez mayor de su persona (crece en humanidad) mediante aquellos “bienes para el hombre” que realizan el “bien de la persona”. Piensen ustedes en el bien que representa para el hombre la instrucción, por dar solo un ejemplo. Ahora bien, gradualmente, pero cada vez con mayor claridad, en este proceso de humanización de sí misma, la persona apunta hacia una meta, es guiada por el deseo de alcanzar un objetivo que considera sumamente importante para constituir el sentido, es decir, la dirección fundamental de su vida. Puede ser el éxito o el reconocimiento social, como puede ser el deseo de dedicar su vida a los demás. Es esta “dirección fundamental” lo que diseña el rostro espiritual de cada persona: la beata Teresa de Calcuta no es Hitler, porque la dirección fundamental de una y otro van en sentido contrario. Si, como espero, he logrado ser claro, podemos expresar el todo diciendo: la persona humana no entra en la realidad movida simplemente por sus inclinaciones espontáneas, sino en conformidad con un proyecto de vida. Proyecto de vida significa: capacidad de construir relaciones con los demás (a); en conformidad con una dirección (= una manera de pensar y evaluar) fundamental (b). Hasta cierta edad, la persona necesita ayuda para proyectar su vida dentro de la realidad en la cual fue puesta al momento de nacer. La educación es precisamente esto: ser guiados a proyectar la propia vida. Se comprende de inmediato que el educador no puede ser guía si vive en la incertidumbre acerca de las respuestas a las preguntas fundamentales de la vida, es decir, si considera que, en el fondo de la pregunta “¿cuál es el verdadero proyecto de la vida?”, se pueden dar respuestas contrarias entre sí sin que la razón sea capaz de dirimir. La cuestión de la verdad. En una palabra, el educador no puede estar vacilante. Se ofrecería como guía sin conocer el camino. Ahora bien, personalmente considero que hoy, por motivos muy diversos y complejos, el educador puede ser acechado por la incertidumbre en cuanto a cuál proyecto de vida transmitir. ¿Cómo movernos en semejante condición? Son posibles al menos dos respuestas.

La primera: nada propongo en la incertidumbre, salvo -obviamente- las reglas imprescindibles del comportamiento social. Cuando la persona haya alcanzado la madurez, hará sus elecciones. Constituye de hecho la abdicación ante la propia responsabilidad educativa. Este camino de salida es bastante peligroso para la persona que pide y debe ser educada. Mientras más entra en el mundo, tanto más se encuentra en confrontación con múltiples visiones -interpretaciones- de la realidad. Y por consiguiente estará obligada a juzgar, evaluar, hacer elecciones. Careciendo de un criterio, no habiendo entrado al mundo con una identidad propia, con un rostro propio, será inevitablemente incapaz de elegir libremente y será sometida al poder de turno. La segunda: en la incertidumbre, me radico y me baso en la tradición que de generación en generación ha llegado hasta nosotros. Cada uno de nosotros nace en un mundo que nos ha sido transmitido, dentro de una morada que otros nos han edificado. Nuestra casa, también en este sentido, ha sido edificada por la fe cristiana. Para permanecer en su interior no es necesaria la fe, ya que estamos hablando de una cultura. Salir de ella sin saber adónde ir no puede sino exponernos a cada ventisca, a cada tempestad. Quien sale de su casa, debe ya tener otra. En la incertidumbre, permanezco donde ahora resido.

II. Existe luego una segunda dificultad sobre la cual desearía llamar la atención de ustedes, y que nace de una situación, más bien un proceso histórico del cual somos al mismo tiempo espectadores y actores. Partamos de la situación o proceso histórico. Este es designado normalmente con la palabra “multiculturalismo”. Podemos decir que, en una primera aproximación, multiculturalismo significa coexistencia de diversas culturas en un mismo territorio; pero esta definición descriptiva ha ido transformándose de mano en mano hasta llegar a ser una ideología propiamente tal. La ideología del multiculturalismo considera que no existen criterios para medir la verdad y la bondad de los diversos discursos y de las diversas culturas: la monogamia tiene el mismo valor que la poligamia por cuanto cada una de las dos forma parte de culturas distintas; la igualdad o desigualdad entre el hombre y la mujer en cuanto a su dignidad no se pueden evaluar en conformidad con un criterio universalmente válido. Y así sucesivamente podrían proseguir los ejemplos. Esta ideología puede tener efectos espirituales muy negativos. Puede conducir gradualmente a considerar que no existe una verdad susceptible de compartirse universalmente acerca de lo que es bien/mal de la persona. Es la insignificancia de la pregunta ética. Puede, por consiguiente, conducir gradualmente a un alejamiento de la propia identidad cultural, juzgando que en definitiva esta siempre y comoquiera implica intolerancia. Y se puede llegar hasta aquello que Benedicto XVI ha llamado odio a uno mismo y a la propia identidad cultural. No voy más allá en la presentación del proceso histórico del multiculturalismo. No es este el tema de nuestra reflexión. Ahora nos interesa ver de qué manera es relevante hoy en el acto educativo. El educador, en sustancia, puede pensar que por encontrarnos, como estamos, dentro de un proceso histórico, solo falta tomar conciencia del mismo. Y esto es verdad, es un acto de sabiduría educativa. ¿Cómo tomar conciencia? Este es el desafío educativo. Hay dos respuestas posibles. La primera: aceptando en sus dogmas fundamentales la ideología multiculturalista. Esto implica, en el plano educativo, negarse a construir identidades fuertes en el proceso educativo, contentándose en cambio con construir identidades débiles. Esto implica marginar progresivamente la relación educativa de la pasión por conocer la verdad acerca del bien de la persona, y por lo tanto de la pasión por la libertad entendida como sumisión únicamente al juicio de la recta razón. Esto implica, por último, educar solamente para la tolerancia, entendida -y ruego a ustedes en esto prestar atención- no como respeto incondicional por el otro, independientemente de cuál sea su visión del mundo, sino como neutralidad indiferente ante visiones opuestas del mundo. Me atrevería a decir: si un educador hace suya esta ideología, no puede generar personas verdaderas y libres. La segunda: tomando conciencia del proceso histórico, el educador parte de algunos supuestos previos. Toda cultura es expresión de la persona humana y por lo tanto, más allá de toda diversidad, siempre hay un hecho común: la persona humana. De lo anterior se desprende que la persona humana y el reconocimiento de sus bienes fundamentales constituyen el verdadero criterio de evaluación. Partiendo de este punto de vista, el educador ayuda a quienes le son confiados a crecer en su humanidad, en su identidad de personas verdaderas y libres, en conformidad con aquella cultura en la cual fuimos colocados en el momento de nuestro nacimiento. Mientras más eduquemos personas en el “sentido de lo humano”, tanto más serán ellas capaces de tener un verdadero diálogo con cada uno de los demás. ¿Qué significa “sentido de lo humano”? Existe un sentido del color, que me permite distinguir los colores y ver: el sentido de la vista, cuyo órgano es el ojo. Existe un sentido del sonido, que me permite distinguir los sonidos y escuchar: el sentido de la audición, cuyo órgano es el oído. Existe un “sentido de lo humano”, que me permite distinguir entre lo humano y lo inhumano: conforme o contrario a lo que es propiamente humano. Y el órgano es aquello que la gran tradición greco-cristiana llamó la razón práctica, que en su ejercicio llega hasta el juicio de la conciencia moral. Educar en el sentido de lo humano significa educar en este elevado ejercicio de nuestra razón, impregnado también de afectividad. No tengan miedo de decir: esto está bien, esto está mal; esto es verdadero, esto es falso. No me refiero a aspectos secundarios de la vida, sino a aquellos fundamentales. Es un gran desafío hoy la educación, como ven ustedes. Debe enfrentarse con procesos históricos grandiosos e imponentes.

III. Concluyo. Hemos tomado conciencia de dos de las dificultades más graves que hoy debe enfrentar el educador: la incertidumbre acerca del proyecto educativo y el proceso histórico del multiculturalismo. He procurado indicarles algunos caminos para enfrentarlas. Quizás el todo haya parecido a ustedes muy alejado de su práctica educativa cotidiana. No es así. Cuando se viven grandes procesos históricos, muy a menudo no nos percatamos plenamente de los mismos. Es una especie de ambiente espiritual que respiramos. Nuestros muchachos viven un giro de la historia; su vida de adultos será profundamente distinta de la nuestra.

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Con Información de Diario Financiero