REPRESIÓN VENEZUELA
 Inicio > Internacionales | Publicado el Sabado, 20 de Mayo del 2017
REPRESIÓN VENEZUELA


ABC De La Semana / Médicos y estudiantes de medicina organizan puestos sanitarios de emergencia en puntos clave de Caracas para atender a los manifestantes heridos durante las cargas policiales en las protestas opositoras contra Nicolás Maduro



Son estudiantes y profesionales . Cerca de 90 personas forman parte del equipo sanitario del municipio caraqueño de Baruta, donde se ha instalado un puesto de emergencia improvisado que atiende a los manifestantes heridos durante las protestas de la oposición venezolana. “Hemos estado aquí todos los días de las marchas”, explica a ELMUNDO.es Ricardo Castro, estudiante del último año de Medicina.

En los últimos 40 días se han dedicado a atender a los heridos de las manifestaciones contra el gobierno de Nicolás Maduro. En casi todas las marchas, las fuerzas de seguridad del Estado han reprimido a los manifestantes entre las urbanizaciones de Bello Monte y El Rosal, por lo que los heridos usualmente llegan a este municipio o a la jurisdicción contigua: Chacao.

Es el caso de la señora que se torció un pie cuando las fuerzas de seguridad del Estado comenzaron a reprimir a los manifestantes, en una nueva marcha frustrada este lunes. “Estoy escapada de mi hijo”, respondió la mujer, cuando después de atenderla le preguntaron si había algún familiar que pudiera acompañarla de regreso a casa. “Me voy caminando hasta El Paraíso”, acotó, poco antes de retirarse a su vivienda, ubicada a unos nueve kilómetros del lugar. Casi dos horas le tomaría llegar a pie desde la urbanización Las Mercedes, donde se encontraba, hasta ahí. Antes de que lo lograra, muchos heridos llegarían a este punto de Baruta para ser atendidos por el personal de salud.

Otro de los lesionados del lunes fue un joven que se había caído de una moto y tenía un traumatismo en la rodilla izquierda. No había terminado de sentarse en las sillas de plástico debajo del toldo verde, en la plaza Alfredo Sadel, cuando llegó otra ambulancia con el tercer herido. “Ya empezó”, dijo uno de los médicos, mientras se apresuraba a atenderlo. El joven bajó de la ambulancia caminando, con un escudo en su brazo izquierdo. El derecho lo traía inmovilizado con un improvisado cabestrillo: el impacto de una bomba lacrimógena se lo había fracturado.

Apenas apoyó el escudo en el suelo, ya estaba ahí el cuarto herido de los que el equipo atendió el lunes: una cara que, a pesar de estar arrugada por los gestos de dolor, resultó conocida para quienes desde hace más de un mes están en este lugar. “Es paciente fijo de aquí. Viene dos y tres veces al día cuando hay marcha”, dijo un paramédico. Al joven lo llevaron inconsciente en moto: estaba ahogado por los gases lacrimógenos. Lo sentaron en otra de las sillas de plástico, le lavaron la cara con agua, le soplaron varias veces la nariz, le echaron unas gotas en los ojos, lo hicieron tomar y escupir agua, y le pidieron que se quedara descansando. Cumplió todas las instrucciones menos la última. Volvió a la manifestación. Como él, otros.

Los ‘cascos azules’. Además del personal de Salud Baruta, los heridos eran recibidos por un grupo que llaman los ‘cascos azules’. El equipo, conformado por unas 80 personas, entre estudiantes y profesionales de la salud -con edades entre los 19 y 28 años-, tiene experiencia en atención durante este tipo de situaciones, desde las protestas de 2014. Su directora general, Génesis Franceschi, dijo a EL MUNDO que, en esta oportunidad, trabajan de manera voluntaria con Salud Baruta.

Además, los jóvenes son apoyados en su trabajo por un grupo de doctores de una de las clínicas de la zona. Tras la muerte del joven Armando Cañizález, a pocos metros de la plaza en la que estaban ayudando a los heridos y a poquísimos metros de su sitio de trabajo, decidieron abandonar sus consultorios para ayudar voluntariamente a los heridos, en las calles.

En menos de 10 minutos llegó una nueva ambulancia con la quinta herida de esa jornada negra: una mujer con una lesión en el pie izquierdo. Y, casi al mismo tiempo, llegó caminando -con dificultad para ver- un joven. Mientras le echaban gotas en los ojos, el conductor de un camión cisterna pasó por la avenida y tocó su corneta en señal de apoyo a los manifestantes menos preparados y más precavidos que, tras el inicio de la represión, abandonaron el “campo de batalla”.

Las sillas en la Alfredo Sadel se ocupaban rápidamente. Cada herido es atendido por un par de profesionales. De pronto llegó una chica con el cabello rizado y amarillo. Se arqueaba y repetía, una y otra vez: “Me duele”. Llevaba la camisa de franela levantada y el botón del pantalón suelto. Su abdomen se veía abultado. “Estoy embarazada de dos meses”, dijo a los médicos, cuando la acostaron en la camilla. La acompañaba un joven que llevaba un casco sobre su cabeza y un escudo en su mano derecha. Detrás de este se leía: “Te amo, atte. Valentina y Angelig”. Una de las doctoras explicaría después que, en medio del estrés, a la chica le había explotado una gastritis, que le estaba generando el fuerte dolor.

Otra de las doctoras alerto a sus compañeros de la llegada de un nuevo herido. Se trataba de un hombre encapuchado. Tras examinarlo, le inmovilizaron el cuello con un collarín. Era el único collarín que había sobre una pequeña mesa plástica sobre la que también había gasas, agua potable, alcohol, agua oxigenada, apósitos, vendas, guantes y otras cosas. Pronto se sumarían a estos insumos unas bolsas llenas de hielo, que metían a su vez dentro de los guantes de látex para colocar en sobre los golpes a los heridos de menor gravedad.

“Hay mucha represión”, dijo una de las doctoras, al tiempo que los médicos organizaban más sillas para atender a los lesionados. A diferencia de otros días, en los que los heridos llegaban paulatinamente, el lunes lo hicieron de golpe. Rápidamente dos de las nuevas sillas fueron ocupadas por jóvenes con impactos de bombas lacrimógenas en las piernas.

Los 'cascos azules' lo conforman unas 80 personas, entre estudiantes y profesionales de la salud

“Violaciones de los derechos humanos”. La diputada de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), Yajaira Castro, integrante de la Comisión de Política Interior de la Asamblea Nacional, se había acercado para constatar el estado de salud de los lesionados. “Les estamos haciendo un seguimiento (…) después hay que ayudarlos a ellos por si necesitan algún medicamento”, explicó a este diario. Mientras lo hacía, llegó una nueva ambulancia. Cuando frenó, un coche la chocó por detrás. El conductor del vehículo, molesto, la trancó y le exigió al conductor que se responsabilizara por lo sucedido. Por la avenida bajaban cada vez más personas de la manifestación. Las que pasaban por la plaza en ese momento obligaron al conductor a retirarse. “Esas vidas son más importantes que tu carro”, le gritaron.

Mucho antes de ser diputada, Castro fue funcionaria de la extinta Policía Metropolitana. También lo fue su marido, el comisario Lázaro Forero, quien durante más de seis años fue preso político de Hugo Chávez. “Tengo que hacerle un llamamiento a la Guardia Nacional y la Policía Nacional Bolivariana”, anunció. “No puede ser que ellos acepten órdenes indebidas porque a la larga todas las violaciones de derechos humanos son imprescriptibles y aparte de esto, la responsabilidad penal es individual”.

Mientras los pacientes se recuperaban, se escuchó nuevamente la sirena de la ambulancia. Un grupo de jóvenes le había abierto paso por la avenida, en la que circulaban algunos carros y caminaban algunos manifestantes. En la plaza los médicos ya tenían preparada una camilla. De la ambulancia bajaron a un joven sin camisa que convulsionaba. Sobre su torso desnudo se leía, en letras rojas: “Si el precio de la libertad es la vida, lo pagamos. PAZ”. De una camioneta tipo pickup que llegó simultáneamente, se bajó otro joven encapuchado con una herida en la pierna izquierda. Cerca de las 16:00 horas del lunes ya habían pasado por el lugar 20 personas, en una de las jornadas de protestas más virulentas.

De pronto llegó un médico herido . Llevaba la indumentaria que utiliza el personal de salud sin la parte de arriba. En el hombro derecho tenía una contusión. “Me pegaron una bomba lacrimógena en el hombro pero ya voy para allá”, decía a alguien, a través de su móvil, mientras sus colegas lo atendían. Casi al mismo tiempo llegó un joven con una máscara antigás en el rostro y una herida similar a la del galeno, también en el hombro. Y, poco después, llegó un fotógrafo con una herida en el pie. Había pisado una botella, mientras cubría la manifestación.

“Nos vamos”, dijeron, de un momento a otro, los médicos. Levantaron a los heridos, recogieron las sillas y comenzaron a guardar los insumos. “Viene la represión”, explicó una de las doctoras. En una de las manifestaciones de finales de abril, funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana ingresaron a la urbanización Las Mercedes y reprimieron a los médicos que se encontraban ayudando a los heridos en lo que denominan la “zona caliente”, es decir, la zona del conflicto. Los galenos huyeron hasta la plaza para seguir atendiendo a uno de los jóvenes heridos y, según los doctores, los funcionarios les siguieron disparando bombas lacrimógenas, a pesar de que tenían sus manos en alto y les decían: “Somos médicos”, “estamos ayudando”.

Sin embargo, la de ayer resultó ser una falsa alarma. “Calma, calma”, gritó la misma doctora que había ordenado recoger todo: “Está bajando la gente pero no la guardia. Nos mantenemos”. Mientras estaban organizando las sillas nuevamente, llegaron cuatro motos, una detrás de la otra. En dos de ellas venían dos niños pequeños. Estaban encapuchados con sus camisas, por lo que llevaban sus desnutridos torsos desnudos. Lo demás estaba cubierto por trapos viejos y desteñidos. Estaban gravemente afectados por los gases. Mientras los atendían, llegaron más niños y adolescentes como ellos, y una mujer de unos 20 años. Se abrazaron con júbilo al reencontrarse. “Somos de la calle, somos los que más sufrimos con esto”, gritó la joven a este diario, antes de huir del lugar con los pequeños -apenas recuperados- y los demás.

La mayoría de los heridos es por impactos de perdigones y bombas lacrimógenas.

Cansancio y cólera . Mientras tanto, por la avenida, bajaban algunos coches en medio de la gente. El apurado conductor de un jeep estuvo a punto de arrollar a algunos de los manifestantes que, más de seis horas después de que iniciara la actividad, y tras haber aguantado la represión por horas, bajaban cansados por la avenida. Se dio a la fuga pero más adelante tuvo que detenerse en un semáforo. Ahí lo agarró una turba enardecida y le rompió los vidrios del coche.

En el ambiente no solo había tensión, sino algo que causaba una leve picazón en los ojos, nariz y garganta. Cada tanto, el helicóptero de la policía sobrevolaba la zona. Los manifestantes lo acusan de “sapo”, pues dicen que avisa a los represores dónde están. Habían trancado la avenida con bolsas y escombros, pero dejaron el paso abierto a las ambulancias, motos y cualquier vehículo que transportara heridos.

Así llegaron más personas: con heridas de perdigones, con impactos de lacrimógenas principalmente en las piernas, pero también en el pecho y en la cabeza, con metras incrustadas en las piernas, con los ojos cerrados por el ardor, cojeando, jadeando. Hasta las 17:30, que llegó el último de la jornada. Una jornada que, a pesar de todo, no fue tan grave. El alcalde del municipio, Gerardo Blyde, desde el lugar recordó a este diario el pasado miércoles atendieron a unas 200 personas. Este miércoles se sumaron 99 más. Y esto es en un solo municipio de todo el país.

Justo en el momento en que los cansados médicos se sentaban, tras haber pasado varias horas de pie, y comían almuerzos que debían haber ingerido horas atrás, llegó una mujer que atravesó su camioneta blanca en la avenida. Bajó apurada y caminó hasta el toldo. Se veía en perfecto estado físico pero estaba alterada.

-Buenas, ando buscando a mi hijo. Me dijeron que está gravemente herido -dijo la mujer a los médicos, al tiempo que les proporcionó su nombre y su apellido.

-No, no lo atendimos aquí. -respondió una de las doctoras, tras revisar el listado de los heridos que habían llegado al lugar.

La mujer corrió nuevamente a su vehículo rumbo al puesto de salud de Chacao.

 

 

 

Tomado de WWW.ELMUNDO.ES

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Con Información de ABC De La Semana

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