ARGENTINA: Una autocrítica que surge del mundo árabe - EntornoInteligente

La Nacion / Una revolución protagonizó el Concilio Ecuménico Vaticano II en los años 60, con el impulso del campechano papa Juan XXIII. Desde la Conferencia de Seelisberg, convocada en 1947 por Jules Isaac y Jacques Maritain, se empezó a trabajar en ese sentido. Se había tomado conciencia de que el origen del antisemitismo, que produjo monumentales tragedias, nació del antijudaísmo cristiano y su “enseñanza del desprecio”, por considerar a los judíos un pueblo deicida. La judeofobia nazi se nutrió de ese odio enlazado a verticilos paranoicos.

Después de recordar que un tronco común sostiene al cristianismo y al judaísmo y tras señalar que Jesús, la Virgen, sus antepasados, sus parientes, los profetas, todos los apóstoles y el conjunto de los evangelistas eran judíos, la Conferencia de Seelisberg afirmó que no podía responsabilizarse de la muerte de Cristo “sólo” a los judíos, pues “fue a causa de la humanidad entera”, por lo que se rechazaba la idea de que el pueblo judío estuviera maldito y fuera condenado por Dios al sufrimiento. En 1959 el papa Juan XXIII eliminó la referencia a los “pérfidos judíos” en la liturgia del Viernes Santo. Después, recibió a una delegación judía con los brazos abiertos y la exclamación bíblica “¡Yo soy José, vuestro hermano!”. Encargó al jesuita alemán Agustin Bea el documento que restablecería la fraternidad entre esos dos edificios teológicos.

No obstante, hubo un agrio debate. Los obispos españoles -aferrados aún a conceptos inquisitoriales- celebraron con champán que no se incluyese al judaísmo en el capítulo de las relaciones con las religiones no cristianas. La noticia se filtró al diario Le Monde y provocó la intervención directa del entonces nuevo papa Pablo VI. Se corrigió el texto final, fueron tenidas en cuenta las sabias recomendaciones de Seelisberg y el 28 de octubre de 1965 se aprobó el documento llamado Nostra Aetate , con 2221 votos a favor y 88 negativos. A partir de entonces se multiplicaron los gestos de recíproca simpatía y comprensión entre la Iglesia y el judaísmo. Ese documento desborda inteligencia y buena voluntad. Es una guía ejemplar.

A través de la agencia de noticias Memri, llegaron a mi conocimiento algunos recientes textos publicados en Arabia Saudita que me hicieron temblar de asombro. De ahí la loca esperanza de que quizás haya empezado a incubarse una Nostra Aetate musulmana. He leído muchos artículos de musulmanes modernos que anhelan actualizar el islam. Pero no publicados bajo la monarquía saudí, sino en Occidente. Tengamos en cuenta, además, que Arabia fue la cuna de Mahoma, donde se dictó el Corán y a cuyas ciudades santas (La Meca y Medina) peregrinan los devotos.

Ofrezco un muestrario de esos artículos.

La redactora Siham Al-Qahtani de Al Jazzirah rechaza las generalizaciones antisemitas en cuanto a la naturaleza de los judíos. Argumenta que las descripciones de los judíos en el Corán -como asesinos de profetas, infieles, belicistas y usureros- refieren sólo a un grupo en particular que vivió durante un período específico y que la opinión tradicional que los culpa de complots deriva de la impotencia de los mismos árabes, que han buscado chivos expiatorios para justificar sus propios fracasos. Ella confiesa creer en “un complot judío contra los árabes”, pero subraya que tal complot no podría realizarse sin la ignorancia árabe. Añade: “La memoria colectiva árabe continúa preservando una imagen estereotipada de los judíos hasta hoy. Sin embargo, no es adecuado culpar al Corán”. Insiste en que cuando el Corán representa a cierto pueblo lo hace de acuerdo con el comportamiento y el pensamiento de ese pueblo durante un período específico. “Prueba de ello es el hecho de que entre los judíos mencionados por el Corán así como existen asesinos y belicistas también hay profetas y justos. Otra prueba es el hecho de que se permite el matrimonio de un hombre musulmán con una mujer judía. Si la imperfección judía fuese tan grave, se habrían prohibido esos matrimonios.”

El redactor saudita Yasser Hijazi afirma: “Debemos abandonar el odio y la hostilidad hacia los judíos”. Pide que los árabes tomen un papel activo en la lucha contra la judeofobia. “Desde mi infancia, yo -al igual que otros chicos árabes- fui criado en el odio a los judíos. La justificación de esto no se limitó al conflicto árabe-israelí, sino a que los judíos son enemigos de la humanidad, poseen rasgos malignos y fueron creados como mentirosos y traicioneros. En la escuela, en la televisión, en lugares donde hombres y mujeres se congregan, en los sermones de los viernes, los judíos son maldecidos. Nunca advertimos esta generalización. Si lo pensamos seriamente, descubrimos que se busca la salvación a expensas de otro pueblo, convertido en chivo expiatorio”. Y agrega: “Ciertamente, hay israelíes y judíos, así como también instituciones judías que apoyan a los palestinos y van en contra de Israel… pero no podemos encontrar muchos árabes que absuelvan a los judíos. Ningún otro pueblo ha sido acusado como el judío”. Este mismo periodista exige terminar con el discurso antisemita. Afirma que será un gran paso, porque secará muchas fuentes del terrorismo y variados argumentos occidentales contra el islam: “Así como estamos contra el discurso de Donald Trump y de los racistas occidentales que atribuyen el terrorismo sólo a los musulmanes por las acciones de una minoría, no corresponde atribuir rasgos despreciables a los miembros de otras religiones. ¿Qué dicen nuestros planes de estudio, nuestra TV y nuestros púlpitos en las mezquitas sobre los judíos?”.

El escritor saudita Ibrahim Al-Matroudi va más lejos: “Deberíamos beneficiarnos de la experiencia y éxito de los judíos”. Argumentó que, aunque ha sido “aislada”, la nación judía se ha “mantenido viva y alerta y ha continuado construyendo su futuro”. Y agrega: “Examinando nuestra cultura hoy, encontramos en ella demasiadas maldiciones y reiteración de condenas. No escucho hablar sobre cómo los judíos superaron a quienes los acosaron y persiguieron. Los musulmanes no observamos las crónicas de esta nación en la era moderna ni apreciamos los métodos que utilizaron para salir del aislamiento de los guetos y convertirse, ante los ojos de muchos, en una nación ejemplar. Los envidiamos. Nosotros, los lingüistas, nos limitamos al asombro por el renacimiento de su milenaria lengua hebrea, casi extinta. Pero no los felicitamos”.

Matroudi se juega a fondo: “¿Por qué hemos estado interesados en los japoneses, si los judíos están más cerca? Enfocarnos en la reactivación japonesa nos ha distanciado de la maravilla que acumula el pueblo judío. Fue considerado nuestro enemigo terrible en el pasado y en el presente. Deberíamos ser neutrales y olvidar la enemistad, para beneficiarnos del camino que han tomado. Necesitamos una generación donde la fe no nos impida mezclarnos con los demás”.

Estas manifestaciones son una elocuente tendencia al cambio, como sucedió con la Iglesia después de la Segunda Guerra Mundial. Se debe ayudar a estos valientes. Y no seguir apoyando a los predicadores del odio y la culpa exclusiva del Estado de Israel. Semejante actitud no empuja hacia la paz.

LA NACION Opinión ARGENTINA: Una autocrítica que surge del mundo árabe

Con Información de La Nacion

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