Tánger, el misterioso puerto marroquí que hechizó a artistas de todo el planeta
 Inicio > Internacionales | Publicado el Domingo, 14 de Enero del 2018
Tánger, el misterioso puerto marroquí que hechizó a artistas de todo el planeta
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La Nacion / Foto: LA NACION La foto. Qu√© placer describir fotos. Blanco y negro tirando a sepia con el horizonte chueco, como si un ni√Īo se hubiera metido en el cuarto oscuro para torcer el fondo. Tres protagonistas, dos fisgones y el hombre de la c√°mara. 1957, T√°nger. Una playa mansa y algunas construcciones detr√°s. T√©cnicamente: una bah√≠a.

A la izquierda, de pie sobre la arena, un desgarbado Peter Orlovsky (24 a√Īos) en traje de ba√Īo, las piernas apenas flexionadas en pose an√≥mala, los pu√Īos cerrados, una sonrisa que no fue captada en su mejor sonrisa. A su lado est√° Kerouac (35 a√Īos) -ese apellido vuelto minarete de nomadismo y literatura- con cierto aire a De Niro en Toro salvaje : las patas el√°sticas en tensi√≥n, los brazos rodean la espalda, el b√≥xer arremangado se adhiere a la piel en se√Īal de un reciente chapuz√≥n, un franco y p√≠caro re√≠r, ¬Ņun diente roto? Me gustar√≠a saber qu√© piensan las personas impresas en gelatina de plata.

Al lado del autor de En el camino, es decir a la derecha de la imagen, un Burroughs (43 a√Īos) socarr√≥n vestido con jeans y chamarra, echado en la arena como un camello que duerme su pl√°cida siesta des√©rtica, qui√©n sabe si colocado, pera sobre nudillos, las puntas de los botines casi-casi se van de cuadro. En segundo plano asoma un fisg√≥n caminando que parecer√≠a emular la facha de Orlovsky y de Kerouac; en la mitad exacta de la instant√°nea el otro fisg√≥n parecer√≠a emular la facha de Burroughs.

¬ŅEl fot√≥grafo? Adivinen y ganan el pozo. ¬ŅSe los digo? Es bastante obvio. Ginsberg (31 a√Īos), nada menos que el poeta Allen Ginsberg, eterno compa√Īero de Orlovsky y pieza vital del movimiento beatnik. Al pie de la copia el retratista escribi√≥ a mano con letra redondita, de secundario (resumo): "Orlovsky y Kerouac entrecierran los ojos al sol de la tarde. Burroughs con anteojos y una chaqueta verde oliva, muchachos marroqu√≠es interesados, el puerto y la aduana en el fondo, donde Peter y yo atracamos a bordo del carguero yugoslavo que nos trajo desde Nueva York".

La m√≠tica foto con Peter Orlovsky, Jack Kerouac (parados) y William Burroughs, acostado sobre la arena. Foto: LA NACION La cosa sigue, se pone melanc√≥lica. Hay incluso m√°s placas de la misma sesi√≥n. ¬ŅQu√© demonios fabricaban estos yanquis, segunda camada de expats , en T√°nger? Ayudaban al yonqui Burroughs -que hab√≠a asesinado a su mujer en M√©xico unos a√Īos antes en un lioso episodio a lo Guillermo Tell- a mecanografiar en la habitaci√≥n 9 del hotel el-Muniria, apodado por ellos Villa Delirium, lo que ser√≠a su entrada en la literatura grande, la novela El almuerzo desnudo , alucinado rompecabezas vuelto agobiantes metros de celuloide por Cronenberg a principios de los 90, unos meses despu√©s de que Bertolucci hiciera lo propio con El cielo protector , del neoyorquino Paul Bowles, socio vitalicio de la ciudad que entre 1923 y 1956 fue dominio compartido de Espa√Īa, Francia, Inglaterra, Portugal, B√©lgica, Holanda, Suecia, Estados Unidos e Italia. "Una √ļlcera cosmopolita" al decir de Paul Morand, diplom√°tico y novelista parisino.

Todo esto sucede -aquella foto y la descripci√≥n de aquella foto, que tengo en el bolsillo y que se parece a las que cuelgan del barsucho Tanger Inn, de paredes enmohecidas, chinches trepidantes y un c√≥ctel de vodka con Coca bautizado Burroughs, ja- en una aletargada playa sobre la que dejo mis huellas junto a un camello de alquiler, una playa desde la que se ve Europa y sugiere, no s√© exactamente d√≥nde, la ext√°tica y a la vez angustiante posibilidad de cruzar el estrecho de Gibraltar y llegar a Tarifa por 200 euros en un jet ski clandestino que en ocho minutos perpetra la felon√≠a. Esto no lo googleo, me lo cuenta Khalil, el sereno del teatro Cervantes, abandonado desde hace a√Īares y donde actuaron Enrico Caruso, Lola Flores, Antonio Mach√≠n e Imperio Argentina, entre otras figuras internacionales.

Foto: LA NACION "¬°Khaliiiiiil!", zumba Ousama desde su choza de adobe, chapa y ca√Īa en el estacionamiento que custodia. Khalil como Gibr√°n, el escritor liban√©s. Ousama aspira tabaco y estira su mano ahuecada con un polvito marr√≥n, ofreciendo. Non, merci . "La coca√≠na de los pobres", decreta con sentido del humor. Conversamos en una entretenida cruza de espa√Īol y franc√©s, y yo me concentro en su chilaba, la t√ļnica con capucha onda Ku Klux Klan que cunde por estos lares. Me visitan personajes, olores e incidentes de esta porci√≥n del mundo que se colaron en libros de tantos autores. O en cartas.

Pasa un pavo real desprogramado (!), entreveo unas inscripciones del Cor√°n y arremete el tenor: "¬°Khaliiiiiil!". Pienso: ninguna coca√≠na, eso es rap√©; el rap√© que los expedicionarios espa√Īoles y portugueses llevaron a sus pa√≠ses desde Am√©rica latina. En fin. Sobrevolado por gaviotas al atardecer, el Cervantes permanece quieto como ojo de vidrio, promiscuo en su dejadez, mientras el estacionamiento -lo vieran: parece Teher√°n- se inunda de motos chinas con acoplado. Llega Khalil en jogging y babuchas. "Salam aleikum, aleikum salam." Me pregunta si tengo alg√ļn permiso. Claro que no, pero entramos igual. Mira alrededor, abre el candado de la reja ro√≠da, prende la linterna de su celular y empezamos, en compa√Ī√≠a de dos gatos negros, el penumbroso recorrido por las fauces del teatro.

Primero la sala, con sus butacas hechas puré, amontonadas como en una instalación de Ai Weiwei. "Acá estaba el despacho de billetes, en este lugar se cambiaban los actores, ahí era el palco del rey, allá se ven algunos decorados", me va diciendo el improvisado guía mientras sorteamos agujeros en el piso de madera. Es alto, flaco, pelado, con dos dientes para un reír honesto, nada desastroso. Da la sensación de que todo se detuvo una noche así como así: "Murcia, 1-4-70", se lee en una pared de madera adornada con pósteres de diversos espectáculos.

El p√≥quer de escritores estadounidenses de la foto inicial se juntaba, por ejemplo, en el legendario Gran Caf√© de Par√≠s, en esquina frente a la Place de France. En esa Biela de holgazanes tambi√©n se agolpaban, separadamente, el rife√Īo Mohammed Chukri, el franc√©s Jean Genet y el irland√©s Samuel Beckett -primera camada de visitantes- bajo embriagadoras volutas de kif, ese non plus ultra de la marihuana. ¬ŅQu√© quedar√° de los paisajes tangerinos de Matisse expuestos en los museos Pushkin o Grenoble, que veneraba Gertrude Stein y que huelen m√°gicamente a esencias disipadas en el tiempo, amasijo de sabidur√≠a y √©xtasis a principios del XX? No por nada la habitaci√≥n 35 del hotel Villa de France se llama Henri Matisse.

Procesiones de t√©s morunos en la terraza del Hafa, ese cafecito que balconea sobre el mar y donde el ajedrez urde una perfecta y econ√≥mica suspensi√≥n de las horas para cualquier hombre de letras. Cortejo de Gore Vidal y Truman Capote, rivales, en flaneos homoer√≥ticos. ¬ŅEn qu√© recovecos Cecil Beaton y Somerset Maugham, por decir algo?

Foto: LA NACION ¬ŅY Andr√© Gide? De √©l se rumorea que luego de acostarse con alg√ļn d√≥cil jovenzuelo marroqu√≠, deporte que practicaba a menudo, le hac√≠a creer que en Francia era un escritor muy conocido y le rogaba que memorizara bien memorizado su nombre, por si las moscas: "Fran√ßois Mauriac". La an√©cdota se lee en Museo del chisme , del escritor y cineasta Edgardo Cozarinsky, director de Fantasmas de T√°nger y due√Īo de esta reflexi√≥n: "El verdadero exotismo de la ciudad es social, humano, aun a√Īos despu√©s de clausurada la zona internacional". ¬ŅY Patricia Highsmith? ¬Ņy William Saroyan?, ¬Ņy Barthes y Foucault?, ¬Ņy los espa√Īoles?, ¬Ņy la Librairie des Colonnes, que los celebra a todos?

Las preguntas as√≠ no se contestan en un tris; es m√°s, quiz√° no se contesten. nunca. Su mera postulaci√≥n instaura un desovillado camino de c√°lculos y or√°culos muchas veces basados en corazonadas. Elijo as√≠ el Par√≠s para todo un d√≠a. Me adue√Īo de una mesa en la que bien pudo haber doblado su esqueleto Tennessee Williams. El dramaturgo aterrizaba a las diez y media de la ma√Īana, despu√©s de haber fatigado su cuaderno durante el alba, y ped√≠a un fernet con Coca -cordob√©s avant la lettre- y el diario para sopesar esa magn√≠fica situaci√≥n de no hacer nada haci√©ndolo todo, mirando la gente pasar, so√Īando despierto. Lo imito, pero con t√© de menta en vaso largo por la m√≥dica de 10 d√≠rham (un d√≥lar). Me convierto, de pronto y por deporte, en Georges Perec, que no estuvo ac√°, pero bien habr√≠a podido. √Čl, que agot√≥ una esquina de la place Saint-Sulpice en un librito sensacional de 1975, me da el puntapi√© para que haga lo propio.

Las 13.39. No hay nubes ni wifi. A mi derecha una casa antigua sobre la que flamea una bandera francesa. En la puerta hay dos policías (pasa una ambulancia Renault, suenan varios silbatos) de pistola, cachiporra y walkie-talkie; detrás de ellos, en la pared, un cartelito con forma de flecha pone visas en francés, árabe y bereber. Bocinazo agudo, bocinazo grave. A mi izquierda y casi rozando el techo del toldo, dos enormes árboles que parecen recién podados. El poder de sentarse a mirar sin hacer otra cosa. Sentarse y mirar. Sentarse. Mirar. Estar. Tres adolescentes en un scooter enclenque, sin casco y vestidos como futbolistas. Dos viejos que caminan en dirección contraria se chocan sin querer y quedan enfrentados, a punto de besarse: ambos llevan la misma bolsa turquesa.

Foto: LA NACION Sigo, no sin antes preguntarle al mozo por mis escritores: "Rien de rien", con cara de pocas pulgas. Una mujer y su sombrero de paja lleno de pompones de colores. Los bigotes más geniales que haya visto. Una mosca en mi mano derecha. En el jardín de la casa antigua hay una palmera y un poste con una cámara. Un BMW negro patente EG 171 RQ manejado por una mujer con burka: vidrios polarizados. Un lustrador de zapatos. Un delivery boy en una motito de La Casa de la Pizza. " Some fucking shit ", le dice una mujer preocupada a otra mujer preocupada. Un hombre altísimo camina en zigzag mirando la pantalla de su teléfono.

Me mudo al interior. M√°s c√≥modo y con menos sol. Sin humo. Las sillas son de cuero y las mesas, redondas, con mantel marr√≥n y un vidrio encima. Llega mi croque monsieur. Adentro los clientes parecen m√°s sobrios, m√°s elegantes: se√Īores de negocios vestidos de traje. Gritan un poco. No, hablan fuerte. Pido otro t√©. Sobresale la voz carraspeada de un hombre que no quiero ver, s√≥lo escuchar. Un taxi 205. Siempre me gust√≥ el dise√Īo de ese auto. Tengo que mirar al tipo de la voz. Hace gestos con las manos como los har√≠a un pol√≠tico. Tose. Mantiene su discurso activo mientras su interlocutor lo estudia. Maniobro con tenedor y cuchillo el croque m√°s raro del mundo. La voz tiene camisa blanca y un saco pr√≠ncipe de Gales. Parece que dijera "es necesario, Israel, es necesario". Esas son las alucinaciones auditivas de los viajeros de las que habl√≥ el cronista brasile√Īo Rubem Braga, otrora embajador de su pa√≠s en Marruecos.

EL CIELO PROTECTOR Y hablando de viajeros. "No se consideraba un turista; √©l era un viajero. Explicaba que la diferencia resid√≠a, en parte, en el tiempo. Mientras el turista se apresura por lo general a regresar a su casa al cabo de algunos meses o semanas, el viajero, que no pertenece m√°s a un lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud durante a√Īos de un punto a otro de la tierra." Esto lo copio y pego de El cielo protector antes de lanzarme a la aventura: voy a perderme unas horas en la medina, palabra que significa barrio antiguo y que incluye a la mezquita, el zoco -mercados-, la madrasa -escuela- y la alcazaba -tambi√©n conocida como kazbah -, construcci√≥n fortificada donde viv√≠a el gobernador.

¬ŅY si yo fui marroqu√≠? ¬ŅY si mi estupid√≠sima, pero tenaz adicci√≥n al Marroc, esa delicia de Felfort vuelta petite mort en un par de mordiscos, me autorizara la licencia de viajar en el tiempo y sentir que pude haber sido un ordinario vendedor de alfombras musulm√°n que se prosternaba, descalzo, cinco veces al d√≠a en la mezquita de su barrio para rezar an√≥nimamente? ¬ŅY si de alg√ļn modo u otro yo conoc√≠ a Shams ad-Din Abu Abd Allah Muhammad ibn Muhammad ibn Ibrahim al-Luwati at-Tanyi, a.k.a. Ibn Battuta, el trotamundos tangerino que en el siglo XIV, a lo largo y ancho de tres d√©cadas de peregrinaje, triplic√≥ los kil√≥metros andados por Marco Polo y consign√≥ sus fascinantes excursiones en Rihla , un libro cuyo subt√≠tulo se ofrece como un "presente a aquellos que contemplan las cosas asombrosas de las ciudades y las maravillas de los viajes"? Yo pude, borgianamente, haber estado ac√° y haber presenciado las cacof√≥nicas grabaciones de los Stones con los m√ļsicos de Jajouka en 1989.

Foto: LA NACION Ahora sí: la medina, inagotablemente compleja y vagamente amenazante, no plantea un punto de partida, ni mucho menos un punto de llegada. Uno toma esas decisiones. Y ni siquiera. La madeja de pasadizos obliga a empezar de cero a cada vuelta de esquina. Algo sucede en esta ciudad que al vulnerar la primera rompiente -la más superficial, donde surfean los vendedores de ropa falsificada y hachís- te hechiza y te adentra en algo que adopta la forma del corazón del lugar, una suerte de catacumba en la que todavía se puede encontrar, por caso, un bolichito llamado Au Pain Nu en homenaje a la célebre novela de Chukri, prohibida en su tierra y glorificada en Francia, sablazo de alcohol, drogas y sexo, que los magrebíes todavía mantienen detrás del velo.

Esta noche dan Rebecca , de Hitchcock, en la recauchutada cinemateca, ahora epicentro hipster y un buen lugar para ver pel√≠culas que no sean de Hollywood y est√©n a mitad podadas. Se me ocurre que ah√≠ se reunir√°n algunos expatriados y que tal vez acceda a sopesar lo que fue T√°nger en otras √©pocas, la silueta de sus espectros. Ac√° estoy, esperando en el bar a la intemperie cuando se oyen los rezos, los llorosos rezos de la mezquita, y en la plaza un pu√Īado de vendedores ambulantes apila ropa vieja y la vende a los gritos al mejor postor. Hora de entrar. La sala es enorme y el cuero rojo de sus butacas huele un poco al an√≠s-piment√≥n-canela condensado en las callecitas. Oigo a ciertos correligionarios hablar en ingl√©s.

Foto: LA NACION A la salida me pego como una estampilla a un septeto de británicos de sesenta y largos. Richard -olvidé el apellido- es un pintor galés de aspecto bohemio que vivió en París, en Madrid y hace un par de décadas, en su sistemática huida del frío y divorciado de su mujer polaca, recaló en Tánger. Habla por un costado de la boca, porque el otro lo tiene tomado por una pipa (apagada). Dice que conoció a Bowles en su tramo final, aunque no sé si creerle. Que adora no entender del todo la cultura de esta región y que su testaruda curiosidad lo mantiene a flote. Que sí, que las cosas lucen muy cambiadas, pero que detrás del manto de "capitalismo fifí" sigue habiendo unas raíces del quinto demonio. Que el hotel el-Muniria está intacto y que los precios son muy razonables, que prefiere esto a toparse con alemanes en chancletas en Mallorca. Que los fantasmas no se buscan sino que se aparecen de la nada cuando uno menos se lo espera y deglute un majoun en una tarde aburrida.

Con el taxista Said a bordo de su cascado, pero peleón Mercedes 240 de 1983, gasolero, caja de cuarta y los buracos del aire acondicionado tapados con postales de paisajes. Mirándome fijo mientras flanqueamos un enorme cementerio en un bosque de eucaliptos, me cuenta que donde estoy sentado viajó Mick Jagger. Para demostrarlo saca un sobre ajado, escrito con su nombre y escondido en la guantera, que trae dentro un pin de la lengua de los Stones. "La selfie con él no me la saqué porque esa semana murió mi padre y yo no estaba bien", explica sin que yo le pida explicaciones. Eso fue en 2011, cuando el crack rolinga vino para visitar a un amigo inglés que dirige la iglesia Saint Andrew. "Y ahí también", se vanagloria el tachero de la sonrisa inmarcesible, "se sentó Marianne Faithfull"... Así que voy en el taxi del rock y estoy a punto de llevarme un pedazo de asiento.

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Con Información de La Nacion

http://entornointeligente.com/articulo/3772046/Tanger-el-misterioso-puerto-marroqui-que-hechizo-a-artistas-de-todo-el-planeta-14012018

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