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El Universal / Hace unos días, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), dio a conocer su Estudio Económico de México 2015. El organismo plantea que la economía mexicana muestra una clara recuperación que la llevaría a crecer 3.9 % este año y 4.2 % en 2016. Estos datos, sin duda son alentadores; sin embargo, pueden ser demasiado optimistas a la luz de las debilidades que está mostrando la economía. Para la Organización, el que México haya emprendido un audaz paquete de reformas estructurales pone fin a tres décadas de lento crecimiento, baja productividad, informalidad generalizada en el mercado laboral y una elevada desigualdad en los ingresos.

Lo que resulta audaz es el propio planteamiento, plasmado en el primer párrafo del estudio. Tal pareciera que la sola concreción a nivel legislativo fuera suficiente para revertir las décadas de bajo crecimiento, mínima productividad y decreciente competitividad. Aquí cabe preguntar si la OCDE está haciendo buenos pronósticos o buenos augurios.

La realidad en que se desempeña la economía mexicana no es tan sencilla. Como ya hemos señalado, existen limitantes estructurales que impiden que las reformas sean efectivas al ritmo que se requiere. Ello no quiere decir que no debamos implementarlas y ponernos a trabajar, pero es necesario entender que las reformas no son el fin, son el medio de la transformación hacia la modernidad. Para ello, como bien dice la OCDE, debemos fortalecer la capacidad institucional y de gobernanza para asegurar que las mismas sean implementadas de manera efectiva.

La OCDE plantea incluso reformas adicionales para impulsar aún más el crecimiento económico. Estas deben enfocarse en áreas, como el Estado de derecho, sistema de justicia, mercados de trabajo, educación o salud, entre otras. Este planteamiento sería válido si la situación no fuera precisamente la contraria. Cada día nos convencemos más que es precisamente la debilidad, o ausencia, del Estado de derecho y la impunidad galopante lo que está poniendo en jaque la instrumentación correcta de las reformas aprobadas, sobre todo las sustanciales como la educativa, la de transparencia y las judiciales, las cuales sientan las bases de la creación de un entorno de negocios y atracción de inversiones nacionales y extranjeras propicio y efectivo. Pero hay que tener en cuenta que las inversiones que se requieren deben ser realmente productivas, y no maquillaje o ventas de empresas que lejos de generar empleo productivo y trasferencia de tecnología, solo representan adquisiciones de modelos exitosos ya probados.

De igual forma debemos resaltar lo significativo que será este año para la implementación de las reformas, ya que habrá elecciones federales para renovar la Cámara de Diputados y elecciones locales, tendrán un impacto en el ánimo de los inversionistas, sobre todo en zonas conflictivas donde podrían suspenderse los comicios. El nivel de participación y el resultado del proceso, marcará los derroteros para la segunda parte del sexenio.

Se trata pues de crear confianza en el país, pero no sólo en los inversionistas extranjeros. Es fundamental que los propios mexicanos nos convenzamos de que las reformas son un paso importante, a la vez que seamos lo suficientemente críticos del accionar de todos los actores involucrados, pero a la vez cooperativos en los esfuerzos que se necesitan. Sólo así podremos esperar crecimientos más sólidos de la economía, ya que por el momento, plantear que el PIB crezca más allá del 3.2 % este año es una audacia La reforma mental tan necesaria no ha llegado, y si no se implementa, seguiremos estancados. Se vale hacer buenos augurios pero solo con un optimismo crítico que nos abra paso a la modernidad.

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Con Información de El Universal